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Se los puede ver pernoctando en improvisados hoteles callejeros
Los muertos vivientes
La llegada de la pasta base, que coincidió con la crisis de 2002, trajo a las calles de la capital a los yonquis, adictos terminales a la droga que durmiendo a la intemperie y sin alimentarse sólo tienen fuerzas para conseguir la siguiente dosis.

ALEJANDRO PÉREZ

DEsde hace cinco años, y como en una película barata, un contingente de muertos vivientes deambula por Montevideo. Van desarrapados y escuálidos, con los rostros chupados y macilentos, la mirada extraviada, alucinados, atontados y fuera de todo contexto temporal y espacial. No tienen más equipaje que una "pipa casera" hecha por lo general con la parte plástica de los inhaladores para el asma y su vestuario se limita a lo poco que llevan puesto.

Son los "yonquis", los drogadictos terminales, un daño colateral de la crisis financiera de 2002 que trajo al país la pasta base de cocaína (PBC), una droga altamente adictiva y letal, que bajó desde Bolivia en el año en que Uruguay dio quiebra.

Triste atracción turística en la Europa de la década de 1980, estos yonquis (castellanización de junkie, término anglosajón para referirse a los adictos de la heroína) son los despojos humanos que deja la adicción a la pasta base. Abandonados por sus familias -agotadas por los saqueos y los malos momentos- sin posibilidad de conseguir trabajo y sin fuerzas ya ni siquiera para delinquir, se pasean por, principalmente, el centro de Montevideo, sin ningún destino fijo. Las estadísticas concluyen que son alrededor de 300. Y se hacen notar.

El sistema no puede hacer nada por ellos, a menos que estén dispuestos a ayudarse a sí mismos; pero a esa altura de la adicción, eso no pasa. Y no hay un plan de contingencia para actuar de oficio. Cuando Europa debió lidiar con el mismo problema pero con los adictos a la heroína, generó programas de sustitución de drogas (la metadona) o de entrega de jeringas para evitar, al menos, la transmisión de enfermedades.

Hoy, el problema cruzó el Atlántico y el mismo desalentador y hasta terrorífico panorama se repite en cada lugar en el que la pasta base se entromete en una sociedad.

La pasta base tardó 30 años en llegar al sur del continente. Primero visitó Chile, a finales de 2000 y después se descolgó por Argentina, a mediados de 2001 cuando estalló una de las peores crisis socioeconómicas de la historia de ese país y Fernando de la Rúa se escapaba en helicóptero de la Casa Rosada. Finalmente aterrizó en Uruguay cuando la debacle económica, en agosto del 2002. En los tres países la aparición de la PBC fue precedida de una escasez total e inexplicable de marihuana que duró varios meses.

Por eso, en los centros uruguayos de tratamiento y recuperación es frecuente escuchar a los pacientes decir que comenzaron a consumir "base" en el verano de 2003, cuando no había "porro" por ningún lado. Así, la droga irrumpió en las sectores económicos más carenciados; es la "droga de los pobres", según el presidente de la Junta Nacional de Drogas, Milton Romani. Hay quienes piensan que su consumo en estas latitudes no fue casual, sino inducido mediante un tenebroso y maquiavélico plan de los narcotraficantes. Es cierto, asimismo, que tras el derrumbe socioeconómico de una región se les hace el campo fértil a quienes trafican y negocian con drogas. Más si son baratas y de adicción compulsiva, justamente como la pasta base.

Los hospitales psiquiátricos públicos están atestados por lo que a lo sumo un consumidor crónico de pasta base es internado en forma compulsiva por la Justicia. Pero sólo por algunos días para su desintoxicación, no para realizarle un tratamiento o cura, que en una clínica privada, con internación, cuesta entre 800 y mil dólares. Una cifra inaccesible para el 80% de los consumidores.

Y aunque existen una treintena de ONG y un centro de tratamiento público y gratuito, a ellos se accede en forma voluntaria y no compulsiva.

