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Sábado 07.03.2009, 06:09 hs l Montevideo, Uruguay
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Que Pasa

Pasión Tuerca

Un lugar más seguro para correr autos y motos es una opción a estudio. Mientras, los amantes de las picadas compiten a escondidas en vías públicas, tratando de ganarles a sus rivales y esquivando la ley.

César Bianchi

Las picadas están sobre la mesa. Cientos de conductores de motos y autos se reúnen por la sola gracia de acelerar sus máquinas retocadas con motores forzados y embellecidas para sentir la adrenalina que dan la velocidad y practicar un hobby ilegal.

Aunque es una manera peligrosa de pasar el fin de semana y ha generado preocupación oficial, quejas de vecinos y alertas de especialistas en el tema, en general suelen ocurrir sin accidentes graves y en un ambiente casi familiar aunque, eso sí, un tanto ruidoso para oídos desacostumbrados al fragor de los motores.

Un veraniego viernes a la noche, por ejemplo, unas 200 personas se reúnen en el Museo Oceanográfico de la rambla montevideana para luego partir hacia alguno de los sitos celosamente reservados y transmitidos casi en la clandestinidad como una manera de eludir la legislación del tránsito, verdadero némesis de estos corredores amateurs.

Se trata de una carrera corta, de 402 metros (mundialmente conocida como "cuarto de milla") donde participan dos o más corredores. Gana el que llega primero a la meta, obvio, lo que en una distancia tan corta se limita a ser el mejor en trasmitir la potencia del motor al suelo y en evitar que las ruedas patinen. Pueden llegar a los 160 kilómetros por hora en cuarta velocidad.

Muchos prefieren hacer rugir sus motores en las pocas cuadras de la rambla del Cerro, otros van al Obelisco de Las Piedras y otros tantos van Camino Peixoto y la ruta 5, en Melilla, en el Montevideo rural.

Allí, el lunes 16 a media tarde, se accidentaron Alejandro, de 25 años, y Miguel, de 29. Estaban en La Paz cuando los dos amigos se enteraron por cadena de mensajes de texto que esa tarde aburrida de carnaval se habían armado picadas en el mismo lugar de todas las tardes de domingo. Si hasta parecía domingo ese lunes feriado. Se subieron a sus motos Winner CG 125 y allá fueron. Cuando divisaron a otros seis que estaban en el lugar de siempre, cruzaron una mirada cómplice y decidieron picar entre ellos hasta donde estaban sus amigos.

Dicen los testigos que Miguel aceleró un poco más y se puso delante de Alejandro, quien quiso frenar pero tocó de atrás a su colega. Los peritos técnicos dijeron que iban a 110 kilómetros por hora; la colisión los arrastró 60 metros.

Tres días después, todavía se ven algunos cabellos de Miguel en el asfalto y pedazos de farolitos rojos por todos lados. Dicen sus amigos que la primera ambulancia llegó 75 minutos tarde y la segunda, media hora después. Ambos están en el CTI y graves.

"Uno calculó mal y se enroscaron. Fue un momento de bobera", resume Juan Carlos, de 54 años, "El Brasilero".

Los "fierreros" que van siempre a Melilla los domingos están furiosos con lo que ha salido en la televisión sobre ese accidente y las picadas. Dicen que nunca hay accidentes graves ("alguna caída y un raspón a lo sumo"), que no dejan correr a nadie sin casco y mucho menos si ha bebido. Y niegan a rajatabla que se levanten apuestas entre los corredores, o entre los curiosos. "Acá vienen las familias con los gurises chicos. Y si pasa un auto ajeno a la movida, paramos y lo dejamos pasar. Recién después seguimos", dijo Álvaro Ortiz, "El Sobrino".

Ortiz tiene 19 años y es el Schumacher de las picadas de Melilla. Maneja una Yamaha RX "preparada": caño de escape brasileño para competición, con encendido argentino y carburador importado de Estados Unidos. Algunos no le dicen "Sobrino", sino "El Mostro": nadie lo ha podido vencer.

A pesar de su juventud, es el vocero del grupo. "Nosotros mal o bien nos organizamos. Ponemos cinco personas en el trayecto (de 300 metros) apartando a la gente, para que no se meta en el camino. Venimos acá desde hace cinco años porque no molestamos a nadie. Andá y preguntá en la 22, vas a ver que no hay denuncias contra nosotros", dijo.

