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 Viernes 29.06.2012, 10:50 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


Con Natalia Makarova

"Trajimos pasión"

Lucía Chilibroste

CONSIDERADA una de las más famosas bailarinas del mundo en los años setenta y ochenta, recubierta de una aureola mística, muy rusa, maravilló los escenarios del mundo y las pantallas de televisión con su pulida técnica y gran expresividad. Hoy, a sus 71 años, aún sigue con su carrera de coreógrafa que desarrolló en forma paralela a la de bailarina.

Egresada de la Escuela Vaganova de Leningrado (hoy San Petersburgo), en 1959 entró en el Ballet del Kirov (hoy Mariinsky) donde al año siguiente se convirtió en primera bailarina, ganó la medalla de oro en Varna (1965) y fue una destacada estrella. En 1970, durante una gira de la compañía por Europa, pide asilo político en Inglaterra y se une al American Ballet Theatre (ABT) y al Royal Ballet de Londres.

De esta forma, nueve años después que Nureyev, y siguiendo la tradición iniciada por Diaghilev a principios de siglo XX, Makarova repetía el destino de las estrellas del Kirov: el exilio, como paso previo para deslumbrar a Occidente con una nueva forma de bailar y un repertorio desconocido. Cuatro años más tarde Baryshnikov también seguiría estos pasos.

Luego, como parte del proceso de glasnost de Gorbachov, sería también Makarova la primera bailarina exiliada soviética que volvería invitada a su Kirov natal (1989). Por ser hija de una época de oro del ballet y su larga carrera (bailó hasta los 50 años), compartió escenario con partenaires como Rudolf Nureyev, Mijail Baryshnikov, Anthony Dowell, Erik Bruhn, Ivan Nagy, Jorge Donn y Julio Bocca. Además trabajó con coreógrafos como George Balanchine, Jerome Robbins, Antony Tudor, Maurice Bejart, Frederick Ashton, Serge Lifar, Kenneth MacMillan y John Neumeier.

No satisfecha con andar sólo entre bambalinas, en 1979 escribe su autobiografía. Actúa en Broadway y en el West End llevándose los premios Tony (1983) y Lawrence Olivier (1985) como mejor actriz por actuación en el musical On Your Toes. Crea numerosos trabajos para televisión y participa en la serie documental Great Railway Journey (1994).

El pasado marzo llegó al Ballet Nacional del SODRE para montar su versión de La Bayadera. La encontramos en su camerino. La preconcebida imagen que tenía de esta leyenda viviente de la "Madre Rusia" como una distante y fría mujer desaparece, para dar lugar a una Natasha (como le dicen sus amigos) amable, descontracturada y de muy buen humor.

En un duro inglés rusificado, como si hubiera partido ayer por primera vez de su Leningrado natal, no le sobra vocabulario. Responde con palabras sueltas o frases cortas. Pero su torso, manos y gestos hablan por ella. Ríe a carcajadas, entremezcla unos "querida", toma la mano de la cronista para remarcar algunos temas. Su imagen glamorosa, parte del mito, sigue intacta.

Consultada sobre si alguna vez imaginó que podía llegar a estar en Uruguay montando su versión de La Bayadera, contesta: "No. ¡Nunca! Yo sólo hago esto por mi amor a Julio [Bocca]. Porque lo quiero mucho. Lo quise mucho como partenaire, pero sobre todo como ser humano, porque es una persona auténtica. Entonces cuando él me lo pidió, yo no pude decir que no. Y la verdad es que me siento muy contenta trabajando con la compañía, porque encuentro muy buena actitud y respuesta. Los bailarines escuchan, desean aprender, y se ven los resultados".

Se considera muy afortunada de "haber tenido dos vidas. Una en la Unión Soviética, con todas sus dificultades en el diario vivir, pero al mismo tiempo en un lugar donde el arte cumplía un papel fundamental. Y otra vida diferente en el oeste".

