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 Lunes 03.10.2011, 16:13 hs l Montevideo, Uruguay
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Economía y Mercado

Carencia de visiones políticas

CARLOS STENERI

La reciente convocatoria de los responsables de la economía mundial en ocasión de la reunión anual del Banco Mundial-Fondo Monetario Internacional y las habituales reuniones paralelas en otros ámbitos confirmaron que el mundo desarrollado sigue desnorteado, arriesgando que sus economías entren en un invierno largo en materia de crecimiento.

Para quienes somos veteranos en este tipo de eventos, casi tres décadas de asistencia permanente, el evento estuvo contaminado de ciertas dosis de surrealismo. El mundo en desarrollo estuvo ausente del foco de atención, esta vez por razones buenas. En tanto, jerarcas y expertos de diferentes tiendas planteaban una cacofonía de diagnósticos y propuestas para resolver los problemas que aquejan a Estados Unidos y Europa.

Y para aquellos que conocimos de primera mano el vértigo con que se desatan las crisis una vez traspasados ciertos límites, presenciar ese espectáculo genera un cierto sentido de angustia y frustración. Ello como resultado de ver una miopía contaminada de arrogancia en gente experimentada que entiende que puede imponerse sobre los límites que establece la realidad y comandar los tiempos en la instrumentación de las medidas correspondientes. Además, ignorando las consecuencias que su postura puede irradiar sobre el resto del mundo, en particular sobre los países en desarrollo.

TEMAS PENDIENTES. El eje central del problema entre manos gira sobre dos problemas básicos. En el caso de Estados Unidos, la pregunta esencial -aún sin respuesta con un consenso amplio- es cómo retomar el crecimiento como forma de mejorar el empleo, asegurar la consolidación fiscal y disminuir la carga del endeudamiento. Para ello, la Reserva Federal viene desplegando todo su arsenal de herramientas, entre ellas últimamente la pretensión de bajar las tasas de interés de largo plazo como forma de estimular la inversión. El mecanismo anunciado es recomprar su deuda de largo plazo para disminuir su retorno y, al mismo tiempo, emitir deuda en la parte corta de su curva. Esa idea, ya aplicada en la época de la Administración Carter y conocida como "twisting the curve", no generó mayores resultados. En definitiva, nos encontramos en un período de cierta alquimia macroeconómica, que trata de escabullir problemas estructurales que requieren otro tipo de políticas.

Un ejemplo es el déficit creciente de la Seguridad Social promovido por el envejecimiento de la población. Este aspecto estructural negativo, distintivo del mundo desarrollado disimulado detrás de las altas tasas de crecimiento, empieza a manifestarse con fuerza creciente incorporando rigideces al gasto público a menos que se introduzcan reformas urgentes en el sistema con alta repercusión política y, por ende, de instrumentación dificultosa.

En tal sentido, Estados Unidos tuvo su ventana de oportunidad cuando la administración Clinton logró superávits fiscales que se los visualizaban, y así fueron justificados, como la antesala de las reformas del Sistema de la Seguridad Social. Por hechos diferentes, pero encauzados en su mayoría en decisiones tomadas después de los ataques terroristas del 9 de septiembre de 2001, esa oportunidad se perdió. Como pasa siempre, las crisis desnudan debilidades. En este caso, la economía norteamericana tiene el doble desafío de recuperarse de una crisis financiera aún no totalmente resuelta, junto con la resolución de un problema estructural cuyo efecto sobre las cuentas fiscales es creciente.

Para decirlo en pocas palabras, los menos pesimistas prevén que la economía arrancará con vigor y resolverá sus problemas de empleo recién en la segunda mitad de la década presente.

El caso de Europa presenta aspectos similares pero mezclados con temas políticos. Los efectos del envejecimiento de su población han sido enjugados por algunas naciones con crecimiento apuntalado por aumento de la productividad. Alemania es su paradigma. Otros, con endeudamiento creciente dado su crecimiento insuficiente como en el caso de Italia. A su vez, otros miembros agregaron a esa tónica, otros excesos que los llevaron a situaciones fiscales insostenibles y, en consecuencia, a la insolvencia de su deuda soberana.

Ese caleidoscopio de realidades está abrazado por un proyecto político, legítimo en sus aspiraciones pero que luce inviable cuando se lo expone a la luz de los resultados.

El drama entre optar por la salvación del euro y el destino de algunos países europeos periféricos, como Grecia, es el tormento que atenaza todo el debate reciente. Todavía impera una cierta dosis de optimismo de que se pueden lograr las dos cosas. Una prueba fue la que dio el vice ministro de Grecia y también ministro de Economía, Angelos Venizelos, en su alocución en la reunión del Instituto Internacional de Finanzas donde mostró el esfuerzo fiscal recientemente hecho: recortes nominales en salarios y pensiones de consideración con un alto costo político. Pero una sencilla aritmética muestra que eso no es suficiente para hacer que su deuda no continúe creciendo como porcentaje del PIB. Cualquier proyección muestra que en el próximo bienio traspasará el nivel de 160 por ciento del producto. Para evitarlo hace falta crecer vigorosamente, para lo cual pidió un programa de reconstrucción e inversiones financiado por el resto de la comunidad europea.

A este ejemplo se le pueden agregar otros, los cuales suponen un desafío que trasciende el plano económico para adentrarse en las entrañas de las visiones políticas de la Unión Europea. Y siendo así, el tema confluye naturalmente hacia el ámbito supremo de la política y ahí es donde debe ser resuelto.

EL CASO URUGUAYO. Como era esperable, el ejemplo de Uruguay en la resolución de su crisis de 2002-2003 fue mencionado como una vía a explorar para resolver el caso griego. Algunos, considerándolo la receta salvadora pero desconociendo que en esta materia no hay fórmulas mágicas sino principios que tomando en cuenta la realidad del caso sirven para formular la estrategia óptima. Como ya dijimos en alguna otra instancia, Uruguay presentaba un caso de iliquidez que no resuelto a tiempo, se convertía en insolvencia. Grecia ya es insolvente y por un amplio margen y, por tanto, la extensión de plazos como fórmula de salida no es suficiente.

Otros, con más conocimiento de causa, hacían referencia a la flexibilidad cambiaria como una condición necesaria de la estrategia instrumentada por nuestro país, junto a un ajuste fiscal que generaba instantáneamente un superávit primario superior al 4 por ciento del PIB y, por ende, suficiente para comenzar la disminución del porcentaje de la deuda respecto al producto. En otras palabras, se estaba afirmando que Grecia debía abandonar al euro si quería salir del problema y no recaer nuevamente en un problema similar si mediara una alternativa de salida temporal.

LA POLÍTICA. En definitiva, la política retomó el centro del debate. Siempre estuvo flotando por encima de la Asamblea, opacando las cifras y los tecnicismos. Pero todavía hay dudas pues las grandes visiones y quizás los visionarios, aún no han tomado el comando de las acciones.

Estados Unidos requiere de decisiones de magnitud profunda para resolver un tema estructural doméstico vinculado a su demografía, que no permite dilatorias. Mientras tanto, su sistema político está entretenido, incluyendo a quienes representan, en el "tecnicismo antagónico" entre aumentar impuestos o rebajar el gasto nominal para lograr la consolidación fiscal necesaria.

Europa, trancada entre la sobrevivencia a raja tabla de un ideal de unión comunitaria que está haciendo agua y una crisis que se está yendo de las manos, debe dar lugar al pragmatismo. Y para eso es necesario refrescar las visiones y darle entrada a los nuevos visionarios.

Lo que vimos luce obsoleto y arriesga sumir al mundo en un cono de sombras.

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