Por la calle Piedras, por ejemplo deambula Sebastián. Ronda los 30 pero parece más, mucho más. La cara acartonada y amarillenta parece tallada en parafina. Desgarbado y flaquísimo para su metro noventa. Lo que más llama la atención es la delgadez de sus piernas: parece que fueran a quebrarse con el viento. Su estampa se asemeja a la de aquellos ascetas hindúes que purificaban sus cuerpos con largos ayunos y meditación.

Sebastián ayuna. Pero no medita. Y por más que quisiera no podría meditar. El queroseno que contiene la pasta base ya le comió buena parte de la mielina, la materia gris que cubre al cerebro; a sus ya menguadas neuronas, encima, les cuesta conectarse entre sí. Lleva una década o más fumando cocaína. Primero en la modalidad de "base libre" (cocaína que se fuma después de retrocederla químicamente con amoníaco) y de 2002 a esta parte en forma de pasta base. Hoy, asegura que haciendo para "el vino y un medio" para consumir a la noche, se da por satisfecho. Los tatuajes caseros en los dedos y manos, pero sobretodo las cicatrices paralelas y longitudinales que lucen sus miembros superiores delatan varias condenas judiciales, un destino típico de esta clase de muchacho.

"Llegué a fumarme una tiza de pasta por día. Me despertaba y ya al abrir los ojos pensaba en conseguir cincuenta pesos para el primero y así seguía todo el día. A veces estaba cuatro o cinco días sin dormir", cuenta Sebastián, con un movimiento constante del costado izquierdo de su boca, una secuela de ese ritmo de consumo. Una "tiza" son 10 gramos. O 60 "medios". Ahora está más tranquilo. Si algo tiene claro, dice, es que no quiere volver "a perder". Por eso se contenta con cuidar coches en la Ciudad Vieja y hacer "una moneda" para solventar sus vicios. A veces, también, le sale a la limpieza de parabrisas, un rubro habitual en esa clase de adictos.

Los especialistas coinciden en que los adictos a la pasta base, mientras consumen, pueden estar hasta cinco días sin comer y sin dormir. Sólo lo pueden hacer cuando se les vence el efecto de la última dosis y caen dormidos y se despiertan con un hambre voraz.

A primera hora de la mañana se los puede ver por la Biblioteca Nacional, o por los fondos, en la calle Colonia, de los cines Plaza y Central, dos "hoteles populares" improvisados de los cada vez más emblemáticos del centro de Montevideo. A diferencia de los clásicos "bichicomes", como se los llamaba a quienes vivían en situación calle, esta flamante camada de menesterosos presenta tres o cuatro características en común que permiten delinear un esquemático perfil del yonqui montevideano: viven en la calle, son jóvenes, de barrios periféricos y, por lo general, con varios antecedentes penales, principalmente por hurtos y rapiñas. Todos presentan un mismo cuadro de psicosis tóxica, provocada por el uso y abuso de la pasta base. El perfil del yonqui hace que la Junta Nacional de Drogas haya ubicado a la pasta base de cocaína, junto al alcohol, como la droga prioritaria a combatir institucionalmente.

Se trata de un fenómeno social nuevo: la PBC tiene apenas cinco años en Uruguay. Pero se notan cada vez más, por lo menos en la capital. Al menos por ahora. Son, eso sí, un grupo inestable: a veces entran a centros de asistencia, pero no siempre. Por lo general, están fuera de toda norma y cuidado institucional. Lo que se conoce de sus hábitos, además, es otro impedimento para el registro.

El estigma que supone la adicción, la exclusión que el consumo de la pasta base acentúa, y el peligro que supone su comercialización y consumo, contribuye a ese limbo en el cual se encuentran los yonquis. Su desaseo, su deambular errático por la ciudad inquietan a quienes se lo cruzan, pero su estado de degradación es tal que, muchas veces, no tienen las fuerzas para cometer delitos violentos. Esperan un descuido muy notorio, porque sus reflejos son lentos, o sencillamente mendigan.

