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Arden las barbas del vecino

JAVIER DE HAEDO

Viene al caso considerar la aplicación de "retenciones" sobre las exportaciones en Argentina. No sólo por las consecuencias que allá están produciendo, tanto en lo social y político como en lo económico. También porque sus efectos cruzan los ríos que nos unen, llegan a nuestras costas y se meten tierra adentro. Además, por la continua amenaza que desde el MGAP se cierne sobre los productores uruguayos, de replicar acá esas medidas.

¿Qué son las tales retenciones, o más propiamente denominadas "detracciones"? Porque hablar de retención lleva a pensar en una ulterior devolución, que ciertamente no es el caso. Se trata de una detracción, de un impuesto que consiste en un porcentaje del precio de exportación del producto. Este impuesto, que vaya si conocimos en el pasado, se suele aplicar sobre las exportaciones de materias primas, y no tanto con un propósito fiscal, de recaudación, sino con uno de política comercial. Al gravarse la materia prima baja su precio en el mercado interno en la misma proporción de la tasa que se aplica y de ese modo quienes la utilizan como insumo en su proceso productivo ven aumentada su "protección efectiva".

La protección efectiva es la protección relevante, al valor agregado, y surge de la consideración conjunta de las tasas de detracción a la materia prima y de arancel a la importación del producto terminado. Así, por ejemplo, una industria que agrega muy poco valor (digamos, un 10% del precio final), puede llegar a tener una protección efectiva extraordinaria si se aplica una detracción importante a la materia prima (supongamos, de 40%) y un arancel no muy elevado al producto terminado (para terminar con el ejemplo, 10%). En apariencia, esa industria tiene una protección nominal moderada (de 10%), pero en realidad tiene una protección efectiva considerable (56 sobre 10, o sea un 460%). Es indudable que de este modo se vulneran los acuerdos del Mercosur, que apuntaban a determinada estructura de tasas de protección efectiva, a partir de determinada estructura arancelaria.

Esta política, que también incluía tipos de cambios múltiples y restricciones cuantitativas a la importación, hizo estragos en las posibilidades de crecimiento a largo plazo de nuestro país a mediados del siglo pasado. La consecuencia era la absoluta distorsión de la estructura de precios relativos, que se apartaba sustancial y artificialmente de la internacional, trasmitiendo información (eso hacen los precios en una economía de mercado) distorsionada y afectando por lo tanto la asignación eficiente de los recursos en la economía.

La imposición de una detracción a la exportación de un bien hace que el precio interno de ese bien sea igual al internacional pero reducido en la tasa del impuesto. Entonces el precio interno es menor y a ese precio se habrá de producir menos y se habrá de demandar más, dando lugar a un exceso de demanda. Normalmente esto genera una tendencia al aumento del precio pero como está topeado eso no ocurre y en su lugar hay escasez. Aún sin cortes de rutas, hay escasez.

Desde esta página y en los últimos dos años he escrito más de una vez sobre el "modelo" argentino, al que describí como una bomba de tiempo que cada vez que enfrenta un problema, éste se "soluciona" aumentando la carga de dinamita de la bomba. Tras las últimas elecciones, se pudo haber introducido ajustes al modelo, para dar lugar a una "salida ordenada", lo que ahora luce mucho más difícil.

Ese modelo, en uno de sus parámetros más notorios, implica mantener un dólar alto y como forma de compensación, imponer una detracción a la exportación. Hasta cierto punto, la compensación funciona, si la tasa de la detracción es menor o igual que el "adelanto cambiario". ¿Por qué complicarse la vida, se preguntará el lector, en vez de dejar el dólar donde deba estar y no aplicar detracciones? Porque el modelo K, de ese modo, se hace de recursos que no son compartidos con las provincias, violando el principio de federalismo fiscal vigente en la Argentina federal.

Por otro lado, mientras se diera la referida compensación entre detracción moderada y dólar alto, los precios internos de esos bienes no diferirían de los precios que tendrían sin detracción y con dólar en equilibrio. Al principio era sólo una cuestión fiscal, una forma de hacerse de recursos no compartidos con las provincias para poder gastarlo con fines electorales y clientelísticos.

