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Un famoso grupo de intelectuales (I)
Generación del 45: severa en la crítica y brillante en la creación

Seguramente nunca tuvo el país una generación más brillante que la llamada "del 45". Integrada en su mayoría por escritores (aunque también contó con músicos y pintores) ejerció una rectoría intelectual que aún persiste.

César di Candia

Muchos de quienes hicimos Preparatorios de Abogacía en los años finales de la década del cuarenta, encendíamos nuestros cirios en los altares de la Generación del 45. Todos sus integrantes tenían ocho o diez años más que nosotros, pero despedían un brillo propio que los hacía centro de nuestras envidias. Publicaban revistas literarias, daban conferencias, escribían en Marcha, que era la nueva Biblia. Sus palabras salían como de la boca de Dios, sus opiniones eran ilevantables, sus críticas certeras. A veces íbamos expresamente al Sorocabana de Dieciocho para observar de cerca sus resplandores. Y cuando los localizábamos, quedábamos en éxtasis. Alguno de nosotros, más leído los identificaba. El de bigote y ojos que revoloteaban tras las pocas mujeres que se animaban a beber café en público, era Carlos Maggi. El de al lado, que discutía en alta voz y gesticulaba, Manuel Flores Mora, a quien todos llamaban "Maneco". El pelado de aire doctoral era nada menos que Angel Rama, el Gran Sacerdote de la crítica literaria, solamente comparable en su prestigio a Emir Rodríguez Monegal, a quien nunca vimos. La mujer con aire ausente, la poeta Idea Vilariño. El más flaco y más tranquilo, Carlos Real de Azúa el mejor ensayista de aquellos años. El de cabeza grande, el doctor Carlos Martínez Moreno, una pluma más que brillante. El de aire apaisanado, el cuentista Mario Arregui. El gordito que hacía chistes, Mauricio Muller, la pareja inseparable, José Pedro Díaz y Amanda Berenguer. El alto, el pintor Invernizzi a quien llamaban Tola y de quien se comentaba que tomaba cerveza en vasos de caña y caña en vasos de cerveza. En ocasiones aparentábamos ir al baño para pasar cerca de aquella mesa donde bullía la inteligencia nacional para ver si nos rozaba la humareda.

La Generación del 45, ejerció durante varios años un magisterio sostenido sobre quienes veníamos detrás, al que solamente detenía un poco en algunos casos, su condición de pavos reales con la cola siempre pronta para desplegar. Esta nota y la que le seguirá, pretende definirla como grupo. Más allá de este mundo la mayoría de quienes la integraron, se ha buscado el testimonio de uno de los que entonces eran más jóvenes y aún sigue ejerciendo una rectoría que nadie le puede negar: el doctor Carlos Maggi. Sus recuerdos se han intercalado con trozos del libro Cuarenta y cinco por uno en el que su esposa María Inés Silva Vila, también fallecida, ha recogido impresiones personales de varios de aquellos personajes, ya legendarios.

—Las generaciones actuales no tienen una idea muy clara de la importancia que tuvo aquello que fue llamado con cierta grandielocuencia "la Generación del 45". A más de medio siglo de distancia se la ve como muy crítica y muy brillante pero también muy vanidosa y muy autopromocionada. ¿Tú que perteneces a ella qué piensas?

—Lo primero que tendría que decirte es que este tipo de generaciones no existe. No es que se hayan juntado unos intelectuales y hayan decidido hacer tal cosa. Las generaciones las crean los que las miran. Nosotros íbamos al café Metro cada uno por su lado y no teníamos la menor sensación colectiva. Ni siquiera percibíamos como un hecho lo que estábamos constituyendo. Los que las observan juntan a sus integrantes y los unen como quien hace el trazado de una serie de estrellas del cielo para hacer La Cruz del Sur. Pero las estrellas por separado nunca se enteran.

—El asunto es saber cuáles fueron los motivos que dieron origen a la generación del 45.

—Aquél era un momento propicio para que floreciera gente con talento. Cuando nosotros empezamos no había ninguna editorial, por lo tanto no existían los escritores profesionales. Los escritores editaban sus propios libros y los llevaban a librerías que no los aceptaban ni consignados, porque después se les perdían o se rompían y al hacer los recuentos los tenían que pagar aunque no los hubieran vendido.

—La palabra "propicio", parece la clave de todo. ¿Por qué era favorable aquél momento? ¿Por razones históricas, económicas, sociales?

