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Alejandro Dumas y el sitio de Montevideo
Bohemio de las pampas

CARINA BLIXEN

A MEDIADOS del siglo XIX Alejandro Dumas (1802-1870) era una personalidad literaria. Había participado con Victor Hugo en las transgresiones que desde el teatro abrieron la puerta al romanticismo en Francia. Empresario del mundo del arte, dramaturgo notorio, narrador de éxito, periodista, Dumas se transformó en determinado momento en una "máquina" de producir narraciones: fantásticas, de horror, históricas, de aventuras. Lo hizo solo o con colaboradores en una difícil relación que tuvo sus crisis. Se considera que publicó alrededor de trescientas obras e innumerables artículos. Hizo y dilapidó fortunas. Le gustó viajar, pero no vino a Latinoamérica. Se involucró en la revolución parisina de 1848 y, tras Giuseppe Garibaldi, en la siciliana de 1860. Luego del triunfo garibaldino quedó en Nápoles hasta 1864. Quebrado económicamente, en sus últimos días se refugió en casa de su también famoso y homónimo hijo, el autor de La Dama de las Camelias (1848). Un año antes de morir inició un "Gran Diccionario de Cocina", que fue publicado en 1873.

Las novelas más recordadas de Alejandro Dumas, padre, son Los tres mosqueteros (1844) y El Conde de Montecristo (1845). Pero La Nueva Troya, la guerra privada de Dumas contra Rosas, publicada en 1850 en francés, español e italiano, no integra las listas sintéticas de las obras de Dumas. Está dedicada "A los heroicos defensores de Montevideo", y firmada por "Alejandro Dumas, escritor al servicio de Montevideo y adversario de Rosas". Este alegato novela, de escasa importancia como obra literaria, es una joyita para argentinos y uruguayos. La referencia a la Montevideo sitiada durante la Guerra Grande como "La Nueva Troya" recorrió el siglo XIX -así la recordó William Hudson en La tierra purpúrea (1885)- y mantuvo su fuerza sugestiva hasta la actualidad (ver Troya blanda de Amir Hamed, 1996). La Nueva Troya es una obra literaria que los rioplatenses tal vez podamos leer hoy como documento de las ambigüedades, los conflictos y las incongruencias que han signado las relaciones entre europeos, argentinos y "orientales". Tal vez el texto solo pueda ser divertido para los uruguayos y argentinos que disfruten de las complicidades y las ajenidades entre lo que escribe Dumas, los sucesos que narra, sus protagonistas y su entorno.

POR ENCARGO. Los detalles de la historia le llegaron a Dumas en versión directa de Melchor Pacheco y Obes, enviado por el gobierno de Montevideo en 1849 a París. En ese momento más de la tercera parte de la población montevideana era francesa. A diez años de comenzada la que sería denominada "Guerra Grande", el gobierno de la Defensa se debatía buscando alternativas de finalización. El objetivo de Melchor Pacheco era recolectar fondos y conciencias. Conquistó la de Alejandro Dumas, que en brevísimo tiempo escribió el relato que Pacheco y Obes le trasmitió. Se comprometió moral y afectivamente con los sitiados en Montevideo, los liberales, los que luchaban contra la tiranía. También con Pacheco y Obes, que adquirió en esta historia un protagonismo sin duda derivado de sus dotes de seductor.

"Era de pequeña estatura, rubio de cabello y barba, de ojos claros y penetrantes. Soñador y poeta, cantó en versos admirables la caída de los tiranos y el trabajo de la libertad…" dice de él el Hermano Damasceno (H.D.) en el Ensayo de Historia Patria (TII, 9ª ed., 1950). La figura y la rivalidad de Melchor Pacheco y Obes con los Rivera (Frutos y Bernabé) fue ficcionada por Tomás de Mattos en ¡Bernabé, Bernabé! (1988-2000). Cuenta en esta novela el episodio en que Melchor, mandado por Alvear, persigue a Bernabé que ha desertado del ejército. En la casa del padre de Josefina Péguy, Melchor narra "acicateado por el champagne y nuestro silencio, con espléndida elocuencia". Josefina piensa en determinado momento que tanto él como don Máximo eran "hombres de libros - de comercio o novelas de los Dumas- veían la guerra con esquemas de ajedrecistas o mosqueteros…". La referencia cruzada es una guiñada para el lector actual, posible conocedor de esta "pequeña historia" tramada entre un escritor profesional y un militar con veleidades literarias.