No muestra interés en hablar de su "primera vida". "¡Ooooh, querida! Para qué insistir tanto con la Unión Soviética… ¡Ya no existe más!". Aunque al final accede.

100% RUSA.

-¿Qué le llamó la atención cuando llegó a Occidente?

-El tiempo. Era muy diferente. No sólo en la danza, sino en la vida, en todo. Todo era más rápido. En Rusia yo tenía dos o tres actuaciones al mes. Y en el Oeste, durante la temporada del ABT, por ejemplo, podía llegar a bailar todos los días diferentes ballets. Y me tuve que cuidar y hacerme responsable por mí misma. Ya no tenía mis maestros, quien corrigiera mis ensayos.

-A pesar de haber vivido la mayor parte de su vida en Occidente, usted insiste en que "se define como 100% rusa". ¿Qué significa eso?

-¡ADN! (risas). Nací en Rusia, crecí en Rusia. Mi cultura es mayoritariamente rusa. Y mi sangre es rusa. Convivo y me adapto a otras culturas, pero me sigo considerando 100% rusa. Y me siento cómoda.

-Se dice que tiene preferencia por los bailarines rusos. ¿Eso es verdad?

-Me tiene sin cuidado si son rusos, ingleses, franceses, polacos... No se trata de nacionalidad sino de talento. Y en eso el ballet es grandioso, porque el lenguaje es internacional.

-¿Cómo considera que fue su formación?

-Mi Escuela Vaganova, particularmente en San Petersburgo, era muy buena. Muy completa. Recreábamos los movimientos de una manera orgánica donde todo el cuerpo trabajaba. No sólo las piernas, brazos u ojos, sino todo junto. Hasta el cabello y la punta de los dedos.

-¿Cómo ve la Escuela Vaganova en el siglo XXI?

-Los tiempos han cambiado. Las cosas se han hechos más mecánicas. Y eso afecta el desarrollo de la formación. La gente depende más del dinero y todo se ha vuelto un poco más comercial. Creo que lentamente está desapareciendo la actitud romántica que se tenía. Pero pienso que aún sigue siendo la mejor formación, la más completa. Todavía hay mucha calidad allí. Más que en ningún otro lado.

-Cuando Jerome Robbins visitó al Mariinsky-Kirov en 1992 señalaba que allí "se respiraba ballet y respeto por él en todos los rincones de la casa". ¿Cree que hoy en día se mantiene eso?

-Mmm… sí. Sólo que ahora todo es más comercial y no tan profesional. Todos tienen diplomas, pero a veces puede faltar sustancia. Y se sigue manteniendo la idea de que si es ruso es bueno. Pero hoy en día la calidad ha desaparecido un poco, porque es muy abierto.

-¿Cómo ve la escena del mundo del ballet hoy en día?

-Yo me pongo muy feliz cuando veo algo nuevo, talentoso. Pero desgraciadamente eso no pasa muy seguido. Hay una carencia de coreógrafos con talento.

-Como maestra y coreógrafa, ¿qué le interesa transmitir a las nuevas generaciones?

-Individualidad. Es algo que todos necesitan. Refinamiento. Sobre todo calidad y expresividad. Yo sólo deseo que los bailarines usen más sus torsos para expresar. Y que la expresión no provenga sólo del rostro, sino que fluya del cuerpo, ya que debe ser éste el que exprese los sentimientos.

-¿Cuál le gustaría que fuera su legado como bailarina?

-Nunca lo había pensado. Yo recibí este don de Dios, trabajé duro y con dedicación. Pero sólo trabajo para el presente.

-Usted, junto con Nureyev y Baryshnikov, forman parte de la más representativa (pero no exclusiva) camada soviética que transformó la danza en Occidente. ¿Qué cree que fue lo que aportaron?

-Los tres éramos muy diferentes. Pero creo que nosotros trajimos calidad, actitud. Y pasión.

etiquetasEtiquetas: calidad - rusa - sólo - ballet - bailarina - 
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