Jueves | 14.09.2006
Montevideo, Uruguay | 04:09
 Tiempo Libre
Cuarteto de Nos, de gira por el interior rumbo a Europa
Muchachos sospechosos de ser raros
Son apocalípiticos e integrados. Llevan una vida, así tan natural, que no parecen rockeros. Critican con acidez al sistema pero son felices allí. Treinta años después, sus canciones suenan cada vez mejor. Todo esto es muy raro y nadie sabe por qué.

ANTONIO ÁLVAREZ

EN LA CANTINA DEL Club San José un cartel anuncia: "Bailaaassoo!!!!!" Será el 12 de agosto y tocará "Peto Galoso y su sangre latina" en contrapunto cumbiero con "Aldo Martínez, el jefe de la pandilla".

Esta noche, sin embargo, toca el Cuarteto de Nos. Son las ocho y ya hay 200 personas en los alrededores del club. En el mostrador espera Alvin Pintos, el baterista. Hace 10 minutos que pide cigarros y nadie le da pelota. Al mal tiempo, Alvin le hace morisquetas de resignación, pone su mejor cara de comediante.

Arriba se siente el ruido de los equipos de audio. Parece que un avión está a punto de despegar. Los muchachos del Cuarteto caminan por el club. Llegaron hace 15 minutos. Todavía tienen cara de la siesta que pegaron en el viaje. Algún fanático detiene a Robertito Musso, el cantante. Quieren sacarse una foto. La mayoría son adolescentes que podrían ser sus hijos.

Roberto, que trabaja como ingeniero de sistemas en Ancap, es a los 44 años un eterno adolescente, un tipo que hizo de la soltería una causa mayor. Los irónicos temas del Cuarteto le pertenecen en un 80%. Es además el relacionista público del grupo y el galán oficial. Santiago Tavella, voz y guitarra, se burla del imán de Roberto para las fans. El cantante algo escucha y pregunta qué dijo el otro. Pero en realidad todo está muy claro en la banda. Cada cual sabe de qué juega en el equipo. Riki Musso se presenta: "hola, yo nací en Uganda".

La sonrisa diabólica de Riki Musso, de 41 años, desmiente su aspecto nerd. El pasaporte ugandés viene a cuento: relata un trámite mañanero para renovar la cédula que lo llevó por caminos totalmente disparatados. Los cuatro comparten una mesa en el gran salón comedor del club. Riki está obsesionado tratando de borrar una mancha, pero en realidad es la cármica rota. Roberto trata de sacarlo del trance.

El menor de los Musso sigue frotando el lugar. Los otros ríen. Es una escena familiar, parece.

Como en los hermanos Marx, hay humor de todo tipo. Riki es el encargado del absurdo. Desde afuera, hay que contentarse con vislumbrar la periferia del chiste. Es que el Cuarteto de Nos es una secta. Y dentro de la secta, los Musso son los ayatollah fundacionales. Todo empezó con las solitarias clases de solfeo en el Centro Musical Moderno, un instituto de nombre tan apócrifo como algunas de las creaciones del grupo.

Los hermanos Musso tocaron en público por primera vez en Cacho Bochinche, algo incomprobable también. "Fue una desilusión ver a Ultratón. Lo manejaba un tipo desde atrás. Era mentira", recuerda Riki.

"En realidad -dice Santiago Tavella-le estaban haciendo otra cosa". Y Roberto aclara: "quiero decir que este grupo no nació del abuso que sufrimos en ese programa. Esa tarde tocamos una canción de Abracadabra, El amor como el viento.

Pero la canción preferida del dúo Musso era la que recrea la epopeya anarquista de Sacco y Vanzetti. Roberto se larga a cantar. Las carcajadas retumban en el club. El cantante trata de justificar el gusto por lo bizarro: "vivíamos en un apartamento céntrico. No había juegos en la vereda. En el cuarto del fondo empezamos a crear personajes, a inventar programas de radio, etcétera".