Pero los precios internacionales de las materias primas empezaron a subir y se entró a complicar otro frente del modelo K: el frente de la inflación. Y como ya no bastaba con manipular el IPC y reprimir precios de servicios públicos, se empezó a utilizar el recurso de la detracción con el propósito de frenar la subida de los precios internos de esos bienes. Entonces, la tasa de las retenciones fue subiendo reiteradamente, en forma paralela al aumento de los precios internacionales, de modo de mantener acotados los precios internos de los bienes. En el caso de la carne, incluso se llegó a prohibir temporalmente la exportación con el mismo propósito, impulsándose la "sojización" que ahora se proclama enfrentar. Véase que en este caso la detracción percibida pasó a ser nula, en la medida en que se dejó de producir el hecho generador, la exportación, lo que prueba que el propósito ya no era sólo fiscal.

Así se llegó a la situación de los últimos días cuando las tasas de algunas detracciones se ubicaron casi en el 50% del precio de exportación. En Argentina se sorprendían de que "de cada dos camiones con soja uno se lo quedaba el gobierno y uno el productor", pero esa no es la comparación correcta sino que es aún más grave. El gobierno se queda con el 50% del ingreso por ventas, pero el productor se queda con el 100% de los costos, porque no es un gravamen sobre la utilidad sino sobre los ingresos brutos. En términos de ganancias, la expropiación pasó a ser casi total.

Pero el sistema tiene aún más graves consecuencias. Las detracciones hacen que la leche, la carne, el pan y el aceite sean más baratos para los consumidores, pero para todos y no sólo para los que por tener bajos ingresos, podrían ameritar alguna medida paliativa de su situación. El subsidio también llega a los dueños de las 4x4 que tanto irritan a la presidenta argentina, y dado que ellos consumen mucho más de esos productos que los pobres, son también mucho más subsidiados que ellos.

De este modo, caerá la producción argentina de los bienes objeto de detracciones y algún día habrá que importarlos al precio internacional que hoy se le niega al productor local, para abastecer la demanda interna. Los precios dan información y hoy en el país vecino informan que no conviene invertir en determinadas producciones. Y, como no sólo en Argentina hay tierra, muchos productores vienen a producir aquí, trayendo tecnología que no teníamos, capital de trabajo que antes sólo se conseguía en los bancos y economías de escala.

Quienes acá parecen no enterarse de las noticias que vienen de allá y además de ver mal la "extranjerización" de la tierra, siguen insistiendo con aplicar detracciones, deben saber que existen mecanismos más eficientes para lograr los mismos propósitos, pero sin introducir las distorsiones propias de las detracciones. Los precios internos deben reflejar los internacionales, de lo contrario la producción va a caer y los nueve mil millones de exportaciones que se esperan para este año serán algo efímero e irrepetible. El subsidio a quienes tienen bajos ingresos debe venir del presupuesto, y ser financiado con los impuestos generales. Existe hoy tecnología para focalizar el subsidio en quien se quiera que lo perciba, como bien lo sabe el Gobierno por su propia experiencia.

Mientras tanto, del otro lado del Plata la bomba sigue acumulando dinamita. El modelo K estirará su vida mientras los precios internacionales ayuden pero puede quebrarse aún en este caso, si los errores que se acumulen lo hacen explotar. Ese modelo, en definitiva, no es diferente al de mediados de siglo pasado: el Estado se apropia del excedente del agro y del petróleo y lo redistribuye entre sus amigos y aliados, ya sean empresarios de industrias protegidas o sindicatos.

Es nuestra propia historia de algunas décadas atrás, que implicó enormes transferencias del campo a la ciudad y que nos privó de crecer cuando el mundo crecía. Pero, felizmente, una historia que parece no reunir consenso hoy acá para ser reimplantada, a pesar de la insistencia de algunos gobernantes.



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