BÁRBAROS Y CIVILIZADOS. En 1845 Domingo Faustino Sarmiento había publicado Facundo. Civilización y barbarie, un libro clave, no solo en el siglo XIX. Es improbable que Dumas conociera el libro de Sarmiento cuando Melchor Pacheco fue a visitarlo. Pacheco sí estaba nutrido de las ideas sarmientinas. En 1847 y 1848 en Montevideo, una polémica sostenida entre Manuel Herrera y Obes y Bernardo Prudencio Berro había confrontado los dos conceptos. Tal vez Pacheco le cuente su historia, la historia de la rivalidad entre Buenos Aires y Montevideo, apoyándose en la oposición entre barbarie y civilización sabiamente madurada en el Facundo. El oído de Dumas estaba preparado; al fin de cuentas abrevaba en la misma fe en la civilización y el progreso que Sarmiento. Europa era el modelo, y Montevideo estaba más cerca de él que Buenos Aires, más contaminada por los indígenas y los gauchos: "el hombre de Montevideo no ha tenido tiempo de olvidar que es hijo, nieto o a lo más bisnieto de español; él tiene el sentimiento de su nacionalidad nueva pero sin haber olvidado las tradiciones de la vieja Europa, a la cual él tiende por la civilización, mientras que el hombre de la campaña de Buenos Aires se aleja de ella todos los días para retroceder hacia la barbarie".

EXOTISMOS. El comienzo de La Nueva Troya convoca al libro de viajes, a los deseos que éste despertaba en el lector civilizado: un paisaje exótico que se abre al europeo, una visión de los orígenes: "Cuando el viajero llega de Europa (…) lo primero que divisa, una vez que el vigía ha gritado ¡tierra!, son dos montañas: una de ladrillos, que es la catedral, la iglesia madre, la matriz como allá se dice; y la otra de piedra, salpicada de algunas manchas de verdor y coronada por un fanal: esta montaña se llama el Cerro". La historia comienza con la llegada de Solís a nuestras costas: "Fue Juan Díaz de Solís quien, hacia los comienzos de 1516 descubrió la costa y el Río de la Plata. Lo primero que vio el vigía fue el Cerro. Lleno de alegría, gritó en lengua latina: ¡Montem video! De ahí el nombre de la ciudad cuya portentosa historia vamos a esbozar rápidamente…". El lugar existe por la palabra y esta es la del hombre europeo, el latín, cuna de lenguas. Antes de la llegada del hombre de Europa no hay nada, no hay lenguaje ni historia.

Reúne con gracia los lugares comunes de los prejuicios nacionales cuando presenta a Artigas: "Era este un joven de veinte o veinticinco años, bravo como un viejo español, sutil como un charrúa, alerta como un gaucho". Al comienzo el narrador hace una categorización de los "tipos" que habitan esta zona Sur de Latinoamérica. En tercer lugar nombra al gaucho y hace su propia interpretación: "En Francia llamamos gaucho a todo aquel que vive en esas vastas llanuras (…) El gaucho es el bohemio del Nuevo Mundo. Sin bienes, sin hogar, sin familia, posee como únicos bienes, su poncho, su caballo, su cuchillo, su lazo y sus bolas. Su cuchillo es su arma; su lazo y sus bolas son su industria".

La Nueva Troya no es un libro de viajes, ni un relato épico cantado sobre el modelo de La Ilíada, aunque desde el título y en varios momentos del texto se la evoque. Más que contar, presenta caracteres, explica la situación, rastrea motivos. Los uruguayos somos maravillosos y los argentinos malísimos. Tampoco es un panfleto: parecería excederlo en la extensión y en los rasgos lúdicos e imaginativos de su lenguaje. Sería narración histórica si este adjetivo no implicara ninguna exigencia de rigor o fidelidad a los hechos.

Es minucioso el recuento de la diversidad de las costumbres de los hombres de uno y otro lado del río. No lo hace solo por un deseo de divertir o mostrar los "increíbles" caracteres que pueblan este territorio: encuentra en las diferencias la causa de la guerra. "Había, pues, como se ve, por todo lo que venimos diciendo, causas suficientes de ruptura entre Artigas y Alvear, entre los hombres de Montevideo y los de Buenos Aires. Fue aquello, pues, no solamente una separación, sino un odio: y no solo un odio, sino una guerra". La elegante y divertida enumeración se transforma en una explicación y última justificación de la guerra. En la base del discurso liberal de Dumas, se encuentra la convicción de que las desemejanzas son fuente de odio. Tal vez valga la pena recordar la conocida reflexión de Walter Benjamin: "no hay documento de civilización que no sea al mismo tiempo documento de barbarie".

LA NUEVA TROYA. La guerra privada de Dumas contra Rosas, de Alejandro Dumas. Prol. de Daniel Balmaceda. Versión en español y post-scriptum de Alejandro Waksman, 1ª ed, completa en español, Bs.As., 2005, Marea ed. 157 págs. Distribuye Océano.

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