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LA IGLESIA DE DURAZNO

Logro arquitectónico a nivel mundial


Stanford Anderson, (desde Cambridge, Massachusetts)

LA OBRA MENOS característica de Dieste es también el logro arquitectónico más sutil de su carrera: la Iglesia de San Pedro en la ciudad de Durazno. La construcción con placa plegada allí utilizada es casi única en ingeniería; en realidad, es única entre los grandes edificios del mundo. Las paredes laterales de la nave central tienen más de 30 metros de largo. El visitante se pregunta cómo puede ser que no haya columnas para sostenerlas. O cómo puede ser que haya una fuente de luz continua entre las paredes y el techo de la nave. ¡La respuesta es que las paredes laterales y los planos doblados del techo son vigas que abarcan el largo de la iglesia!

SIN ESFUERZO NI FATIGA. Ubicar elementos estructurales en la dirección longitudinal del espacio es en sí mismo contraintuitivo, pero si uno estira su propia intuición, hay que examinar el corte transversal de la iglesia de San Pedro.

Dieste no resolvió el problema por la fuerza bruta. ¡Observen la delgadez de estas paredes-techo/vigas! La pared de la nave central —una viga levemente inclinada— es una combinación de ladrillo y cemento, de casi ocho metros de altura y unas 10 pulgadas de espesor, dando una proporción de 1:30. Las placas principales del techo, son aún más asombrosas: de poco más de 3 pulgadas de espesor, también abarcan más de 30 metros. La proporción entre espesor y amplitud abarcadora es aproximadamente de 1:400. Mientras la amplitud impresionante de las paredes de la nave central y la independencia del techo son visibles para el espectador, la delgadez extraordinaria de estas paredes y techo no queda expuesta directamente a la visión. Sin embargo, estas tensas superficies de ladrillo comunican un sentido claro de una economía de medios que es mucho más que una mera cuestión material. Otra vez aquí Dieste ha ejecutado una "danza sin esfuerzo ni fatiga". Como él mismo explica: "Las virtudes resistentes de las estructuras que buscamos dependen, pues, de su forma, por medio de ella son estables, no por torpe acumulación de materia, y nada hay más noble y elegante desde un punto de vista intelectual que esto: resistir por la forma".

En Dieste, la resistencia a través de la forma fue una cuestión de espacio abarcador. La centralidad de este hecho evidente implica un aspecto importante y menos obvio de su obra. Prácticamente todos sus edificios tienen el más simple de los planos rectangulares: en el más importante de sus edificios, la Iglesia de San Pedro, es incluso un rectángulo obtuso, poco promisorio. Donde las paredes son curvas, superficies reguladas, se ven limitadas por un rectángulo real o implícito. A excepción de su casa, lo que destaca a sus edificios no es el plano. Tampoco sus exteriores son muy elaborados. El rasgo revelador en los edificios de Dieste está en el corte, y es a través de él que logra sus innovaciones en materia de espacio, luz y estructura. A pesar de la excelencia de la estructura y la construcción, en Dieste un edificio ofrece poco como objeto y mucho como espacio articulado para la vida.

DISCIPLINA Y CORAJE. Las innovaciones de Dieste en la estructura también implicaron innovaciones excepcionales en la construcción: encofrado móvil, técnicas de pretensado simples, rapidez de construcción, y demás.

Pero lo más evidente en la Iglesia de San Pedro es el exquisito trabajo en ladrillo. La impresión general es de una perfección tal que evidencia la precisión y economía del pensamiento de su creador. Esta precisión puede ser seguida hasta los detalles. En la unión de la nave central, las naves laterales y el santuario, no hay dos de estas superficies que estén en ángulo recto entre sí, aunque el encastre, como en otras partes, es perfecto en sus transiciones. Lograr semejante perfección exige una planificación profundamente informada por parte del diseñador, pero nunca será lograda sin colaboradores excelentes durante el proceso de diseño y construcción y, además, innecesario decirlo, de albañiles hábiles y devotos hacia su trabajo.

