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 Viernes 30.04.2010, 07:39 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


Lo nuevo de Peter Gabriel

Juegos sin fronteras

ÁLVARO BUELA

EL TÉRMINO inglés "cover" (literalmente, tapa, cubierta) se utiliza para referir a la versión que un cantante o grupo realiza de una composición de otro autor. Pero existe otra acepción, relacionada con la acción de encubrir o disfrazar, que resulta bastante más ajustada para capturar la esencia de Scratch My Back, el disco de covers que Peter Gabriel lanzó en febrero pasado. Las doce canciones que lo componen podrían definirse como "versiones encubiertas", o "covered covers", en las que Gabriel vuelve a cambiar de piel, de rumbo, de posición autoral.

Ya lo había hecho antes, repetidas veces, primero dentro de las aventuras "progresivas" de su etapa en el grupo Genesis (1967-1975), y luego con una carrera solista en la que supo estar, al unísono, en la actualidad y en la avanzada de los sonidos terrenales. Precursor de la llamada "world music", artista conceptual en el sentido más puro de la palabra, ha construido para sí un derrotero personal, selectivo e impredecible que ha evolucionado con independencia de las mutaciones sufridas por el pop y el rock en las últimas tres décadas.

Siempre fue un performer camaleónico, amante de la voluptuosidad y de la experimentación, aunque cada una de sus transformaciones estuvo sustentada por un proyecto integral y por una ruptura con los estereotipos del músico popular. Difícil encontrar en los archivos otra figura que comparta su estatus de ícono pop a contracorriente, levemente aristocrático, salvo, quizás, la exquisita Kate Bush o, en menor medida, el genio iconoclasta de Robert Fripp. Visto en perspectiva, el único momento en que la carrera de Gabriel conoció la masividad ("Sledgehammer", 1986) se acerca más a un accidente del camino que a un efecto premeditado.

Un puñado de fieles seguidores, cada vez más pequeño (entre los que difícilmente haya puristas del rock, adictos a los más vendidos y menores de 35 años), ha sabido agradecer esa independencia y esa integridad de parte de un artista que utiliza su música para despertar zonas anestesiadas por los clisés, la chatarra dominante y el ruido de la época.

LA IDA. Seguidores o no, quienes acepten sumergirse en la abigarrada trama de Scratch My Back deberán bajar algunos cambios y despojarse de varios prejuicios, empezando por renunciar a las expectativas de lo que debe ser un álbum de covers. O de lo que debe ser un álbum de Peter Gabriel. Nada hay aquí del melting pot sonoro y narrativo que ha caracterizado su carrera solista, un inmenso friso en el que han convivido, entre otros sonidos, el folk inglés, el soul y el spiritual americanos, los ritmos de África y Medio Oriente, la música "culta" de varias generaciones y la electrónica.

Sin percusión, guitarras o coros de apoyo, los temas se apoyan en un frágil diálogo entre voz (todavía expresiva y rica en matices) y orquesta de cuerdas (arreglos de John Metcalfe, ex Durutti Column), intervenido aquí y allá por unos vientos sutiles y un piano tímido. De modo que, detrás de su fastuosa apariencia, se trata de un plan "de cámara", en el que las canciones son trasplantadas a un nuevo contexto y, dependiendo del caso, quedan sepultadas bajo el maquillaje o encuentran vibraciones inéditas.

Con "Heroes", de David Bowie, que abre el álbum, ocurren ambas cosas. El tema proviene del álbum homónimo editado en 1975, cuando Bowie vivía en Berlín, y versaba sobre el encuentro clandestino de dos amantes junto al Muro. A diferencia del original, que mantenía una marcada percusión de base a lo largo de su duración, la versión de Gabriel se inicia con un susurro acompañado de pequeños, suaves comentarios orquestales y, progresivamente, la voz y las cuerdas se elevan en un crescendo melodramático que extrae los ecos más desesperados y latentes del modelo. En la transacción, se ha ganado en pathos lo que se ha perdido de éxtasis esperanzado.

