Barrio lindo y de recuerdos imborrables el de la calle Dr. Carlos María de Pena en El Prado. Éramos varios hermanos de 15 a 24 años, unos estudiando, otros trabajando, mis padres vivían con los más pequeños en San Gregorio de Polanco.
Éramos una banda de amigos, allá por el año 58-60. De tardecita nos sentábamos con algunas madres sobre el murito de una de las casas, conversábamos, nos deleitábamos de ver pasar –traca traca traca- el tranvía que iba a Paso Molino y saludábamos a los pasajeros.
Un día en la semana los estudiantes de la Escuela Militar hacían ejercicios en la calle Dr. Pena, nosotras, unas cinco, al oírlos venir corríamos a sentarnos en el murito, dispuestos a molestarlos golpeando las manos o gritando ¡Bravo! El sargento al acercarse a semejante grupo ordenaba: ¡giro a la derecha! Y nosotros sentados a la izquierda nos moríamos de risa al verlos pasar bajo el sol de plano con las carabinas al hombro y el rabillo del ojo hacia la izquierda.
En verano hacían un baile solo para militares en el lujoso "Hotel del Prado" y allí estaba nuestra banda mirando desde afuera y sentados en los bancos del Prado. El calor adentro era sofocante y los jóvenes cadetes salían a bailar a la terraza ¿A quién invitaban? A las chicas, nosotras sentadas afuera del hotel y bailábamos alrededor de la fuente, las intrusas. Al ver esto, los organizadores "adentro todo el mundo", gritaban.
De tardecita nos reuníamos y bailábamos en el jardín de uno de los vecinos, y si era sábado íbamos al club yugoeslavo (hoy, para mi tristeza, en ruinas). De noche, esa calle tan larga, residencial, en el silencio, la soledad y la oscuridad se tornaba una calle peligrosa.
Un día, caluroso, luego de una lluvia torrencial, paró y mi hermana y yo cruzamos al Prado a juntar flores. Un tipo, al vernos solas y distraídas un tipo se bajó los pantalones y nos mostró su "bijou de familia", corrimos despavoridas y gritando. Salió mi hermano con un amigo y otros se unieron; agarraron escobas y palos y vociferando y amenazando persiguieron al hombre que, arrastrando los pantalones y protegiéndose entre los arbustos de Prado salvó por muy poco su pellejo.
La calesita, el banquito sobre el lago, el rosedal, el "monumento" a los indios… ¡Qué lindo!
Cuando comenzaban las domas veníamos atravesando el Prado y la calle adoquinada de Dr. Pena visitada por el desfile de cauchos a caballo, a pelo, algunas chinas… ¡Vaya barrio! Entre los añejos eucaliptos, los plátanos, las acacias, quedó una parte de nuestra frescura y yo me pregunto, nuestra calle ¿sigue igual?
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