La directora del Portal Amarillo, el centro asistencial público dedicado los consumidores de pasta base, Susana Grunbaum, opina que es difícil saber cuántos son. No son un grupo fijo y además no se ven desde lejos con claridad, entre otras cosas porque se mueven más de noche que de día, según la psicóloga. "Y no es tan fácil distinguirlos. No son gitanos, negros, musulmanes o judíos", comenta.

Aún así, algunos estudios llevados a cabo por distintos organismos del Estado intentan echar algo de luz sobre la oscura situación social por la que atraviesan los esclavos de la pasta base. La Encuesta Nacional en Hogares sobre Consumo de Drogas presentada el año pasado, por ejemplo. De acuerdo a los resultados de ese estudio, encargado por la Junta Nacional de Drogas, se establece que en ningún caso, departamental o nacional, el consumo de PBC supera el 1% de la población en general: "Los resultados muestran que la experimentación con pasta base, para toda la población alcanza apenas al 0.8 % y en Montevideo al 1%". Traducido a números absolutos, la encuesta afirma que la cantidad de personas que, por lo menos, han experimentado con PBC son 16.000.

La discriminación de los números sobre el consumo preocupa más a las autoridades. Como la misma investigación indica, cuando se trata de las zonas más marginadas y pobres de Montevideo, el porcentaje de consumo es bastante más alto: 8%. De todos los que prueban PBC, el 17 % queda enganchado y la fuman diariamente. Son los que, sin prisa pero sin pausa, se van a convertir en yonquis.

El 17 % no parece mucho, pero el sociólogo de la Junta Nacional de Drogas, Héctor Suárez advierte que seguramente ese número esté muy subestimado. Suárez dice que la cifra es usada como referencia de "patrón de consumo" pero no como "magnitud". El experto agrega que lo más importante para ese organismo respecto a este estudio es la "alta concentración geográfica de los consumos y la declaración que el 66% reconoce tener dependencia al consumo de esta sustancia".

Esa dependencia es algo que Verónica, aunque muy joven, no puede disimular. No supera los 25 años y anda por ahí con una remera azul remangada para hacer la veces de un top y un short negro de hombre y grandísimo para sus piernas de alfiler. Su radio de acción va de la Ciudad Vieja a la terminal de ómnibus de Río Branco. Con un rostro afable aunque empieza a estar endurecido pide una moneda aquí y otra allá hasta llegar al objetivo deseado: 50 pesos para un "medio". Así vive. Un "medio" tras otro, de la mañana a la noche. Y así sigue hasta que su sistema nervioso central le dice basta y se desploma a dormir sobre algún escalón o zaguán abandonado, cuando no en plena vereda y a rayo de sol partido.

Tal como Verónica, los yonquis son, casi siempre, personas sin techo. Pernoctan donde pueden. En diciembre de 2006, el Ministerio de Desarrollo Social presentó el primer censo visual de los callejeros. Según el conteo, 320 personas sobreviven así en Montevideo, yendo de acá para allá por calles y veredas sin rumbo fijo. La zona que concentra la mayor cantidad de sin techo comprende los barrios Cordón, Parque Batlle, Villa Dolores, Parque Rodó, Pocitos, Punta Carretas y Tres Cruces.

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Hogares sobre Consumo de Drogas, el grupo más numeroso de consumidores de pasta base tiene entre 18 y 25 años. Y el delimitado entre los 12 y los 17 supera porcentualmente al que abarca las edades que van desde los 36 a los 45 años. Hace tres años, El País informaba que la ONG Cippus constataba que hasta niños de seis años consumían pasta base.