Es una verdad a medias: si bien no hay denuncias formales de vecinos, sí son frecuentes las quejas telefónicas por ruidos molestos, confirmó el agente de la seccional 22, Alejandro Rodríguez. "Cada tanto hay accidentes leves. El año pasado murió una chiquilina, menor de edad, que manejaba una moto... Nosotros pasamos por ahí algún sábado, cuando hay picadas de autos, y algún domingo, cuando pican las motos, pero qué casualidad que justo cuando pasamos, no pican", agregó.

Trampas de los "tuercas", que le dicen. Ortiz, como la mayoría de quienes participan en las picadas, es mecánico. Algunos no lo son pero igual les gustan los motores.

A Jorge, un almacenero de 29 años que no se pierde un domingo de picadas, no le importa si quienes corren tienen o no los papeles de la moto y de conductor en regla.

"Nosotros no fiscalizamos. Ibas a El Pinar y nadie te pedía libreta. Yo si quería, anotaba una moto pero corría con otra", relata.

En efecto, las picadas de autos y motos estaban organizadas en el autódromo Víctor Borrat Fabini hasta 2006. Los episodios de conductores y curiosos alcoholizados, así como controles no muy rigurosos a motociclistas que picaban sin matrícula fueron dejando a El Pinar sin picadas. Cuando el Banco de Seguros del Estado le retiró el apoyo a la Asociación Uruguaya de Volantes, el final de esas carreras se precipitó. (ver recuadro).

"Nosotros acá recibimos a gente de todos lados, todos son bienvenidos; pero a nosotros no nos dejan ir a picar a El Pinar", dijo Álvaro Fernández, de 34 años, un pae de santo "tuerca".

Los muchachos que suelen reunirse los domingos a picar en Melilla son todos amigos: de Lezica, Colón, Paso de la Arena, el Cerro, La Paz y Las Piedras, entre otros. Pero no siempre es así en las picadas.

El grueso de los Meteoros uruguayos se retan a duelo desde bandos distintos. Como en Rápido y Furioso, seguramente la película favorita de muchos de los que se juntan a picar.

"divinos" y "populares". Muchos de los que prefieren las picadas de autos se juntan los viernes a eso de las once de la noche en el Museo Oceanográfico, y empiezan a charlar en grupos. El ritual se parece a la previa de un baile. No hablan de mujeres, ni de la crisis del Inau o lo que dijo Carlos Bueno del "Toto" Da Silveira. Hablan de autos: de que "prepararon" un coche, "tunearon" las puertas o "envenenaron" el motor para que se luzca en el asfalto.

Después vendrá el plato fuerte: la hora de picar… siempre cuando los funcionarios municipales los dejen. En el último mes les ha costado mucho vencer a los inspectores. Estos salieron a buscarlos a la Escuela Naval, a la salida de Montevideo, a Las Piedras o a la rambla del Cerro.

Según Gonzalo de Toro, director de Tránsito de la Intendencia de Montevideo, cada vez que se desarrolla un operativo contra las picadas, detectan más de 100 infracciones, la gran mayoría por no portar licencia de conducir. Sólo en la noche del 10 de enero los inspectores aplicaron 682 multas (82 conductores sin libreta) e incautaron 19 autos y motos.

En los últimos dos meses, operativos de funcionarios de Tránsito de las intendencias de Montevideo y Canelones han incautado vehículos y multado a decenas de conductores por carecer de documentación o incumplir las ordenanzas del tránsito (ver recuadro). De esa forma intentaron desestimular las picadas, o por lo menos, los obligaron a desplazarse hacia otra zona.

Ya que es casi imposible para los inspectores de tránsito sorpenderlos in fraganti -los corredores suelen aducir que sólo están circulando por la vía pública y no compitiendo-, las autoridades se limitan a sancionarlos por irregularidades en la declaración del número del motor o del chasis, o bien por circular sin libreta de conducir, por ejemplo.

Pero mientras esperan que las picadas vuelvan al autódromo de El Pinar, o se regularicen las carreras en El Jagüel de Maldonado, ellos siguen corriendo por otros circuitos: a la salida de los límites departamentales, a la ruta 11 llegando a Atlántida o en Lagomar.

Un viernes de verano, con la visita camuflada de Qué Pasa a la previa en el Oceanográfico, parecían no tener ningún apuro en burlar a los municipales de gris. Preferían dejar pasar las horas entre alardeos, relatos de los chiches nuevos del auto y videos de carreras ilegales subidos a internet.

