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Dámaso Antonio Larrañaga
ES PUEBLO de indios que está sobre la costa oriental del Uruguay, a 30 leguas de Mercedes según algunos, y a 22 según otros, casi Norte-Sur. Se puede regular su población de 25 vecinos, la mayor parte de indios cristianizados; sus casas, a excepción de cinco o seis, todas son de paja… La iglesia es sumamente pobre y en el día está en la mayor indigencia, falta de todo, y lo que es más de su cura párroco, no habiendo sino un suplente que apenas puede decir misa. Antiguamente tenía su corregidor como los otros pueblos de indios, pero ahora hay un comandante militar, y aunque es un pueblo tan infeliz, tiene el honor de ser interinamente la capital de los orientales, por hallarse en ella su jefe y toda la plana mayor, con los diputados de los demás pueblos.
Nuestro alojamiento fue la habitación del general. Ésta se componía de dos piezas de azotea, una de 4 varas y la otra de 6, con otro rancho contiguo que servía de cocina. Sus muebles se reducían a una petaca de cuero y unos catres (sin colchón) que servían de cama y de sofá al mismo tiempo. En cada una de las piezas había una mesa ordinaria como las que se estilan en el campo, una para escribir y otra para comer; me parece que había también un banco y unas tres sillas muy pobres. Todo daba indicio de un verdadero espartanismo.
A las cuatro de la tarde llegó el general, el señor Don José Artigas, acompañado de un ayudante y una pequeña escolta. Nos recibió sin la menor etiqueta. En nada parecía un general: su traje era de paisano, y muy sencillo: pantalón y chaqueta azul sin vivos ni vueltas, zapato y media blanca de algodón, sombrero redondo con gorro blanco y un capote de bayetón eran todas sus galas, y aun todo esto pobre y viejo. Es hombre de una estatura regular y robusta, de color bastante blanco, de muy buenas facciones, con la nariz algo aguileña; pelo negro y con pocas canas; aparenta tener unos 48 años. Su conversación tiene atractivo, habla quedo y pausado; no es fácil sorprenderlo con largos razonamientos, pues reduce la dificultad a pocas palabras, y lleno de mucha experiencia tiene una previsión y un tino extraordinario. Conoce mucho el corazón humano, principalmente el de nuestros paisanos, y así no hay quien le iguale en el arte de manejarlos. Todos le rodean y todos le siguen con amor, no obstante que viven desnudos y llenos de miserias a su lado, no por falta de recursos sino por no oprimir a los pueblos con contribuciones, prefiriendo dejar el mando al ver que no se cumplían sus disposiciones en esta parte y que ha sido uno de los principales motivos de nuestra misión.
Nuestras sesiones duraron hasta la hora de la cena. Esta fue correspondiente al tren y boato de nuestro general: un poco de asado de vaca, caldo, un guiso de carne, pan ordinario y vino, servido en una taza por falta de vasos de vidrio; cuatro cucharas de hierro estañado, sin tenedores ni cuchillos, sino los que cada uno traía, dos o tres platos de loza, una fuente de peltre cuyos bordes estaban despegados; por asiento, tres sillas y la petaca, quedando los demás en pie. Véase aquí en lo que consistió el servicio de nuestra mesa cubierta de unos manteles de algodón de Misiones pero sin servilletas, y aun según supe, mucho de esto era prestado. Acabada la cena nos fuimos a dormir y me cede el general, no sólo su catre de cuero, sino también su cuarto, y se retiró a un rancho. No oyó mis excusas, desatendió mi resistencia, y no hubo forma de hacerlo ceder en este punto. Yo, como no estaba aún bien acostumbrado al espartanismo, no obstante el que ya nos habíamos ensayado un poco en el viaje, hice tender mi colchón y descansamos bastante bien.
13 de junio. Muy temprano, así que vino el día, tuvimos en casa al general que nos pilló en cama; nos levantamos inmediatamente, dije misa y se trató del desayuno; pero éste no fue ni de té ni de café, ni leche ni huevos porque no lo había, ni menos el servicio correspondiente; tampoco se sirvió mate, sino un gloriado, que es una especie de punche muy caliente con dos huevos batidos, que con mucho trabajo encontraron. Se hizo en gran jarro, y por medio de una bombilla iba pasando de mano en mano, y no hubo otro recurso que acomodarnos a este espartanismo, a pesar del gran apetito por cosas más sólidas que tenía nuestro vientre, originado de unas aguas tan aperitivas y delicadas, no sirviendo nuestro desayuno sino para avivarlo más.





