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50 años de la Convención de Nueva York de 1958
Arbitraje en Uruguay
El arbitraje crece en Uruguay como nunca antes. Si bien "litigar es litigar", el arbitraje tiene principios y dinámicas propios que pesan a la hora del éxito.

Andrés Cerisola (ACerisola@Ferrere.com) - FERRERE Abogados

Los jueces uruguayos no siempre vieron al arbitraje con la simpatía de hoy. Los abogados de otra generación también tenían desconfianza.

Todo esto cambió. La jurisprudencia uruguaya hoy es de las más avanzadas de América Latina, y ello pese a que Uruguay no tiene una Ley de Arbitraje moderna.

La Convención de Nueva York de 1958 es una de las explicaciones del éxito mundial del arbitraje. Es una convención muy corta, de apenas 16 artículos. Una de sus virtudes es que solo pretendió resolver los problemas fundamentales (no todos los problemas). Hoy más de 140 países la aplican y, en los 50 años que está cumpliendo este año, ayudó a cambiar la forma como se piensa sobre arbitraje en el mundo.

Cuando Uruguay la ratificó en 1983 la jurisprudencia inicialmente la miró con desconfianza. Por algunos años continuó desechando cláusulas arbitrales y rechazando la ejecución de laudos internacionales sobre bases que no eran legítimas. Pero esto comenzó a cambiar ya a fines de la década del ‘80. Hoy los jueces uruguayos abrazan las soluciones de la Convención de Nueva York con entusiasmo y rigor técnico. De hecho, aplican criterios de punta con una visión internacional que solo existe en los países más desarrollados.

Un arbitraje no es un juicio

Si bien las reglas del arbitraje local todavía tienen demasiado de "juicio", el arbitraje de la Cámara Internacional de Comercio y otros predominantes en Uruguay están a enorme distancia de dichas formalidades.

Las reglas de procedimiento arbitral que todavía priman en Uruguay (al menos en el arbitraje local) siguen siendo demasiado "judiciales". No obstante, la masiva opción de las partes por reglamentos más modernos está generando un cambio cultural a nivel de los especialistas. Y, con el tiempo, eso repercutirá necesariamente en la modernización de los reglamentos nacionales. Cuando ocurra, las instituciones uruguayas recuperarán la administración de procedimientos que hoy se envían al extranjero.

El tiempo es una ventaja

El arbitraje tiende a la rapidez. Un arbitraje institucional local dirigido por un árbitro o tribunal experiente no debería durar más de un año (salvo casos de gran complejidad).

Eso no significa que todos los arbitrajes sean rápidos. Hay historias terribles, pero ¿no las hay también en materia de juicios? Lo importante es que - estadísticamente - los arbitrajes son mucho más rápidos que un juicio, y además no admiten apelaciones (aspecto este último que da mayor celeridad pero que también hace que la identidad y personalidad del árbitro sean críticas).

Por su parte, el arbitraje internacional - que suele demorarse más por motivos "logísticos" - suele llevar entre un mínimo de 1 año y un máximo de 2 años. Hay más breves y más largos, pero la mayoría entra en este rango.

Los abogados tienen que "cambiar su cabeza"

El mundo del arbitraje está implicando para muchos abogados una revolución intelectual. La mayoría fuimos educados pensando que "las cosas son de una sola forma". El mundo del arbitraje se caracteriza por un principio opuesto.

Las reglas procesales son más flexibles en el arbitraje. Y, además de lo que viene dado por los diferentes "reglamentos", cada árbitro o tribunal le infunde su propio sesgo, muchas veces en negociación con las partes.

Eso no significa que "todo vale".

Las reglas procesales son muy importantes para el éxito. El profesional experiente lleva una gran ventaja al que espera un "juicio tradicional".

Esto requiere un "cambio de cabeza". Hay que acostumbrarse a estudiar reglamentos muy diferentes a nuestros códigos nacionales.

Comprender que no todo está escrito y que el procedimiento se basa en prácticas que requieren familiarizarse con la jurisprudencia arbitral internacional.

Lo barato sale caro

Estoy convencido que "el dinero gastado en abogados es el dinero mejor gastado". Y esta máxima aplica también al dinero gastado en un buen arbitraje institucional.

El costo administrativo puede pesar, sobre todo cuando el monto del asunto no es grande. No obstante, dado que suele durar menos, el costo de honorarios y demoras suele ser menor, por lo que el costo total no necesariamente es mayor. Y eso, aún antes de considerar el valor que tiene una resolución rápida y por un decisor especializado.

El arbitraje no da sus mejores frutos si su procedimiento no es el adecuado. El arbitraje "ad hoc", y especialmente el uruguayo, suele ser fuente de frustraciones en términos de demoras y sabotajes procesales.

Hoy hay pocos argumentos racionales para no optar por un arbitraje "institucional".



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