De repente, un muchacho en un Fiat Uno comenzó a hacer un ruido infernal con su motor y las ruedas giraban como si lo estuviera "arando" (drifting en la terminología oficial) sobre el asfalto. Empezó a salir humo de la calle y dos chicos lo filmaban con su celular, extasiados. Otros lo aplaudían. Capitán Speed, un habitué que prefirió usar ese seudónimo para no ser identificado y tildado como "buchón", explicó que la osadía venerada era dejar la huella de la rueda derecha en el asfalto. Como una marca de guapeza, o algo así.

Después de provocarse mitad en broma, mitad en serio, el plan A hasta promediar febrero solía ser la rambla de Carrasco a la altura de la Escuela Naval. Pero en las últimas semanas quedó descartado: siempre hay inspectores esperándolos.

Lo que de lejos podía verse como un grupo homogéneo de 200 autos y motos, no era tal. Apenas doblada la curva del museo había -ilustró Capitán Speed- una línea divisoria tácita que separaba a "planchas" de… "normales", o por lo menos así lo ve él.

"Mirá, ¿ves ese auto? De ahí para allá están los `planchas`, de ahí para acá nosotros", explicó. Y el "nosotros" no es "los chetos"; es gente "común y corriente". También había deliveries que acababan de salir de las pizzerías en las que trabajan y se desafiaban a picar con sus motos.

Quien no estaba era el sereno del museo. Capitán Speed reveló que algunos a veces le dan una propina para que se vaya a comprar un vino y les deje el Oceanográfico a ellos, como punto de reunión sin vigilantes.

Hay quienes toman cerveza del pico de la botella en la previa. Y otros, atentos y oportunistas, piden permiso para llevarse las botellas vacías. Esa noche de febrero, un muchacho se llevó cinco envases, 50 pesos.

Entre los que no son "planchas" hay obreros, profesionales y también hijos de papá que le roban el auto para divertirse acelerando.

Da la impresión que en ese puñado de metros y junto a la rambla está representada la sociedad actual: de un lado los "planchas" con la cumbia a todo volumen, las luces de neón brillando, las viseras Nike en los gorritos y los caños de escape rotos para que haga más ruido; del otro lado, mayor variedad en la vestimenta, autos más prolijos y cuidados y unas ganas locas de aclarar que ellos no son como los otros.

Capitán Speed suele encontrarse en el museo con Ale, un amigo y aficionado. Piensan muy parecido. Creen que todo venía bien hasta que llegaron los "planchas": ahí empezaron los líos, las peleas, y como consecuencia, despertaron la curiosidad de las autoridades municipales del tránsito. "Pudrieron todo", dijo Speed.

"Mirá ese auto con todas esas luces fosforescentes… parece un carro de chorizos ambulante. Seguro que no paga los tributos del auto. Sin embargo, estos otros, tienen mucha guita invertida", insiste. "Habría que hacer una razzia… Si sos `plancha`, vení a mirar, pero si no tenés seguro ni libreta, ni la propiedad del auto, no corras. No dan seguridad. Vos invertís en tu Alfa Romeo o en tu `bemba` y viene un Opel y te choca de atrás… ¿Qué hacés? Te bajás y ahí empiezan los líos".

Como "las divinas" y "las populares" de la serie Patito feo, también cada bando tiene su líder.

Mario y Augusto. Mario, de 33 años, maneja un Gol, conocido como "el Gol Plancha", un 1.8. Rubio teñido, suele andar bien vestido y ha invertido mucho dinero en su coche. Sobre todo en reparar el motor y reponer la caja de cambios, que ha roto más de una decena de veces.

Es el líder indiscutido de los "planchas", y según él mismo confesó, tiene hinchada propia que lo sigue a cada picada.

Los retadores son los hermanos Cattáneo: Augusto, de 32 años, y Giancarlo, de 22. Augusto corre en picadas desde que tenía 15 en El Pinar, cuando manejaba sin libreta de conducir. Aprendió acompañando a su padre, el reconocido piloto Julio Cattáneo.

Maneja un Fiat Spazio y ha invertido más de 5.000 dólares sólo en el motor. Es el de un 1.8 totalmente modificado.

Hasta en el motor se diferencian Mario y Augusto. Mientras el primero maneja un auto de motor turbinado, el segundo tiene un motor aspirado. Mario ostenta el mejor auto de los turbo y Augusto el más rápido de los aspirados.

Fernando Susati, mecánico de ambos y el encargado de "prepararle" sus autos, explicó que mantener uno turbinado resulta más caro, pero tiene más potencia.

