Sergio Altesor
HAY OBRAS literarias que apelan al presente de todas las épocas. Clásicos como La Odisea, La Divina Comedia, Hamlet o el Quijote contienen un espectro tan amplio de valores estéticos que los lectores de diferentes períodos históricos encuentran en ellos algo de su propio tiempo. Esa polivalencia ha llevado a que no siempre se le haga justicia a esas obras. A menudo lo que se encuentra en ellas son rasgos o elementos que sacados de su contexto original son exacerbados en el sentido que le interesa al lector. Por otra parte, cuanto más alejado históricamente se encuentra ese lector de aquella obra, más difícil se torna la comprensión de esos rasgos en su justo contexto. A diferencia de Hamlet o El Quijote cuyo asunto y ambiente aún pueden ser percibidos como parte de nuestra historia, La Odisea o la Comedia pertenecen a un mundo en donde la visión que el hombre tenía de sí mismo nos es completamente extraña. Esa lejanía y la extrañeza que nos causan esos textos han facilitado verlos como objetos exóticos y extrapolar algunos de sus rasgos al gusto del momento. En el caso de la Comedia, fueron fundamentalmente los paisajes y los castigos del Infierno los que procuraron la fama de que gozó Dante en las épocas románticas y que, incluso hoy, determinan el juicio de la opinión pública sobre él.
Bien podemos decir que Dante es un creador del romanticismo ya que la concepción estética que sublima el horror y lo grotesco, lo "gótico" fantástico y lo onírico, nació efectivamente de su obra. Pero él no estaría nunca de acuerdo en una interpretación que focaliza de manera central esos rasgos. La causa del malentendido no es otra que la dificultad de situarse en la mentalidad escolástica o la llana ignorancia. En realidad fue otro italiano, Giambattista Vico, quien en su libro Scienza nuova (1725) dio expresión por primera vez a aquella forma de admiración por él que desembocaría luego en la estética romántica. Vico dice que así como Homero muestra gozo por las batallas sangrientas y crueles en su Ilíada, Dante se complace en los terribles castigos del Infierno. Según él, ambos no eran en absoluto espíritus filosóficos y su sabiduría era la sabiduría mítico-heroica de los pueblos primitivos y bárbaros.
Al parecer Vico no tenía ni idea de la cultura del siglo XIV o bien pasó completamente por alto que tenía en la Comedia una obra de la alta escolástica. Tampoco lo supieron leer Victor Hugo y todos los admiradores románticos que se remitieron una y otra vez al Infierno pese a que es precisamente allí donde Dante revela una asombrosa capacidad racional.
Mimesis.Erich Auerbach (Berlín, 1892-Connecticut, 1957) fue un importante filólogo, romanista y crítico literario que ante el ascenso amenazante del nazismo se vio obligado a abandonar su puesto en la Universidad de Marburgo para refugiarse en Estambul. Más conocido por su libro Mimesis -un clásico muy leído hace más de dos décadas, cuando todavía se lo podía encontrar en algunas librerías-, fue justamente en Estambul donde Auerbach, sin contar con bibliografía especializada, redactó este libro recurriendo solamente a su memoria y a lo que pudo hallar en alguna biblioteca pública. Se trata de un estudio de literatura comparada en donde el hilo conductor es el concepto de imitación de la realidad (mimesis, en griego) en la literatura occidental desde Homero hasta Virginia Woolf. Ya en aquella obra Auerbach había logrado asombrar al lector con su vasta erudición (dominaba entre otras lenguas el griego, el latín, el italiano y el francés) y fascinarlo con la rica precisión del análisis de pasajes clave en obras características de esos autores. Además del célebre primer capítulo dedicado a una escena de la Odisea, del dedicado a la ambigua y conmovedora fantasía de Don Quijote y de otros ensayos memorables, había en aquel libro otro llamado "Farinata y Cavalcante" en donde el autor trataba un breve pasaje del Canto 10 del Infierno en la Comedia. Lo que no muchos sabían cuando ese libro se conoció era que aquel texto derivaba de un ensayo que Auerbach había publicado ya en 1929, Dante, poeta del mundo terrenal, y que ya entonces había cimentado su prestigio como investigador y ensayista.