El etcétera fue la ciudad de Tajo, la capital espiritual del Cuarteto. Tavella (45) iba al liceo Elbio Fernández y los conocía de lejos. Se hizo ciudadano de Tajo apenas pisó aquel cuarto. Los Musso y Tavella comenzaron a verse por dos razones: los discos de Led Zeppelin y Beatles que tenía Santiago... y también por las amigas de la hermana de Santiago, para qué negarlo.

Sin darse cuenta, fueron construyendo el corpus ideológico de la banda. Tavella les prestó el libro Sin plumas de Woody Allen. Juntos esperaron a Godot con Restuccia y Cerminara en Teatro Uno. En el cine conocieron a los Monty Phyton.

Cuando le hablaron de Tajo, de inmediato Tavella -ya un intelectual compatriota- lo relacionó con la Santa María de Onetti. Qué locos, dijo Tavella, qué tipos cool. Así que Onetti, ¿no?. ¿Quién?, le preguntaron los Musso.

Ya eran el Terceto de Nos y Tajo pasó a ser la ciudad en la que iban a vivir vayan adonde vayan. Pero ahora están en San José animando otro bailongo más y la semana próxima estarán en Madrid tratando de explicar por qué Nada es gratis en la vida.

A 25 años de aquel primer toque en cumpleaños de quince ("Fue el cumpleaños de mi hermana", aclara Santiago Tavella), el Cuarteto de Nos se lanza a una carrera internacional gracias a Raro, disco que marca una bisagra en la historia del grupo.

Desde la calle un pibe con aire fierita golpea el vidrio y canta: Espermá-doné/ypobrecitoeldestinatario/yotengoalzheimer-hereditario. Es una canción del disco. Su voz casi no se escucha por el ruido de los autos. En el Cuarteto todavía no se explican (ni quieren hacerlo) por qué los adolescentes se fanatizan con estas canciones que cuentan viajes de ida y vuelta para nada gloriosos, que hablan de cosas que gustan pero hacen mal o son inmorales, o no llevan a ninguna parte.

A diferencia de sus canciones, el Cuarteto sabe a dónde va. Por lo pronto, la camioneta los está llevando a un programa de la TV cable maragata.

El canal está a unas diez cuadras del club. El set está en un galpón. El presentador es casi un adolescente. Tiene el pelo cortado estilo MTV y unos lentes negros cuadrados, muy pero muy modernosos. Para desnortear un poco el programa tiene un nombre folclórico. Se llama El Fogón y a falta de mejores decorados el vee jay le pone ganas a la cosa.

En la tele Sumo toca El Ojo Blindado. El animador los está esperando con un recorte de El Día Pop de 1988. Es la típica foto de los cuatro disfrazados de viejitas. Se prende la luz y el conductor vuelve a repetir la operación. Les muestra El Día Pop. Roberto y Santiago cuentan otra vez lo mismo: la historia de las viejas surgió un poco de casualidad cuando mandaron el primer demo al sello Ayuí. Para acompañar el cassette enviaron una foto al piano de la mamá de los Musso, la abuela y unas tías durante un cumpleaños familiar.

Como no querían decepcionar a los empresarios, ni más les dieron oportunidad se presentaron vestidos de señoras mayores. "Es que nosotros tenemos muchas edades", explica Tavella.

El conductor les confiesa que a los 10 años ya los escuchaba. "¿Quién no se ha apretado el pitito con el cierre?", comenta. Roberto y Santiago se miran. Son dos expertos en el tema.

El humor es algo que atraviesa todo el mundo del Cuarteto. En la nueva web del grupo (www.cuartetode nos.com.uy) hay fotos, está todo el cancionero letra por letra y disco por disco, la galería de personajes (Emilio García, el manager imaginario), mapas de la ciudad de Tajo y los famosos juegos de palabras que forman parte de sus shows.

-¿Cuál fue el primer éxito que tuvieron- pregunta el pequeño conductor.

-Creo que fue Soy una arveja, aunque la primera canción que escuché en la radio fue Andamio Pijuán- dice Roberto.

El Cuarteto empezó a componer sus temas a principios de los años 80. Antes de ser los travestis de la música uruguaya, cantaban covers. Tocando canciones de los Creedence y los Rolling participaron en Estudiantina en 1977, un programa emitido por Canal 12.