"Si querés más potencia, un auto con (motor) turbo fácilmente llega a los 300 caballos de fuerza, y uno aspirado podrá llegar a 200. Pero al tener tanta potencia, no la podés aplicar al piso y la caja de cambios se te rompe a cada rato".

Entre Mario y Augusto hay pica.

"Hay una rivalidad", reconoce Augusto Cattáneo. "Hemos picado unas 10 veces y hasta ahora él no me ha podido ganar", dijo Cattáneo.

Mario no se hizo cargo de esa afirmación. Contestó que Cattáneo tiene mala memoria. Y que sucede que cuando él resultó victorioso, nadie subió esas carreras a Youtube.

Analiza el mecánico de ambos: "siempre sale mejor Cattáneo, pero cuando Mario pone tercera lo pasa parado. Suele ganar Cattáneo, sí, porque Mario se pone nervioso y rompe todo... por bruto. Pero no miente y reconoce cuando pierde", dijo.

En el mismo sentido, Capitán Speed recuerda que Augusto Cattáneo no suele aceptar tan fácilmente cuando pierde. "Te dice que salió mal, que le patinó y además, es garronero", dijo.

Todos definen con palabras parecidas el placer de correr (y ganar) una picada. Hablan de la adrenalina, de alardearle al rival que su motor es más potente. "Es más disfrutable ganarle por poquito, ir corriendo al lado de él y ganarle apenas que sobrado. Es como un gol en la hora", dice Cattáneo.

Y en algo coinciden planchas y no planchas: todos reivindican las buenas costumbres (cuestionadas por los medios, según ellos) de los amantes de las picadas. Al igual que los que van a Melilla, aseguran que no hay tráfico ni consumo de drogas, que los que manejan no toman alcohol y nadie vio nunca una apuesta, ni por el tanque lleno.

Reclaman su "picódromo", como dijo Mario, para no molestar a nadie corriendo en la vía pública y dejar de ser vistos como los malos de la película. Al parecer, deberán seguir picando clandestinamente por un buen tiempo más.

De Toro, director de Tránsito de la comuna capitalina y Marcelo Fernández, su par canario, dijeron a Qué Pasa que esperan un proyecto de la Asociación Uruguaya de Volantes para que las picadas regresen al autódromo de El Pinar.

Pero el presidente de ésta, Alberto Branda, tiene otras preocupaciones más urgentes: "quedamos en hacer un proyectito, pero ahora estamos abocados al comienzo del campeonato de automovilismo y no nos podemos poner a pensar en las picadas. Le han dado demasiada trascendencia a eso", dijo. Branda estimó que habría que hacer una significativa inversión en infraestructura -levantar tribunas, poner un muro de seguridad, contratar personal- pero nadie se hace cargo de poner el dinero porque no es rentable.

"Aunque se hagan en el autódromo, van a seguir picando en la vía pública. No van a dejar de correr en la calle porque no les divierte una cosa formal. Prefieren invertir fortunas en sus autos para correr 400 metros. No tiene lógica", dijo.

El autódromo de El Pinar está para otra cosa, dijo Branda: llevan inflables y ponys para los niños. "Apostamos a un ambiente familiar. Y el de las picadas es otro ambiente, es más movido... Prefiero no opinar, pero familiar no es".

Lo que dice la ley de tránsito

La ley 18.191 o Ley de Tránsito y Seguridad Vial prohibe la realización de picadas callejeras en la vía pública. El artículo 2 establece: "...que los fines de la presente ley son: 1) proteger la vida humana y la integridad psicofísica de las personas y contribuir a la preservación del orden y la seguridad públicos. 2) Preservar la funcionalidad del tránsito, los valores patrimoniales públicos y privados vinculados al mismo y el medio ambiente circundante". Según recordó El País el 8 de febrero, el artículo 7, principio de seguridad vial, sostiene: "los usuarios de las vías de tránsito deben abstenerse de todo acto que pueda constituir un peligro o un obstáculo para la circulación, poner en peligro a personas, o causar daños a bienes públicos o privados".

El origen: la ley seca de estados unidos

Según publicó El País, el origen de la práctica ilegal de las picadas tiene su origen en la Ley Seca, instrumentada en la década de 1930 en Estados Unidos. "Los contrabandistas de licor modificaban sus vehículos, a fin de hacerlos más veloces y estables. Debían evadir los controles policiales por caminos secundarios y debían hacerlo rápido. A partir de estos pioneros, se genera una estirpe de corredores callejeros", escribió Martín Fablet para el suplemento Domingo. En el mismo artículo, dijo que hoy por hoy Tokio es una plaza donde "se preparan motores con prestaciones casi absurdas. Allí se practica el touge, un tipo de competencia automovilística prohibida": se desarrolla en caminos montañosos mezclando alta velocidad con drifting, una técnica para hacer derrapar el vehículo en el asfalto.

