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Cerca y lejos del ruido al mismo tiempo, el histórico lugar de veraneo de la gente de San Carlos se consolida como la propuesta más relajada y elegante de 2012.
DANIELA BLUTH
Son las 13.30 y Florencia Cacciola está, literalmente, con las manos en la masa. En la pequeña cocina del nuevo local de Flo, instalado en uno de los pocos ranchos que quedan en pie en Manantiales, cuenta con riguroso cuidado la cantidad de huevos que precisa para su torta Choco Amor, cuya mezcla va directo a un molde con forma de corazones. Está encantada con esta "sucursal exprés" de su tradicional casa de té en La Barra. "Acá la gente quiere relajarse, pide eso. Estás en patas, saliste de tu casa, te comprás un sándwich, te lo llevás a la playa. En el otro local no podés estar de traje de baño, acá está todo bien", dice esta argentina que hace varios años que se instala en Punta del Este entre diciembre y abril.
La modesta casa blanca sobre una esquina de la ruta 10 no es cualquiera. Allí funcionaba la Aduana de Manantiales y, tras años de estar cerrada y abandonada, el predio en el que está emplazada fue adquirido por un empresario argentino que planea construir varios locales comerciales. El contrato de Flo vence en abril. "Quieren tirar la casa abajo, yo les pedí que no lo hagan, pero...", dice resignada.
Es que este verano Manantiales explotó. En esa inevitable tendencia de correr "la movida" cada vez más hacia el Este, muchos locales de diseño y restós de alta gastronomía decidieron jugarse a este pueblito que nace cuando termina Montoya y muere a la altura que la ruta 10 se cruza con la 104. Además, algunos clásicos de la Punta -como Lo de Charlie- abrieron una sucursal pensando en ese público de alto poder adquisitivo que le huye a las aglomeraciones adolescentes de La Barra.
"La Barra es lo que era Gorlero hace 20 años: la familia deja a sus hijos para que anden solos, la gente vende con los trapos en el piso y cada vez hay más asfalto", compara Flo. Manantiales, en cambio, "tiene más aire y una linda curva que le da una energía distinta para todo".
En sólo dos manzanas hay más de diez restaurantes, que combinan desde gastronomía peruana hasta pizzetas, pasando por comida italiana, pescado y minutas. A los de toda la vida como No me olvides, Cactus y Pescados y Dos Hermanas, esta temporada se sumaron Sipan, un restaurante de comida peruana a 200 dólares por persona, Dolce Amaro, a cargo de una pareja de turinenses, y La Linda, panadería y restaurante a una cuadra de la ruta en una casa de líneas modernas (el kilo de bizcochos cuesta 300 pesos y el de masitas 500).
Sobre la tardecita, la esquina de Manantiales Point se llena de jóvenes que buscan la promo de caipiroskas dos por uno. Por las noches suena un trío en vivo y hay variedad de tragos. La carta, dice Juan Migliarini sin complejos, es muy sencilla; el chivito Manantiales (igual a un canadiense, $ 270) es lo que más sale.
En materia de diseño, pocos locales concentran una propuesta de lo más chic, con la grifa argentina Peter Kent (carteras) y la brasileña Osklen (vestimenta) a la cabeza.
Claro que tanto movimiento no es inofensivo. Al tiempo que se alegran con la variedad y el aumento del público, los habitués no quieren que la esencia "de pueblito" desaparezca. Si eso se pierde, opinan, Manantiales corre el riesgo de transformarse en el clon de la Barra o, en el mejor de los casos, de José Ignacio.
Mientras el apellido Macri -impulsor de Terrazas de Manantiales-, todavía suena fuerte y los carteles de nuevos emprendimientos inmobiliarios aumentan día a día, en el extremo Este se ven los primeros pasos del proyecto de la exmodelo Valeria Mazza. El Selenza, que incluye apartamentos, casas y un hotel boutique 5 estrellas, involucró un polémico cambio en la ordenanza de la construcción, que en esa zona sólo permitía casas unifamiliares.
"Si hubiera podido elegir, no lo hubiera hecho, pero si va a estar, entonces bienvenido sea", dice Nacho García, oriundo de San Carlos y propietario de No me olvides, que hace ya unos años incorporó a su carta una sutil frase: "No venda su ranchito en Manantiales".
En las dos cuadras que se extiende Manantiales de la Ruta 10 al norte (luego todo es bosque), se entremezclan las discretas casas en las que los habitantes de San Carlos solían veranear con las construcciones más modernas, de líneas rectas, grandes ventanales y pisos de cemento lustrado. Con el precio del metro cuadrado alrededor de los 3 mil dólares, una casita modesta a una cuadra de la playa puede valer unos 900 mil. Sobre la ruta y en la primera línea frente a la playa Bikini, una gran residencia de estilo morisco semiabandonada llama la atención. Cuenta la leyenda que la mandó construir el conde belga Federico Zichy-Thyssen. Pero como no le gustó, nunca la estrenó.









