Mercedes Estramil
EL EPISODIO BÍBLICO que presta título a esta novela breve pertenece al Evangelio según San Lucas. Allí se cuenta cómo Jesús resucitado se aparece en el camino a dos hombres que van al pueblo de Emaús, cómo estos son incapaces de reconocerlo e incluso le narran la propia historia de su crucifixión, y recién cuando cenan y le ven partir el pan y repartirlo advierten quién es, pero entonces él desaparece. Está en la genética de todo lo perdido esa incapacidad (ese destino trágico) para haberlo visto, comprendido y retenido a tiempo. La metáfora es categórica para echar a andar la última novela de Alessandro Baricco (Turín, 1958), Emaús, historia de cuatro adolescentes católicos en la Italia septentrional de los años setenta.
El anónimo narrador y sus tres amigos -Bobby, Luca y el Santo- integran ese "nosotros" de clase media bienpensante y "normal": estudian, tocan música en la iglesia, cuidan enfermos en el hospital y tienen novias pudorosas o no tienen novias. Pertenecen, si bien con cierta vergüenza, a casas donde se apaga la luz al salir de la habitación, se conservan en la heladera las claras de los huevos y se forran los sillones. Casas en las que no se habla de sexo ni de infelicidad ni de cosa alguna que requiera un corte de la superficie hacia aguas más profundas, y en las que se puede vivir toda una vida "sin saber la verdad".
Cuando conocen a Andre, una chica de familia rica, moral dudosa y belleza andrógina, el efecto es el de un ángel exterminador. Andre proviene de un pasado legendario (o eso oyen los chicos), de un abolengo de tragedia opuesto a la "bisutería del drama" que las familias del narrador y sus amigos alimentan como única fuente de experiencia. Esa irrupción, que incluye una sexualidad desenfadada, los moviliza y los pone en el camino de una autenticidad hacia sí mismos que se paga cara. Emaús es una novela de iniciación con onerosos ritos de pasaje-droga, suicidio y crimen. La manera sosegada pero densa de conducir esa tragedia -con un aire y un perfil anecdótico que recuerdan a Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides- es lo que hace crecer desde adentro esta nouvelle de Baricco, escritor visibilizado y encumbrado a partir de otra novela corta (Seda, 1996) que le garantizó diplomas de serenidad, levedad, profundidad y a veces (no aquí) liviandad.
Emaús es la confrontación -hecha desde la adultez pero por un narrador que aún es rehén de su juventud-, con la realidad del mal, con la pérdida de la fe o la revelación de su inconsistencia, con la impotencia de no poder cambiar el estado de cosas heredado y sobre todo con el horror a la naturaleza propia.
Baricco ha declarado, más allá de admitir contornos autobiográficos en la novela, que el único personaje inspirado en alguien real es el de Andre. Punto a destacar es que sea el menos tangible, el más evanescente. Andre (virginal, prostituida o embarazada) pasa frente al lector como frente a los personajes, señalando la ceguera de los prejuicios con su sola existencia desprejuiciada, y dejando la sensación -igual que dejaban las cinco hermanas Lisbon en el libro de Eugenides- de que su interior es insondable y no hay religión, clase social o económica que lo explique. Si acaso ese territorio alienado de la adolescencia, eso inasible el autor lo va delineando sin aferrarlo nunca demasiado, con respeto y sin cinismo, por más que se declare devoto de Salinger, el más conspicuo francotirador de la adolescencia y de cualquier edad. Pasa que en Baricco, allá al fondo del túnel, todavía queda un resquicio de esa cualidad envolvente y mágica que tanto levanta imperios como derrumba individuos: la fe. El enigmático final de Emaús es buena prueba de eso.
EMAÚS, de Alessandro Baricco. Editorial Anagrama, 2011. Barcelona, 149 págs. Distribuye Gussi.