La pérdida es notoria en la versión de "The Power of the Heart", de Lou Reed, donde el protagonismo y sofisticación de los arreglos de Metcalfe desnaturalizan el original con un tratamiento edulcorado y grandilocuente. En esa línea, aunque más atenuada, están los interludios sinfónicos introducidos a "Philadelphia", de Neil Young, propios de un musical de Broadway y no de la melancólica oda a una ciudad que quiere ser la canción. Lo opuesto ocurre con la hermosa entrega de "The Boy in The Bubble", perteneciente a la etapa Graceland de Paul Simon (1986).

Aquí la orquestación desaparece para dejar paso a un solitario piano, apenas intervenido por énfasis de cuerdas, dando relevancia a la voz de Gabriel y a su interpretación (es decir, su actuación) de una letra magnífica, mezcla de admiración y pánico por los avances tecnológicos. Uno de los puntos altos de Scratch My Back, "The Boy in The Bubble" supone una verdadera re-creación, mediante la cual una melodía vital y colorida se reduce hasta su esencia y deriva en una reflexión intimista, casi una canción de cuna.

Y en cuanto al cover más literal del álbum, "I Think It`s Going To Rain Today", no puede hablarse de "interpretación", tal vez porque Randy Newman es tan buen compositor de canciones que no hay manera de adaptarlo. Mucho menos de mejorarlo.

LA VUELTA. El resto del disco toma creaciones de grupos y solistas más jóvenes, con excepción de Talking Heads, cuya "Listening Wind" obtiene de Gabriel una soberbia relectura. Apoyada en un interjuego picado de violines y en una emisión contenida, agazapada de la voz, la versión construye una épica idónea para el texto, un retrato de la guerra desde la perspectiva del invadido.

Sin alcanzar esa intensidad ni esa inspiración, la versión de "My Body Is A Cage", del excelente grupo canadiense Arcade Fire, sufre un apropiado viraje hacia la claustrofobia, con silencios teatrales y un arreglo orquestal de aliento cinematográfico, no muy lejos de Michael Nyman. Podrá discutirse la adaptación, pero no la eficacia (y el efectismo) del resultado.

Hay un manso lirismo en la ironía de "The Book of Love" (Magnetic Fields) y, sobre todo, en la misteriosa "Flume" (Bon Iver), mientras que las opulencias de "Mirrorball" (Elbow) y "Après moi" (Regina Spektor) confunden romanticismo con desborde. Finalmente, la irreconocible versión de "Street Spirit (Fade Out)", tomada del glorioso The Bends, de Radiohead, supone un despojado ejercicio de improvisación donde la voz de Gabriel se retuerce hasta extraer cada gramo de angustia que había en el original.

Ése es, con graduación diversa, el tono emocional preponderante de Scratch My Back: la aflicción existencial de un artista que, al cumplir los 60, se apropia de creaciones ajenas para reinventarse, construir un puente con su pasado (el fantasma de Genesis sobrevuela todo el disco) y, fiel a su doctrina, establecer una red con otros músicos. De hecho, el proyecto surge de una invitación que ya está planteada en el mismo título ("Ráscame la espalda"), y que será devuelta con otro (I`ll Scratch Yours, "Yo rascaré la tuya"), donde los autores involucrados harán versiones de la discografía de Gabriel.

El juego suponía una oportunidad para el rechazo (Bowie se negó desde el principio), pero es un costo mínimo al lado de plantarse ante el mundo de hoy con un álbum de este tipo, sea o no de covers. Caprichoso, anacrónico, por momentos absurdo, Scratch My Back podrá subyugar a los amantes de las bellas artes ("¡La grandeur, la grandeur!") o prestarse a las burlas de los críticos esnobs ("¡Flaming Lips, Flaming Lips!"), pero nadie podrá decir que aquí no hay audacia, compromiso y pasajes de genuina belleza.

etiquetasEtiquetas: gabriel - back - version - album - scratch - 
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