Si en Mimesis había demostrado una rigurosa versatilidad, en Dante impacta la profundidad del conocimiento histórico-cultural del autor. Es cierto que el primero (aunque en realidad posterior en el tiempo) había sido escrito prácticamente sin bibliografía, hecho que paradójicamente contribuyó a configurar un texto ágil que a pesar de su profusión conceptual lo convirtió casi en una obra popular en el terreno del historicismo literario. El breve pasaje del Infierno tan profundamente analizado en este libro había sido en Dante poco más que una mención a una de las escenas favoritas de Auerbach, escena sin embargo ubicada en un contexto muy amplio. De esa forma, en los tristes días de Estambul, el exiliado Auerbach volvía a su primera obra con el microscopio de su memoria para ampliar un detalle de aquel enorme tapiz de la cultura medieval escolástica.
La historia de Cristo. La cuestión de la mimesis, es decir de la representación de la realidad, era ya en Dante un concepto clave de su introducción histórica. A partir de la epopeya homérica el autor describe y analiza los cambios que se producen en la visión del ser humano y su entorno desde la Antigüedad hasta la Edad Media. La tragedia, el pensamiento de Platón y Aristóteles, la obra de Virgilio, la historia de Cristo, el espiritualismo vulgar y el neoplatonismo de San Agustín, la liturgia religiosa, el pensamiento escolástico de Tomás de Aquino, los poetas provenzales del siglo XII y el Dolce Stil Novo son algunos de los momentos que le permiten analizar y explicar el verdadero carácter de la gran obra de Dante Alighieri.
Esencial en su estudio es el papel que jugó en la representación la crucifixión de Cristo y todos los sucesos relacionados. Ellos superaron como paradoja -en la amplitud de los antagonismos desatados- a toda la tradición antigua, tanto la mítica como la pragmática. Ese episodio asombroso que concentró en sí mismo uno de los mayores cambios en la historia de la civilización ha consternado hasta nuestros días al hombre que intenta comprenderlo. Y a pesar de la mitificación y la dogmatización del Nuevo Testamento ese hombre siente cómo irrumpe continuamente el elemento problemático, inarmónico y perturbador de los sucesos en los que se basa. La historia de Cristo, con su penetración en la conciencia de los pueblos europeos, transformó radicalmente sus ideas sobre el destino del ser humano y su representabilidad. Pero esa historia es algo más que la irrupción de una nueva concepción de la humanidad. Ella es al mismo tiempo el sometimiento de la Idea al carácter problemático y a la desesperante arbitrariedad del suceso terrenal. Examinada en sí misma -sin considerar su relativo triunfo póstumo en el mundo- como la simple historia de Cristo en la Tierra, es tan desconsoladoramente terrible que la certeza de una rectificación efectiva y concreta en el más allá es la única salida. De allí proviene una intensidad y una objetividad hasta entonces no vistas en las representaciones de ultratumba. Porque sólo en relación con el más allá tiene sentido este mundo que por sí mismo sigue siendo un sinsentido y una tortura.
No obstante, la trascendencia de la justicia no rebajó -tal como sucedía en el pensamiento antiguo- el valor del destino terrenal y no negó el obligado compromiso de someterse a él. Para redimir a la humanidad caída, la verdad encarnada se sometió sin la menor reserva a ese destino. La vida terrenal adquiere así una intensidad desmedida y dolorosa, completamente contraria al estilo antiguo, porque se ha producido al mismo tiempo el entrelazamiento con el mal y porque constituye el fundamento del juicio irrepetible de Dios. La invencibilidad de la tensión interior es una consecuencia de la historia de Cristo de igual importancia que la sumisión al destino terrenal. En ambas la individualidad es humillada, pero debe subsistir.
La historia de Cristo no solo explora la intensidad de lo personal sino también su multiplicidad y la riqueza de sus manifestaciones, superando los límites de la estética mimética antigua. El ser humano ya no posee ninguna dignidad terrenal y puede sucederle de todo. Además, la división antigua de géneros y la separación entre los estilos elevado y bajo ya no existe. En la historia sagrada aparecen personas reales y conocidas, actúan pescadores y reyes, sumos sacerdotes y prostitutas en una completa liberación de los límites sociales y estéticos. Todo aquel que sale a escena, además, muestra los elementos más extremos de su personalidad sin consideración alguna hacia su posición social, y tanto le suceden cosas sublimes como vulgares. El mismo Pedro, para silenciar su conocimiento de Jesús, cae en la más profunda bajeza. La profundidad y la amplitud del naturalismo en la historia de Cristo no tienen parangón. Ni la poesía antigua ni la historiografía estaban preparadas para una representación semejante del suceso. Por eso mismo, el contenido mimético de la historia de Cristo necesitó más de un milenio para penetrar en la conciencia de los que ya eran creyentes y transformar a su vez sus propias representaciones de la realidad.