Maldonado cerca de regularizarlas

Maldonado es el departamento del Uruguay donde, aparentemente, se está más cerca de la reglamentación de las picadas. Actualmente se llevan a cabo en la pista de aterrizaje del ex aeródromo de El Jagüel, donde han ocurrido accidentes. La primera semana de febrero, el intendente fernandino Oscar de los Santos "resolvió aprobar el proyecto de ordenanza municipal que reglamenta las competencias de aceleración de motor de cuarto de milla", dijo la comuna en un comunicado. La decisión "se tomó ante la necesidad de regularizar las denominadas `picadas` en la vía pública, que están prohibidas". La idea de la intendencia es encontrar un sitio indicado para la práctica de este deporte. Claro, lo mismo quieren Montevideo y Canelones aunque no hayan redactado un comunicado. Es cuestión de dar con el mentado lugar e invertir en infraestructua de seguridad y confort para quienes asisten.

Megaoperativos contra las picadas ilegales

Gonzalo de Toro, director de la división de Tránsito de la Intendencia de Montevideo, aclaró que él nunca habló de "legalizar" las picadas de autos y motos. El espíritu de las, según él, malinterpretadas viejas declaraciones de De Toro fue otro: "buscarle formas alternativas a las picadas. Hay que reprimir y en eso estamos, pero no alcanza, hay que proponer alternativas", dijo. En ocho operativos entre diciembre y febrero, su división constató 1.100 infracciones e incautó 100 vehículos, principalmente motos, por falta de documentación del conductor (65% de los casos).

De Toro se comunicó con la Asociación Uruguaya de Volantes (Auvo) en procura de encontrar un lugar donde esta práctica se puede desarrollar con mejores condiciones de seguridad e infraestructura. "Quedamos en que en la primera quincena de marzo empezaríamos a trabajar en un proyecto que ellos elaborarían", sostuvo.

También el director de Tránsito de la Intendencia de Canelones, Marcelo Fernández, se comunicó con Auvo, pensando en que las picadas vuelvan a ser organizadas en el autódromo Víctor Borrat Fabini. "Hay que pensar en servicios de asistencia médica, en seguros, controles previos de espirometría y chequeos de documentación. Todo eso genera costos, y la comuna no está en condiciones de hacerse cargo de esas erogaciones", aclaró Fernández.

El municipio canario ha venido fiscalizando duramente desde fines de octubre a la fecha en Las Piedras (principalmente), Pando, Canelones, Ciudad de la Costa, Atlántida y toda la Costa de Oro, dijo. Se han constatado unas 2.000 infracciones a la ordenanza general de tránsito y se han incautado entre 750 y 800 vehículos por circular sin licencia de conducir o libreta de propiedad, infracción que corresponde al 50% de las multas, dijo. La multa en ese caso es de 10 unidades reajustables (3.887 pesos). También se sancionó por la no utilización de casco (seis UR, 2.332 pesos), tener el caño de escape libre y desarrollo de actividades prohibidas en la vía pública. El tema está en "fojas cero", dijo Alberto Branda, titular de Auvo. "Está lejos de ser sencillo y de una rápida solución", sostuvo. (Ver nota).

Seis cuadras a puro rum rum

El 19 de febrero el periodista Tomás Linn publicó una columna en Búsqueda donde alertaba sobre la situación de vecinos del Cerro que se sentían "desamparados" e "impotentes" ante la realización de picadas de motos en la rambla cerrense. Habló de entre 40 y 60 motos con el caño de escape libre "preparadas para hacer un ruido estruendoso". Qué Pasa se comunicó con una de las fuentes de Linn. Esta señora, que prefirió mantener su nombre en reserva, dijo que se realizan todos los fines de semana durante la noche a lo largo de seis cuadras. "Estoy en la cocina, llamo a la seccional, y se siente el ruido por el teléfono. A veces en operativos le requisan las motos, pero en lugar de ir a levantarlas, ellos compran otras", dijo.

El viernes 27 este suplemento fue a medianoche al lugar de las picadas, pero no vio nada. Al salir del Cerro estaba la explicación: inspectores pidiendo libreta de conducir y título de propiedad.

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