De acuerdo al encargado de prensa del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), Nicolás Minetti, la cifra de 320 yonquis sueltos en la ciudad (el fenómeno es netamente capitalino) debe tomarse apenas como un punto de partida. Una de las cosas más importantes para este tipo de estudios, explica, es la repetición. Por ahora, solo existe este censo y el tiempo dirá si el Mides tiene los recursos y la voluntad política de llevar a cabo futuras investigaciones.

Marcel tiene quince años. Es afrouruguayo y, como los demás yonquis, delgadísimo. Siempre anda encapuchado con un canguro que alguna vez debe haber sido blanco. Trilla por 25 de Mayo pidiendo monedas o parando taxis. "Un `diego` (10 pesos) para comprar algo para comer, que hace dos días que no morfo nada" es su contraseña.

Hace algo más de un año que abandonó su hogar, en la periferia de Colón, para vivir en la calle. "Me mandé una cagada grande con mi hermana y mi cuñado y no me dio para volver". Ahora, para él, ya no hay retorno. No existe la marcha atrás. Menos, aún, cuando lo ata una fuerte adicción "a la lata". Vive con lo puesto y un buzo de algodón oscuro que ata a su cintura y que por las madrugadas utiliza como si fuera un sobre de dormir. Termina en cualquier vereda, zaguán o cuando no ovillado en algún recoveco de una finca ruinosa y semi-derrumbada de la calle 25 de Mayo, entre Juncal y Bartolomé Mitre.

Salida difícil

Sin dinero, sin contacto con los familiares, estigmatizados como criminales por la frecuencia con la que la pasta base está asociada a hurtos, rapiñas y hasta asesinatos, los yonquis solo pueden acudir a las instituciones públicas. A éstas pueden concurrir voluntariamente u obligados, por familiares o autoridades.

En Perú, el país que padece el problema de la pasta base desde hace casi 40 años, y donde la pasta abunda en calidad y cantidad, hay quienes sostienen que la única manera de parar el consumo es la de trepanar el lóbulo frontal del cerebro del adicto crónico.

En Uruguay, por ahora, se intentan métodos menos agresivos.

La Red-Drogas aglutina a un número de instituciones médicas y asistenciales, tanto estatales como municipales. Como punto central en esta red está el Portal Amarillo, que según Grunbaum, su directora, muchas veces recibe a los yonquis. "La gente que está en la calle buscando la próxima dosis en algún momento `cae` en el Portal. A veces por su propia voluntad, a veces porque son traídos. De los que son traídos, puede ser en una buena o en una mala", cuenta.

Las opiniones más optimistas sostienen que es posible zafar de la pasta base. Que es suficiente con cortar en seco el consumo, y acompañar esa absoluta y fulminante abstinencia con grandes cantidades de anti-ansiolíticos y calmantes.

Menos teñidos por el optimismo, los especialistas como Grunbaum reconocen que el camino hacia la rehabilitación es verdaderamente difícil. Muchas veces, el adicto se somete a tratamiento, internándose voluntariamente y tras un tiempo de no consumir sale "limpio" a la calle. Pero no bien pisa el asfalto, siente el estímulo disfórico de pre-consumo. Lo primero que hace, entonces, es ir a la "boca", a comprar otro "medio". Y otro. Y otro. Y así sucesivamente hasta volver al aspecto desgarbado, sucio, desdentado y atontado del yonqui, que roba o mendiga para llegar al próximo "medio".

Para la directora del Portal Amarillo, es importante cumplir con la obligación de ofrecer la posibilidad de sanar. Grunbaum repite todas las señas del yonqui cuando éste llega a la institución: muy delgados, sucios, enfermos, con los pies destrozados. A esta gente se la recibe aunque caiga al Portal así nomás. Aunque sea solo para bañarse, comer algo y hablar con un profesional. Porque como dice la directora, "todos tienen una historia para contar". Aunque los yonquis no se integren a un programa de terapia de inmediato, es positivo que sean recibidos, dicen quienes trabajan con ellos, porque la confianza que se establece probablemente incline la balanza a favor de una futura internación.