—El Uruguay vivía una especie de remanso creado por la Segunda Guerra Mundial. El problema del Banco de la República era su abundancia de divisas. No sabía qué hacer con ellas. El país vendió como loco durante la guerra y como no podía comprar porque los barcos no venían, su riqueza se acumulaba. A los que tenían un auto le daban un vale con el cual podían comprar diez litros por mes. Las cosas importadas eran muy raras. De modo que se creó un clima de holgura. El fenómeno del peronismo argentino fue parecido. En el Uruguay la clase media era enorme y vivía cómodamente. Mi viejo, que no era rico sino gerente de una barraca, me prohibió trabajar para que pudiera estudiar. Mis primeros trabajos fueron a escondidas. Aquel auge económico que vivió el país, fue mayor aún que el del período del viejo Batlle. Al Banco República nunca se le veía el fondo.

—¿Dónde se reunían ustedes?

—En el café Metro. Discutíamos de filosofía, de literatura, de arte y la posición política de cada uno importaba muy poco. Los más jugados eran Mario Arregui y el Tola Invernizzi porque eran bolches. Pero no se hablaba de política que era un tema como definírtelo... poco apreciado. Cuando yo empecé a trabajar en Acción, me empezaron a mirar de mal modo porque les parecía que aceptar un cargo en un diario político era algo denigrante.

—¿Debo entender que la generación del 45 vivía encerrada en una burbuja sin contaminarse con los grandes temas del país?

—Con respecto a la política, sí. Nunca supe a qué partido pertenecía Emir Rodríguez Monegal, ni qué opinaba Felisberto Hernández. ¿Qué posición política tenía José Pedro Díaz? Angel Rama era más izquierdista, pero no sé a qué partido votaba.

—¿Cuáles eran sus temas de debate?

—El último libro publicado por Malraux, el mundo de Borges, el lenguaje de la literatura del interior...

—Con los debidos perdones, practicaban una suerte de onanismo intelectual perpetuo.

—En cierta forma, sí... También hacíamos el cultivo de un oficio que nos gustaba a todos.

"Eran insoportables y fascinantes. O así me parecieron en mi primera visita al Metro, en el verano del 45. El café quedaba en la rinconada de la Plaza Libertad y en noches como esa adelantaba mesitas en la vereda, pero la verdad es que no recuerdo bien si estaban sentados allí o habían despreciado el aire libre por el más espeso del salón, hecho de humo de cigarrillos y de un olor insuflado por años desde los baños y la cocina. Me inclino a creer que estaban allí dentro, respirando aire viciado y literatura por todos los poros.

En su mayoría eran (los que estaban allí y los que conocí poco después) más que escritores aspirantes a escritores y necesitaban las apoyaturas exteriores que da la bohemia más o menos declarada — el pelo largo, el tonito impertinente, el cigarrillo y la despreocupación en el vestir— para tirarse al agua o mejor dicho, a la tinta impresa. "Con libertad ni ofendo ni publico" les decía burlón Onetti (que ya tenía en su haber El Pozo, Tierra de nadie y Para esta noche aludiendo a la peña igualmente improductiva del café Libertad. Sí, necesitaban todo eso y también necesitaban probar sus armas en un permanente escarceo verbal bastante deslumbrante y no exento de petulancia. Todo un despliegue de machismo intelectual que si mal no recuerdo, irritó un poco mi susceptibilidad femenina y feminista. Me senté porque iba en compañía de uno de ellos —Maggi— y me senté en la mesa encarnando por primera vez mi papel de espectadora que es el que siempre he

tenido en la generación del 45. También en ese carácter estoy escribiendo ahora".

(Cuarenta y cinco por uno. María Inés Silva Vila. Ed. Fin de siglo 1993)

—¿Qué formación literaria tenían ustedes?

—Te puedo hablar por Maneco (Flores Mora) y por mí que no solo andábamos siempre juntos sino que acabamos casándonos con dos hermanas. Nosotros habíamos leído los clásicos, los autores que se aprenden en Secundaria, pero no mucho más. Y no te olvides que los profesores

nunca llegaban a los autores contemporáneos. Pero una noche Onetti nos hizo la misma pregunta que tú y cuando le dimos la respuesta, tomó una servilleta y apuntó todos los escritores que debíamos leer. Si me apurás, te digo la lista de memoria.

"Maggi me habló con gran entusiasmo de El Pozo y de Onetti y y de la lista de libros que les recomendó y que escribió prolijamente con letra de imprenta en una servilleta de papel en el Metro. Creo recordarla bien: El tiempo del desprecio y La condición humana de Malraux, Las palmeras salvajes de Faulkner, Adiós a la armas y Fiesta de Hemingway, Viñas de Ira de Steinbeck, Nuestra América de Waldo Frank, Manhattan transfer de John dos Passos, El financiero, de Dreiser, Calle mayor y Babbit de Sinclair Lewis y Winesburg Ohio de Sherwood Anderson".