El poeta escolástico. Al mismo tiempo que la Divina Comedia representa la cumbre del proceso de penetración de la mimesis de la historia de Cristo -su expresión literaria más plena y desarrollada- también constituye un límite histórico. La Comedia está escrita en la frontera entre dos tiempos, cuando el pujante capitalismo primitivo de Florencia, ciudad natal de Dante, comienza a ganar la partida sobre la estricta moral medieval mediante un intenso proceso de corrupción, distorsión y banalización que a menudo apela a la violencia. Un proceso, por otra parte, que refleja los cambios que se avecinan en Europa durante los albores del Renacimiento.
Junto a Guido Cavalcanti y Guido Guinizelli, Dante fue uno de los principales cultores de Dolce Stil Novo. Hasta él, el mundo del cor gentile, como también se le llamó al Stil Novo, había sido un mundo aparte. Surgido del ideal caballeresco, depurado y espiritualizado en Provenza, distanciado gracias a Guinizelli de su origen estamental, había permanecido limitado, sin embargo, al ámbito de una especial cultura místico-sensible. Sin embargo, los elementos racionales que recuerdan en su estructura al didactismo filosófico contemporáneo habían ido penetrando cada vez con mayor fuerza en esta poesía. La idea básica del amor como una disciplina noble había recibido en creciente medida una impronta ética y afín a una teoría mística de la salvación.
En su obra Convivio, Dante cuenta que buscando consuelo tras la muerte de la amada se puso a leer a Boecio y a Cicerón. La lectura le fue al principio difícil, pero cuando comenzó por fin a entenderlos encontró entusiasmado en sus nuevas lecturas una confirmación de aquello que ya había visto, en cierto modo como un sueño, en sus poemas de juventud de la Vita nuova. A partir de eso comenzó a asistir a escuelas y a foros donde se enseñaba filosofía y en el corto período de treinta meses se adentró tanto en su conocimiento, escribe Dante, que el amor por ella expulsó cualquier otro pensamiento de su corazón. En este testimonio está al mismo tiempo el comienzo y la interpretación global de la evolución filosófica de Dante. Su voluntad de una unidad universal encontró nutrientes en la filosofía y en seguida comenzó a dar forma a la armonización de su experiencia vital con los conocimientos recién adquiridos.
La importancia de la mayoría de los pensadores escolásticos estribó más en el afán de una conciliación de diferentes tradiciones que en un pensamiento de nacimiento libre. Y así como Tomás de Aquino en su Summa Theologica intentó unificar la doctrina aristotélica con la cristiano-platónica-agustina, así Dante buscó conciliar el sistema tomista con la ideología mística del cor gentile. Apoyándose en las máximas autoridades de la razón y de la fe se atrevió a acometer una empresa a la que nadie antes se había atrevido: representar todo el mundo histórico y terrenal del que tenía conocimiento como sometido ya al juicio definitivo de Dios. Temática y estructuralmente fue un ambicioso proyecto de ordenamiento de la realidad en el terreno divino completamente fiel al pensamiento aristotélico sobre el arte (según el cual, el papel del artista es ordenar una realidad que se presenta siempre como arbitraria y caótica).
El mundo de ultratumba representado por Dante está situado ya en su lugar verdadero, el que le corresponde según el ordenamiento divino, juzgado ya por Dios y sin que ninguna de las figuras pierda un ápice de su carácter terrenal. Es más, esos personajes identificados en su destino final presentan el grado más extremo de su ser individual histórico.
Según el erudito Auerbach, en los versos de la Comedia es posible escuchar todos los sonidos: los provenzales y el Stil Novo, el lenguaje de Virgilio y el de los himnos religiosos, la terminología de las escuelas filosóficas y la incomparable riqueza de la lengua coloquial del pueblo que fluye por primera vez en una poesía de estilo elevado. Sin embargo, el poder para unir tal variedad sin que se convirtiera en algo raro y disparatado, sino que confluyera en la corriente continua de una lengua plena de flexibilidad y de dignidad natural, lo obtuvo Dante de su tema sobrenatural que, a diferencia de un ser humano o un suceso terrenal, no necesita del ensalzamiento o de la amplificación para ser sublime.
Dante fundó la poesía nacional italiana y con ello dio paso al mismo tiempo al estilo poético elevado de Europa en todas sus lenguas nacionales. Según el autor de este libro, si los humanistas del siglo XV hubieran asumido su herencia, no se habría producido quizás nunca la eterna y todavía hoy no resuelta querella entre antiguos y modernos.
DANTE, POETA DEL MUNDO TERRENAL, de Erich Auerbach. El Acantilado. Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 293 págs.