La experta recalca que la voluntad individual, junto al apoyo familiar, en caso de que exista, es esencial para la recuperación. De no existir esas condiciones, el yonqui va directo al ataúd. "El sujeto tiene derecho a no querer o no poder más nada. Es triste, pero a veces es así", asevera.

Mientras tanto, uno 300 muertos vivientes siguen caminando la ciudad con la exclusiva meta de conseguir el próximo "medio". Y sobrevivir hasta la mañana siguiente.

Un largo viaje hacia el sur

A.P.

Tal como lo señala su etimología, la Pasta Base de Cocaína no es el deshecho de la producción del clorhidrato de cocaína, como se dice y se repite comúnmente, sino su fase previa.

Este primer paso en la elaboración de la cocaína, se realiza al costado de los plantios de coca tanto en Perú, Bolivia o Colombia. Es una mezcla de cocaína y otros alcaloides que contiene la hoja de coca, como tropacocaína y cinamoilcocaina. También contiene sulfatos y carbonatos.

Producir pasta base es un procedimiento químicamente sencillo. Basta con poner a tratar la molienda de hojas secas de coca con una solución de ácido sulfúrico. Después se le agrega carbonato de calcio, que separa a la cocaína y varios de los otros alcaloides que contiene la planta y tras agregar queroseno se logra separar una solución alcalina, a la que hay que lavar varias veces con agua, para eliminar sedimentos de ácidos y petróleo. Lo que resulta tras el lavado es una pasta de color amarillenta a la que es posible moldear. Esto es PBC . Si se sigue con los pasos químicos necesarios, como ser diluir la PBC en ácido clorhídrico, agregarle permanganato de potasio para eliminar los otros alcaloides, y finalmente éter, se obtiene la cocaína en su máxima pureza.

Otro de los mitos que circula es que su elaboración o fabricación es reciente y no es así. La PBC fue procesada a comienzos de 1880 por Henry Rusby, un químico estadounidense que trabajaba para la industria Park Davies de Detroit. Uno de los dos laboratorios que sintetizaban cocaína a finales de siglo XIX.

El tercer mito relacionado con esta droga, es que su consumo es nuevo en América Latina; no es así. La modalidad de fumar pasta base de cocaína nació en Perú, a comienzo de la década de 1960, cuando la moda de aspirar cocaína renació en Estados Unidos después de casi 50 años de permanecer a las sombras.

Cuando lo colombianos advirtieron las ganancias suculentas que dejaba el tráfico de cocaína, iniciaron sus cultivos industriales de coca y comenzaron a exportar toneladas de cocaína hacia los Estados Unidos. Corrían entonces los años ochenta. Al igual que en Perú pronto comenzó el consumo de Pasta Base. Los colombianos le agregaron marihuana a la pasta y patentaron el "basoco". Como se conoce al cigarrillo de marihuana mezclado con pasta base.

La pandemia de inmediato pasó a Venezuela y de ahí al norte de Brasil.

Inexplicablemente la pasta base tardó 30 años en llegar al sur del contintente. Primero visitó Chile, a finales de 2000; después se descolgó por Argentina, a mediados de 2001 cuando estalló una de las peores crisis socioeconómicas de la historia de ese país.

Finalmente aterrizó en Uruguay cuando estalló la gran debacle económica de mediados de 2002.

En los tres países la aparición de la PBC fue precedida de una escasez total e inexplicable de marihuana que duró varios meses. Por eso, en los centros de tratamiento y recuperación uruguayos, es frecuente escuchar a los pacientes decir que comenzaron a consumir "base" en el verano de 2003, cuando no había "porro" por ningún lado.

Un negocio redondo

Por el "enganche" que tiene; por la facilidad de transporte que ofrece la misma; por el alto margen de ganancia que deja; por las zonas donde principalmente se comercializa; por el segmento social mayoritario que la consume; y especialmente por la falta de alternativas reales que el país puede ofrecer hoy día, la represión que sobre el tráfico y consumo de Pasta base de cocaína -más allá de la cantidad de droga que puedan incautar o las "bocas" que puedan cerrar- parece ser para las autoridades, una batalla difícil de pelear.