Fueron eliminados en primera ronda. En cambio, un baterista a quien no conocían, Alvaro "Alvin" Pintos (41), llegó a la final y hasta se llevó el premio mayor.

Pasaron cinco años para que Alvin entrara al Cuarteto gracias a Leo Baroncini, el baterista de Los Estómagos y Los Tontos, que tuvo también su paso por el grupo. Con Leo en la batería, grabaron un primer disco compartido con Mandrake Wolf.

"A mí me gustó que tuvieran un disco grabado", dice Alvin. Roberto interrumpe: "La primera vez que nos vimos con Alvin yo venía de un partido de fútbol y me habían roto la paleta. Hace poco me confesó que al volver a la casa, los padres le preguntaron cómo le había ido y él dijo: tienen buenas canciones, lástima que no van a llegar muy lejos. El cantante es un terraja sin dientes".

El Cuarteto empezó a llamarse Cuarteto de Nos a falta de nombres mejores. Lo propuso Santiago y aunque nadie lo aprobó, fue quedando. Necesitaban llamarse de alguna manera para un recital. Sin marketing y sostenido por una amistad sin fisuras, el grupo sobrevivió a las crisis creativas y a las económicas. Otras bandas murieron de inanición por el camino.

Nunca ha sido la super banda del momento, pero el Cuarteto tiene el récord de ventas en el rock nacional, 20.000 copias vendidas con Navidad en las trincheras (1994). Sólo Brindis por Pierrot de Jaime Roos vendió más en la historia de la música uruguaya, cerca de 24.000 discos.

La manager del grupo, Verónica Piana de Majareta Producciones -una novedad que se suma a esta nueva etapa-, cree que Raro quebrará su propio récord. Fue el disco más vendido en los últimos tres meses y acaba de conquistar el disco de platino (4.000 copias).

Se nota que Roberto está orgulloso del trabajo. Cuenta que la mayoría de las canciones salieron de un tirón en menos de un año. Las escribió, hizo los primeros arreglos y las entregó al grupo cuando ya estaban casi armadas. No sé qué hacer conmigo y Raro fueron las dos primeras. "Las escribí casi al mismo tiempo. Yo soy de escribir varias e irlas terminando de a poco", dice Roberto.

El mejor elogio que le hicieron de sus canciones provino de un productor de Los Ángeles: "me preguntó si estas no eran las canciones de un moribundo. Un tipo que peló todo de una".

Lo raro, dice Roberto y repetirá varias veces la misma palabra esta noche, es que no se las imaginó con el Cuarteto arriba del escenario. "Pensé que había canciones que no iban con el grupo, que no iban a funcionar. Me parecía que estaban demasiado largas. Pero cuando las presenté ellos y la compañía discográfica las aceptaron tal cual".

En el Club San José está todo pronto para afinar los instrumentos. El organizador del recital, Mario Martínez, está feliz. Dos días antes ya estaban vendidas 600 de las 1.500 plazas disponibles. Como telonero está el crédito local, Pueblo Viejo, un cuarteto de rock adolescente con guitarra, bajo, batería y violín.

"Es una especie de Airbag o algo así", explica uno de los asistentes de producción cuando Tavella pregunta qué tipo de música hacen.

Pueblo Viejo está en un costado del escenario. La violinista, Julieta (19), lleva tapaorejas rojo que destaca en su indumentaria totalmente negra. El baterista Emiliano tiene 15 años y quiere algún día ser como Alvin Pintos. Seguro que Alvin le encontraría una buena excusa para no seguir sus pasos.

"Nos llamamos Pueblo Viejo por San José, que es una ciudad de viejos", dice en forma cortante Gonzalo, el líder del grupo que va por su recital número 16.

Gonzalo también admira al Cuarteto. Dice que le gusta la parte punk del grupo. Más allá del nihilismo, él es un botija como cualquiera en el interior del país, que trabaja en una empresa de acompañantes hospitalarios. Y por supuesto odia al intendente, sea quien sea, de puro anarco.