En los comienzos de su carrera, Dieste se disciplinó con coraje a sí mismo, a su cliente y a sus colaboradores, para conseguir en la iglesia de Atlántida una obra audaz que iba mucho más allá del programa inicial, lo cual estableció a Dieste como una fuerza en la arquitectura. A su vez, la iglesia de Durazno, con su energía tanto intelectual como espiritual, su refinamiento tanto en el pensamiento como en la ejecución se consagró, sostengo, en uno de los logros arquitectónicos más perfectos de la segunda mitad del siglo XX, a nivel mundial. Esto Dieste lo sabía y estaba dispuesto a reconocer que había logrado obras arquitectónicas, aunque odiaba autodenominarse arquitecto.

ARMONIAS INEXPLICABLES. Dieste era algo más que ingeniero y arquitecto; era un hombre con profundas preocupaciones éticas y amplios intereses intelectuales. En sus dos iglesias buscó unificar la congregación, el sacerdote y la liturgia para el bienestar de la gente, en especial los trabajadores o los desposeídos. En Atlántida, Dieste había logrado este ideal antes de los dictados del Segundo Concilio Vaticano. Era un hombre religioso: puede encontrarse un crucifijo en la pared de su estudio. Pero sus preocupaciones no estaban enmarcadas por la Iglesia o incluso por la religión en un sentido más general. La suya era una preocupación por la humanidad, expresada tanto en términos políticos como humanistas. Escribió: "Creo que lograríamos un amplio acuerdo si pusiéramos como fin compartible la plenitud y felicidad del hombre; fin al que ciertamente daríamos distintos fundamentos según nuestra filosofía de la vida o nuestra religión". Después de apuntar que "no es satisfactorio lo que vemos", continúa: "La revolución industrial (...) se hizo con tal dosis de iniquidad que los coletazos de los hervores de indignación que esa iniquidad produjo en el hombre son los que explican la locura destructiva que se ha extendido por el mundo".

Muy preocupado por las injusticias sufridas por la mayoría de la población mundial, y comprometido con el mantenimiento del bienestar en países como el suyo, que estaban sacudidos tanto por las limitaciones locales como por los daños de las actividades del desarrollo internacional, Dieste no perdió de vista las metas más altas de la humanidad. En su ensayo "Tecnología y Subdesarrollo", sostuvo: "Es esfuerzo bien gastado, todo aquel que lleve al hombre a ser más feliz, a ser más hombre. Por eso está bien gastado el esfuerzo dedicado a la ciencia, al arte, al cuidado de la salud; a hacer de la tierra, de nuestros campos y nuestras ciudades, de veras el hogar del hombre. Entendido así el desarrollo es bueno y deseable".

Al abrazar esta posición general, los esfuerzos del propio Dieste fueron conducidos a la vez como ciencia y como arte, y fueron dirigidos no sólo hacia el hogar de la humanidad sino para nuestra propia edificación.

Al reconocer que los llamados a la simplicidad por lo común implican una simplificación injustificada y que los llamados a la habilidad económica implican meramente el dinero y su movimiento, Dieste promovió una causa mucho más amplia: "Lo que hagamos debe tener algo que podríamos llamar economía cósmica, estar de acuerdo con el orden profundo del mundo, y sólo entonces podrá tener esa autoridad que tanto nos sorprende frente a las grandes obras del pasado". Mientras que aquí Dieste se refiere a las estructuras, deberíamos ver su idea de "economía cósmica" en términos de ese "orden profundo del mundo". Las armonías inexplicables de la Iglesia de San Pedro son los cimientos de su economía cósmica, pero también son su comprensión de cómo debiera operar su país dentro de un mundo de oportunidades desparejas, y cómo los bienes genuinos deben alcanzar una distribución equitativa.

(Stanford Anderson es editor del reciente libro de Princeton Architectural Press, Eladio Dieste: Innovations in Structural Art. Este texto forma parte de otro más extenso publicado en dicho libro. Trad. E.E.G.)

 
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