(Cuarenta y cinco por uno, María Inés Silva Vila. Ed. Fin de Siglo 1993)

—Se hicieron un festín de autores.

—Fuimos con Maneco a la Biblioteca Nacional y los leímos de corrido. Por lo menos los que existían en la Biblioteca porque de la mitad no tenían noticias. Quedamos completamente transformados desde el punto de vista intelectual.

—¿Tan poco leídos eran ustedes?

—Ocurre que éramos los más jóvenes del grupo. Los mayores habían leído mucho más. Mario Arregui, por ejemplo o Emir Rodríguez Monegal, Carlitos Real de Azúa o Carlos Martínez Moreno, que eran bestias lectoras por excelencia. Los dos últimos no eran habituales de los cafés donde íbamos nosotros, pero a veces caían de visita.

—De cualquier modo, la verdad es que a ustedes no los editaba nadie.

—¿Quién nos iba a editar si no había editores? Nos conformábamos con sacar revistas literarias y vernos allí. Nosotros sacábamos Apex que es el nombre que identifica al punto hacia el cual se dirige el sistema solar.

—Toda una definición del grupo.

—Coincido contigo: era un poco pretencioso. Después sacamos la revista Escritura con don Julio Bayce y Hugo Balzo, casi al tiempo que Angel Rama editaba Clinamen, los que se nucleaban alrededor de Bordoli sacaban Asir, y Mario Benedetti Marginalia en 1958. Alrededor de 1950, Angel Rama y yo fundamos una pequeña editorial denominada Fábula en la cual apareció mi primer libro: Polvo enamorado. Se lo llevé a mi mujer al sanatorio, cuando acababa de nacer mi hija.

"Hubo sí, dientes de oro.

Establecido el capitalismo, cuando se inició la lucha de fondo por el dinero, el diente de oro, apartando la delicada cortina de dientes naturales, hizo su aparición en el escenario de la boca, como si entrara a cantar el aria principal. (...) El capitalista condecoraba su sonrisa con un afiche de oro, pisaba el pan de cada día sobre ese mortero de oro, clavaba en su carne un asta donde enarbolar la enseña de oro, hacía que su lengua, en oleaje incesante, lamiera sin pausa el oro de su fantástico diente postizo.

Era el tiempo de la fiebre amarilla; el verbo orar significaba hacer oro".

(Polvo enamorado, Carlos Maggi. Ed. Fábula, l951.)

—En los años 54, 55, ya se habían establecido nuevas editoriales.

—Te voy a contar algo a riesgo que me tomen por vanidoso. Siendo abogado del Banco República, fui a ver al doctor Felipe Gil, un hombre refinado y culto que era director del banco y le dije que era una vergüenza que la financiación de un libro tuviera más exigencias que las que se daban para criar chanchos. Le causó gracia y me pidió un proyecto para financiar libros. Se lo hice agregándole una comisión que fuera la que asesorara al directorio y determinara si valía la pena que el banco invirtiera. El proyecto salió a la semana siguiente y esa primera comisión estuvo integrada por Paco Espínola, Rodolfo Tálice y yo. Ese fue el origen de las pocas editoriales que se animaron a salir: Alfa, Arca y después Banda Oriental. Para el banco fue un negocio tranquilo y perfecto. El crédito se le otorgaba al autor quien lo endosaba a la editorial. Así que ésta se cuidaba que el autor lo pagara porque si no el crédito se cortaba. Polvo enamorado vendió quinientos ejemplares porque lo comentó Emir Rodríguez Monegal en Marcha. Emir era malo y amargo en especial conmigo, porque nunca tuvimos buena relación y hasta en alguna oportunidad nos agarramos a los golpes. Pero esa vez fue más generoso de lo que yo creía. Aquel librito fue uno de los primeros best seller de autor nacional.

—Tuviste más suerte que Neruda que tuvo que vender los muebles para financiar su primer libro.

—No es fácil meterse hoy dentro de las entrañas de la Generación del 45. Mucho menos entender sus discrepancias. Llegó un momento en que nos dividimos en "lúcidos" y "entrañavivistas". Ambas era formas de encarar los problemas de la época.

—Sigo creyendo que era una división que les interesaba fundamentalmente a ustedes y a la cual la gente consideraba como propia de noveleros intelectuales.

