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YO Y LA ENERGÍA, de Nikola Tesla. Presentación de Miguel A. Delgado. Turner Noema, 2011. Madrid, 312 págs. Distribuye Océano.
NIKOLA TESLA (1856-1943) fue un científico serbocroata, con más de 300 patentes de inventos en todo el mundo, entre ellas la de la corriente alterna (la electricidad que todos usamos a diario). Tesla fue una celebridad de la ciencia a comienzos del siglo XX, pero cayó en desgracia en los últimos años de su vida y fue defenestrado tras su muerte. A finales de la década de 1990 y comienzos de la del 2000, con el boom de Internet y de la comunicación inalámbrica, fue reivindicado como ejemplo de inventor total y científico apasionado por la investigación y la innovación. Sus trabajos sobre redes y transmisión sin cables fueron reconocidos como pioneros de la revolución digital. En pocos años su figura creció, se popularizó y traspasó las fronteras de la industria tecnológica. Un par de ejemplos son la novela Contraluz, de Thomas Pynchon, y el film El gran truco, dirigido por Christopher Nolan, ambas obras de 2006 y ambas con Tesla como personaje.
El libro Yo y la energía es otra propuesta para conocer la obra del inventor. Incluye dos textos escritos por el propio Tesla, en los que se observa a un escritor ingenioso y claro (además de artículos científicos le gustaba escribir poemas), aunque cabe aclarar que son textos técnicos, de áspera lectura para un lector promedio. El editor compensó este problema con la inclusión de una biografía de Tesla, a cargo del español Miguel Delgado, escritor y crítico cinematográfico. Esta biografía, amena y bien documentada, ocupa las primeras 150 páginas del libro y los textos de Tesla las restantes 200.
En "Mis inventos", de 1919, Tesla habla sobre sus inventos, pero lo más interesante es leer entrelíneas cómo es la vida de un inventor y cómo funciona su mente. En el ensayo "El problema de aumentar la energía humana", de 1900, plantea un tema de actualidad como es el uso responsable de la energía, y describe una de sus ideas más inquietantes: la transmisión de electricidad por el aire. Cerca del final dice: "Los experimentos mostraron que a la presión habitual el aire se volvía claramente conductor, y esto abría la posibilidad de transmitir grandes cantidades de energía eléctrica para fines industriales a largas distancias sin cables".
C. P.
LOS OJOS DE LA MENTE, de Oliver Sacks. Anagrama, 2011. Barcelona, 287 págs. Distribuye Gussi.
CRECIÓ en una casa donde las discusiones sobre medicina eran cotidianas: su madre era cirujana y el padre y los hermanos mayores eran médicos de cabecera. Los casos traídos al comentario no se reducían a lesiones, síntomas o enfermedades. "A lo mejor resultó inevitable que yo acabara siendo médico y narrador", declara por ello Oliver Sacks (Londres, 1933), autor de libros inolvidables como Despertares o Un antropólogo en Marte.
En Los ojos de la mente el autor despliega su grata fórmula habitual: calidad expresiva y singularidad antológica de los casos clínicos abordados. Tratándose de un neurólogo general, es comprensible que muchas de sus historias refieran a raras dolencias, que iluminan de modo extraño el funcionamiento del sistema nervioso que consideramos "normal".
Por ejemplo, una paciente de nombre Lilian Kallir declara no saber leer pese a que le escribe una carta para consultarlo. Le ocurre algo similar a Howard, un hombre que se despierta una mañana y descubre que el diario parece una sopa de letras incomprensible. Otra, Patricia H., goza una vida llena de glamour hasta que su marido muere de un infarto y ella empieza a padecer una serie de trastornos depresivos. Finalmente, le encuentran un inmenso coágulo en el cerebro, la operan y luego de darla casi por perdida se le diagnostica una "afasia". El término alude a una pérdida del habla pero el núcleo del trastorno, que se presenta de muy diferentes maneras, es mucho más sutil que eso. Porque se pierde "el propio lenguaje: su expresión o comprensión, todo o en parte".
Pero Los ojos de la mente acercan a un paciente que el autor conoce de manera muy íntima. Los capítulos entrañables dedicados a ese hombre incluyen un diario que narra las dificultades que empiezan por síntomas muy incómodos en la butaca de un cine y terminan con el diagnóstico de un tumor ("Persistencia de la visión. Un diario"). El mismo pobre hombre confiesa en otro capítulo ("Ciego a las caras"): "Desde siempre me ha costado reconocer las caras. De niño no pensaba mucho en ello, pero cuando fui adolescente y cambié de escuela, muchas veces me avergonzaba. Mi frecuente incapacidad para reconocer a los compañeros de clase los dejaba perplejos y a veces los ofendía. No se les ocurría que yo tenía un problema de percepción".
Todo el libro se lee como un conjunto de cuentos policiales, aunque no haya crímenes de por medio. Pero solamente esos capítulos dedicados al hombre ciego a las caras desde su infancia, al que años más tarde le diagnostican un tumor en el ojo derecho, justificarían acudir con fascinación a la lectura de estas páginas. El nombre del paciente ilumina la insólita persistencia en entender los vericuetos del cerebro humano desde hace más de cuatro décadas: el individuo es el propio Oliver Sacks.
A. C.






