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Alfredo Alzugarat
Definir la nostalgia, explorar las múltiples acepciones que guarda el concepto, puede abrir los senderos de la imaginación y conducir a una historia donde el filo de la realidad se torne cada vez más huidizo, donde el pasado puede avasallar al presente y dejar al descubierto un laberinto de manías y locuras soterradas. Walter, el protagonista de esta novela, es un hombre que experimenta la "compulsión inevitable" de elaborar listas enumerando cines de barrio, grandes tiendas de otro tiempo, caducas series de televisión, cosas perdidas, "lo que fue y ya no volverá".
Esa voluntad inexplicable se irá apoderando de su existencia a partir del día que conoce a Pierángeli, una muchacha que comparte su misma pasión. La complicidad entre ambos será el hilo casi misterioso que guiará a Walter hasta el Club de los Nostálgicos, una especie de logia secreta, sin reglamentos explícitos, que solo responde a una inclinación del espíritu y cuyo centro de acción se halla en un emblema montevideano: el café Sorocabana. Para entonces Walter es apenas un marginal que vive en un mundo lindante con lo irreal.
La singular historia es contada al narrador por uno de los miembros del Club, un hombre que vive en un apartamento del Palacio Salvo atiborrado de objetos decadentes, tan esclavo de sus añoranzas como capaz de manipular sus recuerdos y acomodarlos a una fantasía acorde con sus necesidades. A caballo entre la verdad y la invención, el relato parte de una débil parodia romántica con máscaras incluidas, transita por una búsqueda dominada por el azar y culmina en un desenfrenado y trágico simulacro de perfiles góticos, una y otra vez reiterado en un viejo depósito de la Aguada.
El tema de la memoria nostálgica, a la vez de posible y dudosa realidad, ya había sido abordado por Hugo Burel en su libro Tijeras de plata (2003), concentrándolo en el añoso repertorio de un peluquero de barrio y estructurado en torno a cuentos unidos por un hilo conductor. Ahora, con mayor libertad y mayor oficio, lo profundiza trazando una nueva geografía urbana donde subsisten retazos de un tiempo que se resiste al olvido. La apelación al universo de la literatura aparece en la caracterización de la reunión del Sorocabana, "un pasatiempo de personas extraviadas", "un ceremonioso acto de masoquismo", caricatura del "banquete" socrático o remedo de El banquete de Severo Arcángelo, de Leopoldo Marechal, propio de un grotesco rito de iniciados. Más clara es aún la apelación literaria en la instalación de escenarios felisbertianos y en la presencia de las hermanas Funes, parientas del célebre memorioso del cuento de Jorge Luis Borges, gobernadas como él por la obsesión de recuperar el mínimo detalle del pasado. Entre bambalinas, la interpretación del carácter nacional, del espíritu de los uruguayos, sobrevuela la historia. Al fin y al cabo, la nostalgia es un pulpo capaz de fagocitar todo lo existente hasta terminar identificándose con la idiosincrasia de un pueblo.
En esta novela Hugo Burel vuelve a plasmar uno de sus temas más entrañables y lo hace con una prosa por momentos de calidad poética, notablemente ensamblada.
EL CLUB DE LOS NOSTÁLGICOS, de Hugo Burel. Alfaguara, 2011. Montevideo, 257 págs. Distribuye Santillana.