La PBC, que para eso fue inventada, tiene la ventaja de ser fácil de transportar. Cien tizas (una tiza es apenas más corta y fina que una clásica barra de azufre) equivalen a un kilogramo de la droga. La pasta pasa fronteras, en automóviles, camiones, atadas al cuerpo con fajas apropiadas o en intestinos de las ya famosas "mulas".

Un kilogramo de pasta base oscila en Buenos Aires en unos sesenta mil pesos uruguayos. Una tiza (10 gramos aproximadamente) vale actualmente en el mercado nacional 1.500 pesos. Por lo tanto traer un kilo gramo de esta droga y venderlo en fracciones grandes (lo que significa menos riesgo porque menos gente accede al vendedor) da una ganancia de entre 25 a 30 mil pesos por kilo.

De una "tiza" de PBC se extraen unos 60 "medios" que contienen algo menos que 0,2 gramos de la droga cada uno y que se venden en el mercado a 50 pesos.

En zonas marginadas, donde el comercio es casi libre, los "medios" se convirtieron en "chasquibum" (por la forma en que viene envuelta la sustancia) y cuestan 30 pesos. Pero claro de una "tiza" en lugar de 60 "medios" sacan cien "chasqui", con un peso de 0,1 gramos. En ambos casos la ganancia al menudeo también deja el doble o más de ganancia.

El negocio parece redondo. Pero no lo es. Hoy en día una "boca" de pasta base es plenamente identificable por todos los vecinos. Por el estado sanitario de los consumidores, pero especialmente por la frecuencia con la que concurren una y otra vez a buscar su "medio". Ese nivel de exposición hace que el negocio pronto sea visitado por la policía.

Claro, otra suerte corren aquellos que la comercializan en asentamientos. A la policía le es casi imposible acceder, o porque los vendedores cuentan con un plantel de vigilancia propio (los denominados perros), o porque les siempre difícil ingresar por pasajes donde constantemente son apedreados.

Un reclamo

Una lectora, Laura de Canelones, envió una carta donde cuestiona el trato oficial hacia las familias que empiezan a lidiar con las adicciones de alguno de sus miembros más jovenes. Esta es su carta.

"¿Saben que un menor que consume droga tiene el derecho a hacerlo? ¿Qué la familia no puede hacer absolutamente nada? ¿Qué el sistema está hecho para que la familia camine, camine, hasta agotar todos los recursos? ¿Saben que nada se logra? ¿Qué lo que se pretende de las autoridades es que la familia se siente a esperar que Dios se apiade de uno? ¿Que no podemos usar nuestra autoridad como padres porque el menor nos gana la partida por más hijo de uno que sea? Ahora, no creo que las autoridades sepan el dolor que se siente ver como se destruye la vida, el futuro de lo más preciado que la vida nos dio, ¡un hijo! ¿No piensan hacer algo para revertir la situación, que no solo afecta directamente a la familia sino a la sociedad entera? Porque si siendo menor se lo pudiera internar sin su consentimiento sería una solución. Porque se trataría puntualmente la adicción en cada caso; porque varían los grados de consumo. Que si lograra atacar el punto en el momento justo… ¿No es suficiente contar con el aval de un certificado de una Licenciada, Psicóloga o Psiquiatra? ¿Entonces qué se necesita? ¿Qué proponen? ¿Qué ideas tienen para abordar la problemática, o es que nada piensan hacer? ¿Es necesario que las familias pasemos por todo esto? ¡Vamos señores! La idea es poder recuperar todos esos derechos que dicen que tienen los menores, ¿y el de la salud? ¿Acaso no lo tienen? Porque ser adicto es ser enfermo, ¡y un enfermo debe tratarse.



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