CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Londres, capital financiera del mundo, mostró días atrás imágenes que parecían propias de una economía emergente en dificultades. Largas colas de ahorristas agolpados ante las puertas de una institución financiera retirando sin pausa sus ahorros, a pesar de las declaraciones de sus propietarios y del gobierno de que se trataba de un episodio de iliquidez que no afectaba la solvencia de Northern Rock, institución dedicada al financiamiento de préstamos hipotecarios. Ciento cuarenta años tuvieron que pasar para que se repitiera una corrida bancaria en esa ciudad, y en este caso provocada por contagio de sucesos originados en Estados Unidos sin conexión financiera aparente. Para asimilarlo más aún a episodios similares que parecían propios de naciones emergentes, el disparador de la crisis de iliquidez seguida por la de confianza, fue un cierre instantáneo de las líneas voluntarias de crédito interbancario que financiaban el giro de la institución ahora en problemas. En otras palabras, por un hecho lejano se disparaba un cambio drástico en la percepción del riesgo del mercado de dinero londinense cuya consecuencia fue secar de la noche a la mañana las líneas de crédito para financiar la compra de paquetes de hipotecas. De ahora en más, se sabe que la reversión de los flujos financieros no es patrimonio exclusivo de los países en desarrollo, sino que con modalidades diferentes pero efectos parecidos, también aparecen en los centros financieros más sofisticados del mundo.
Y en la estela de esos acontecimientos van quedando por el camino reputaciones personales de jerarcas de gobierno construidas a lo largo de décadas, apareciendo acusaciones cruzadas de quién tuvo la culpa, y aflorando interrogantes de cómo resolver de la mejor manera estos episodios. Esto último da lugar al debate siempre presente pero aún no satisfactoriamente resuelto dentro de la industria financiera, de cuáles son las modalidades y los alcances de los programas óptimos de salvataje financiero. Como siempre, una vez más los hechos desbordan la retórica principista de evitar a ultranza los riesgos implícitos de los salvatajes indiscriminados.
LA CRONOLOGÍA. Northern Rock financiaba hipotecas con recursos del mercado de dinero de corto plazo a través de instrumentos financieros complicados que ocultaban el riesgo inherente de su operativa. Una vez conocidas las dificultades en el mercado de hipotecas norteamericano afloró la aprensión en sus ahorristas, quienes se agolparon en largas colas para retirar sus depósitos a mediados del mes de septiembre. Quienes intentaron hacerlo por la vía electrónica encontraban que la saturación del sistema se lo impedía. En una sociedad abierta, esas noticias se difunden vertiginosamente Ante esas dificultades, el día 17 el responsable del Tesoro del Reino Unido anunció que el gobierno garantizaba todos los depósitos del sistema sin importar monto, para evitar males mayores. De un plumazo se decretó la nacionalización de los depósitos. La drástica decisión detuvo el furor de la corrida, haciendo incluso que subiera la cotización de las acciones de todos los bancos, incluyendo las de Northern Rock.
Por su lado, el gobernador del Banco de Inglaterra declaraba entonces de manera triunfal que se habían disipado los riegos de una profundización de la crisis, al estar el Tesoro garantizando plenamente los depósitos de todo el sistema. También advertía que la Autoridad Monetaria no se movería un ápice de su postura tradicional de dejar caer instituciones insolventes producto de prácticas bancarias riesgosas. Con ello se daba por sobreentendido que se pretendían preservar los blasones de una banca regida por la más pura ortodoxia financiera, hecho que confirmaba una solvencia lograda a través de prácticas bancarias sólidas con casi un siglo y medio de vida. En términos darwinianos, bajo esas reglas las instituciones sobrevivientes eran por definición las más sólidas, cualidad que traspasaban al sistema bancario en su conjunto.
Como ocurre casi siempre, los vericuetos de la vida son más porfiados que los designios de los hombres. Y en tal sentido, en ese mundo de principios con seguridad había fisuras subyacentes que arriesgaban la solidez de todo el sistema.
Fue así que 48 horas después de esos anuncios enmarcados con el despliegue de blasones irrenunciables en materia de manejo de crisis bancarias, el Banco de Inglaterra claudicó anunciando su intención de inyectar liquidez al sistema por 10.000 millones de libras (20.000 millones de dólares aproximadamente) sin tener en cuenta la calidad de la garantía ofrecida. Con ello rodó por tierra el prestigio de su gobernador, Mervyn King, acunado en décadas de dictar ortodoxia sobre buenas prácticas para enfrentar este tipo de eventos.