—Puede ser que hoy se observe así. Los "lúcidos" se encontraban de cierto modo en torno a Emir Rodríguez Monegal que dirigía la página literaria de Marcha, la cual era un centro de poder muy importante. Eran los enterados, los refinados, los borgianos. Y hubo otro grupo que predicó que la importancia de la literatura se encontraba en la entraña viva, en la vida, en la realidad de los hechos cotidianos. Más cerca de la cosa política que era como ensuciarse las manos, que de la pureza. Por eso se les llamó "entrañavivistas". Y escribían en realidad de modo diferente. No cabe duda que Borges, siendo un genio, tenía una cosa de pituco exquisito y que Steinbeck denunciaba los problemas de los agricultores como lo hizo en Viñas de Ira.

—Tampoco tenía relación con el compromiso político de la literatura, que cobró fuerza en las décadas siguientes.

—No, para nada. El problema era bastante menor. Tenía que ver en cómo debía encararse la literatura con relación a su entorno. Los "lúcidos" exquisitos, los que estaban fuera del mundo en que vivían. Maneco era "entrañavivista", yo también. En aquellos años yo escribí una nota en Marcha definiéndome como "entrañavivista" y cinco o seis amigos íntimos, Carlos Martínez Moreno y su hermano Enrique me dejaron de saludar.

—Perdóname que insista: esa especie de cisma que separaba hasta la enemistad a escritores "entrañavivistas" y "lúcidos", era una forma de matar el ocio. No producía el menor malestar en la epidermis de nadie. Era para disfrute de una treintena de intelectuales.

—Por supuesto que sí, pero no tenía nada que ver ni con la cosa masiva ni con la cosa pública. Tampoco con la militancia política.

—El poeta español Gabriel Celaya, mucho más radicalizado escribió: "Maldigo la poesía/ concebida como un lujo cultural/ por los neutrales".

—El compromiso político con la literatura todavía no existía. Y mucho menos la división tajante entre izquierdas y derechas. En nuestra época, te reitero, la política no era una preocupación. Más bien manchaba a quien se acercara a ella. Como ha ocurrido siempre, desde que el viejo Batlle nos dejó la impronta, todos éramos batllistas aunque no sé si alguno votaría por ese partido. Todos nosotros éramos hijos de clase media y en el fondo, batllistas. No políticamente sino mentalmente.

"Yo creo que el viejo Batlle nos legó una manera de ser tan seductora que todos los uruguayos se fueron asimilando a ella.Y a medida que esa forma de ser y de vivir se iba perdiendo, más nos enamorábamos de ella y sentíamos más la nostalgia y la necesidad de quedarnos en ese encuadre. Nosotros tenemos una formación nostálgica. Descendemos de inmigrantes que fueron hombres que dejaron su corazón en otro lado, que perdieron todo menos la vida y nosotros tenemos un arrastre de esa nostalgia. Por eso esa cosa llorona de rememorar lo perdido que tenemos, que incluso tú mismo evidencias en tus notas y reportajes. El batllismo nos gusta dos veces: porque fue hecho a nuestra medida y porque además se ha perdido. Si tú hablabas antes con un comunista fanático, en la época que los había porque ya no queda ninguno, a la larga te mostraba una entretela batllista. Nos sentíamos hermanados en esta medianía tan uruguaya que es como el Río de la Plata, ni dulce ni salado, ni frío ni cálido. La personalidad de esta comunidad nuestra consiste en que todos somos batllistas.

—No sé cómo le caerá esto a los nacionalistas gobernantes.

—¡Pero si no hay nadie tan batllista como Lacalle! El presidente es un batllista extremo, un hombre que lima las puntas, que no busca soluciones terminantes, que es un componedor. Está en la línea de otro batllista típico como Sanguinetti. Porque los batllistas pueden ser de izquierda o de derecha, lentos o apurados, blancos o colorados. El batllismo es una manera de ser. Es esa dosis de funcionario público que todos tenemos, ese gusto por la playa, esa costumbre de matear sin prisa, esa idea fija de la jubilación, ese perder tiempo comentando los partidos, ese dejar de trabajar para armar un cigarrito".

(Fragmento de un reportaje a Maggi hecho por el autor de esta nota en Búsqueda, el 7 de junio de 1990)

—Luego de sesenta años de la explosión de la Generación del 45, se hace imprescindible reconocer dos cosas: que se trató de un grupo de intelectuales de extrema brillantez, que no tuvo temor a desmitificar los falsos ídolos que venían detrás y que además manejó una erudición y una capacidad crítica formidables. Pero además es preciso admitir que se complacía en el elogio mutuo y en la contemplación de sus propios ombligos.

—Era una cosa parroquial como tú dice para una minoría. Poca gente para poca gente.

La semana siguiente: segunda y última nota.



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