Pueblo Viejo es finalista del certamen organizado por Pepsi, hace sus propias canciones y ya tiene su primer demo preparado para cualquier eventualidad de contrato. "Para nosotros es un honor estar aquí con ellos", dice ceremonioso Martín, que busca trabajo como diseñador gráfico. En el escenario, Santiago Tavella rasga Pobre papá, la historia de un padre que no quiere ir al trabajo. Lo canta en un falsete bastante gracioso: papá piensa que un día manda todo al carajoooo/pero no encara porque es mucho trabajo

Riki, que es ingeniero de sonido, está en su mundo de cables. Alvin conversa con conocidos, besa niños, está en otra. Roberto llama para ir a cenar al piso de abajo, donde los espera una larga mesa para ellos y el equipo de producción. En una hora más o menos tendrán que estar en el escenario. Al bajar al primer piso, Roberto muestra las camisetas del grupo. "Tienen algo de diseño y todo", comenta. Están a la venta a 250 pesos y tienen dos talles, L y XL. Todas refieren a las letras de sus discos. Alguna recuerda viejos éxitos. Una, por ejemplo, dice: "Whisky para los vencidos". Aparece Artigas tomando del pico. La canción pretextó la demanda de un legislador blanco por vilipendio al prócer.

A pesar de su imagen de políticamente incorrecta, los integrantes del Cuarteto son amables, toman capuchino, comen sandwiches. "Estamos pasando por el mejor momento artístico y de nuestras vidas", dice Roberto. "No creo que nos aburguesemos. A lo mejor hace diez años pensábamos diferente. Volvimos y sorprendimos. Supongo, no sé, que lo haremos otra vez".

En estos días el Cuarteto festejó el disco de platino en La Estación y la semana próxima se presentan en España. En esos días firmarán el contrato con EMI Music que posibilitará el lanzamiento de Raro en Europa el 23 de octubre. La banda también hizo un contrato con Warner Chapell para cobrar los derechos de autor que generen las canciones del grupo afuera de Uruguay.

Con el mismo entusiasmo y la misma sonrisa irónica con la que mira al mundo, Roberto hace precalentamiento a un costado del escenario del club San José. Ya creyó en los marcianos, ya fue ovo-lacto-vegetariano.

Yo estuve ahí

Roberto Musso escribió las canciones de Raro en 2005. La que más le gusta es Yendo a la casa de Damián. La primera que escribió fue Nada es gratis en la vida, el primer corte.

Toma un sorbo de whisky, se deja fotografiar con una admiradora. Ella le dice: "me vine de Montevideo sólo para verte". Roberto sonríe, comprensivo.

Del otro lado del vallado, dos tipos discuten cuál es la canción preferida del disco. Para uno es Así soy yo y para el otro Ya no sé qué hacer conmigo.

Le digo a Roberto lo que estoy escuchando. Sin perder la concentración, responde que hay algo de él en las dos canciones. Una es la historia de un tipo que no se compromete con nada y la otra es la de alguien que ya estuvo en todas. Ya sufrí, ya eludí, ya huí, ya probé, ya tomé, ya fumé, ya dejé. La historia de muchos.

-A mí me gusta Yendo a la casa de Damián- dice Roberto. La historia surgió de un viaje al supermercado al que nunca llegó.

Los cuatro están al pie de la escalera. Están terminando de ponerse los micrófonos. Respiran hondo, suben, caminan por el proscenio y los aplausos inundan el salón. Sin mediar palabra comienza el recital.

Mamá compró y se le rompió/ el forro del que nací yo/ la plata no pudo juntar y el embarazo cancelar/

En la primera fila, detrás de la valla, un fanático agita los brazos y canta las canciones a los gritos.

Al terminar la canción, Roberto señala a su compañero de dueto y dice: "Es raro todo esto".

La mayoría de los espectadores acaban de salir del liceo. Las canciones hablan de venderle el alma al diablo por un clarete, de pueblos podridos, de malditos inviernos, de ecologistas chetos, de haber dado escupitajos al lugar donde ahora trabajo. Es decir, una agitada hora y cuarenta minutos de ácidas consignas.

Roberto canta "Hoy estoy raro y no entiendo por qué".

El público, en cambio, parece saber de qué habla.

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