LA LECCIÓN. Por experiencia sabemos que las crisis bancarias son animales difíciles de derrotar, pues se asemejan a la hidra mitológica de las siete cabezas. Cada una de ellas tiene una dinámica propia, en un caso alimentada por expectativas, en otros por contagio proveniente de lugares remotos, seguida de debilidades latentes por mala evaluación de los riesgos o falencias en la regulación.
De todas maneras, para tener éxito en esa lucha se la debe atacar en todos los frentes simultáneamente. No es ni una lucha en etapas ni tampoco una en la cual se puedan escatimar recursos. Es un combate con estocadas a fondo, que en esta materia significa inyectar toda la liquidez necesaria para preservar al menos la cadena de pagos; ofrecer, si no existe, un sistema de garantías generoso, y dejar que los accionistas de las instituciones insolventes hagan las pérdidas respectivas, incluso la propiedad total del banco.
Generalmente, es una lucha para la cual no hay bocetos únicos de acción sino sólo lineamientos generales. En su fragor, rápidamente se pasa de la teoría cargada de principios puros al arte de hacer política que, por definición, se mueve en el mundo de lo que es posible.
En ese proceso generalmente quedan por el camino prestigios académicos, carreras políticas e, incluso, expectativas electorales.
En menos de una década, hemos sido testigos de episodios de corte similar desarrollados en ámbitos muy diferentes, pero con connotaciones similares en los riesgos y las soluciones empleadas. Y nuestro episodio de la crisis bancaria del 2002 calza perfectamente en esos cánones.
Si tomamos como punto de partida arbitrario la crisis del sudeste asiático de 1997, vemos que la consolidación de su sistema financiero estuvo enmarcada en inyecciones de liquidez del sistema bancario privado internacional, incluyendo al FMI "incentivado" por Estados Unidos a través del brazo de la Reserva Federal de New York (RFNY). Un año después, la crisis del Hedge Fund LTCB fue solventada con aportes de liquidez masivos del sistema bancario privado bajo el auspicio de la RFNY, al mismo tiempo que se ponían a disposición líneas de redescuento de la Reserva Federal.
En el caso de Uruguay, lo que parecía un hecho menor por las dimensiones de la asistencia requerida y de las experiencias recogidas para resolver una crisis bancaria detonada por contagio regional, chocó inesperadamente con la tozudez del FMI propiciada por los países europeos, retaceando liquidez y encareciendo los costos de la salida. Nuevamente, la puerta lateral ofrecida por el Tesoro de Estados Unidos, facilitó el todavía aporte masivo de liquidez necesario para erradicar de cuajo la dinámica de la corrida bancaria y preservar la cadena de pagos.
El tratamiento de la crisis reciente en el mercado de las hipotecas en Estados Unidos, se hace con el mismo pragmatismo que caracterizó el accionar de sus instituciones en los episodios anteriores con autoridades diferentes.
El objetivo es preservar el funcionamiento de la cadena de pagos y el aporte masivo de liquidez es el instrumento básico sobre el cual se articula otra batería de políticas de segundo orden como fusiones, garantías de depósitos y ajuste en las regulaciones.
EL DEBATE EMERGENTE. Obviamente que estos episodios abrieron debates aun no cerrados, y que por la especie del problema que tratan, sin duda no lograrán respuestas definitivas. Quizá valga la pena citar la advertencia que recientemente ha dicho Alan Greenspan respecto a que los programas de salvataje de los sectores financieros nunca son perfectos. En tal sentido, en un reportaje dijo "no se puede calibrar la liquidez para rescatar sólo a quienes se lo merecen. Ayudar a la codicia o a quienes tuvieron malos comportamientos es un precio a pagar por la estabilidad de todo el sistema".
El meollo del debate apunta hacia el tema del "riesgo moral", en el entendido que los malos comportamientos en materia financiera siempre serán resueltos con la intervención del Estado aportando recursos de los contribuyentes para rescatar ahorristas que subvaluaron riesgos o accionistas de instituciones financieras con malas prácticas.
De todas maneras, al final del día, lo que importa contestarse para actuar sin dilación es si inyectando liquidez se evita la insolvencia, se controla la difusión del contagio hacia el resto del sistema y se mantiene operativa la cadena de pagos. Mantener vigente esa trilogía es esencial para el funcionamiento de toda la economía. Todo lo demás es perfeccionable y forma parte del debate. Pero no hace a la esencia del combate de las crisis bancarias.