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Postales del país de Evo
Siete historias que muestran los mil rostros de Bolivia, el país más desigual de América del Sur.

Luis Miranda, El Mercurio de Chile, Grupo de Diarios América

Gracias a la coca

"Acá, en los cocales, todos votamos por Evo porque él fue el primero en hacer que nos respetaran. Evo es nuestro. Él fue cocalero antes de ser diputado y ahora es presidente. Aquí todos votamos por él. Confiamos en él y sabe que puede confiar en nosotros."

El que habla es Luis Humerez. No es de aquí. Nació en el altiplano y llegó a la yunga, como llaman a este sector de Coroico, hace 25 años, luego de casarse. Desde ese momento, los cocales se convirtieron en su vida. "Tengo plantaciones de hojas de coca. Es mi vida. Y es imposible que esta unión se rompa. Es la base de todo. Como persona, como familia, como boliviano. Estos cocales son como mi banco. De aquí sale el dinero para que mis hijos estudien Derecho en la universidad, en La Paz".

Humerez es parte del voto duro de Evo Morales, el núcleo que lo va a respaldar con más fuerza y el que está más orgulloso de que él haya llegado al poder. "Evo sabe que la hoja de coca es la base de Bolivia. Y sabe que si cosechamos café o frutas, nos vamos a empobrecer. Evo nos dio dignidad. Por eso le va a ir bien, porque sabe que la coca y los cocales son un orgullo", señala. El hombre muestra las semillas de coca, las que puede cosechar tres veces al año: "Evo Morales nos conoce, sabe que los cocaleros estaremos allí porque es nuestra tierra y nuestra vida. Puede confiar en que nunca lo abandonaremos".

La huelga

Un día cualquiera. En Bolivia las huelgas se suceden tan comúnmente que parecieran ser un factor rutinario de protesta y no la herramienta final de presión. Hay tantas huelgas que ya no sorprenden. Pese a la situación, el contingente policial está feliz. Hoy estrena nuevo uniforme, más completo y seguro. Un casco de fibra de vidrio, chalecos antibalas, protectores tipo canilleras y coderas, además de escudos plásticos en caso de que les lancen piedras o bombas Molotov. Se les conoce como la Unidad Táctica de Operativos Policiales.

"Está bonita la ropa", dice uno de ellos. "Vamos a estar más seguros". A pocos metros, Jacqueline Rivas, de una organización de Cochabamba, explica: "esta es una huelga que tiene que ver con las movilidades indocumentadas". Se refiere a los automóviles que no están inscritos y que, por lo mismo, no tienen permiso de circulación. Son autos que fueron internados de manera ilegal a Bolivia y sus dueños a sabiendas de que la compra era fraudulenta, pero necesaria por lo barata, intentan regularizar la situación del vehículo.

La huelga enfrente del edificio Orón, donde vive el ministro de Hacienda, es el método para que el gobierno los escuche y les solucione el problema. "Queremos regularizar y tener nuestros papeles al día, y salir a todas partes sin que nos detengan ni que paguemos coimas y multas. No somos muchos, somos 4.000, pero nuestro gobierno no nos hace caso. Y eso que tenemos documentos escritos". Jacqueline Silva habla con el resto de los huelguistas. Renga. Lanza panfletos y ordena los carteles dispuestos en la pared. A causa de la movilización, el tránsito se ha puesto más lento. Las bocinas dialogan entre sí. Pero todo parece estar relativamente tranquilo. "Tenemos fe en Evo", explica Silva. "Confiamos en que va a dar la cara, en que se va a sentar con nosotros a dialogar. Y vamos a tener acercamientos muy buenos. Creemos que se va a poder definir la situación con Evo Morales. Lo veo más sincero y más honesto. Por eso mi voto fue para él".

Mientras tanto, y casi al llegar a una esquina, huelguistas y policías compran un plato de comida en un carrito. "Arroz y carne", dice uno de los policías. "Lo mismo quiero yo, ordena otro". Comen. Los huelguistas hablan de sus demandas y los uniformados, de su nuevo uniforme. "¡Nosotros tenemos confianza con este nuevo gobierno que comienza!", grita un hombre gordo en medio de la protesta. Los policías se miran y uno de ellos dice en voz baja: "nosotros también".

La mujer de Morales

Una mujer mayor se tapa la cara con las manos. A su lado, fuera de la foto, se encuentra su nieta, que la mira y hace lo mismo. Con sus manos más pequeñas intenta cubrir su rostro, pero no puede. Están sentadas en la entrada de una casa, en una calle lateral del pueblo de Coroico, que es una pequeña ciudad a 98 kilómetros de La Paz, unida a la capital por un inverosímil sendero de tierra y piedras al que le llaman "el camino más peligroso del mundo": tiene una sola vía y siempre se recorre a través de precipicios y cruces de gente muerta a lo lago de la ruta.

Ella, la señora de la foto, es gente de Evo. En 2001, cuando Morales era un diputado y líder cocalero, dio una entrevista a un diario de Cochabamba. Allí muchos lo conocieron y resultó que su historia era la de cualquier boliviano. "Mi papá es Dionisio Morales Choque, mi mamá María Mamani. Somos una familia de nacionalidad aymara. Somos siete hermanos, de los cuales vivimos sólo tres. Mis otros hermanos perdieron la vida de uno o dos años, éste es el término de vida que tienen las familias o los niños en las comunidades campesinas. Más de la mitad se muere y nosotros, qué suerte, nos salvamos tres de los siete".

La mujer que se tapa la cara fue una de las personas que votó por Evo Morales porque, pese a existir una estabilidad económica (el PBI ha crecido a un 4% anual, las reservas internacionales netas del Banco Central Boliviano alcanzaron un nivel histórico de 174 millones de dólares durante 2005, los depósitos en moneda nacional se incrementaron en 7,6% y la inflación de este año se elevó apenas al 4,9%), la estructura social y política está hecha pedazos. El desempleo se empina casi al 10%, desde 2003 se han sucedido tres presidentes de la República y se han producido decenas de crisis políticas y cientos de bloqueos. Bolivia está más pobre y la distribución de su riqueza es la peor del continente, sobrepasando a Brasil. Su clase política ha perdido toda valoración.

Evo Morales representa más que una opción de cambio: para personas como esta mujer, Evo es la esperanza de un nuevo camino. Aunque no sea el mejor, los bolivianos están dispuestos a confiar en él. Cuando le preguntaron en aquella primera entrevista si era feliz, Evo respondió: "Yo conduzco las luchas con una gran satisfacción. Eso me hace feliz. Expresar lo que no pueden expresar los compañeros, denunciar lo que ellos no pueden denunciar, es una alegría".

"No tengo por qué tener miedo. Su tarea, ahora, es que él nos gobierne", dice la mujer.

Seis mujeres

Tres y tres mujeres. Unas están adentro del restaurante y las otras, afuera. Tres son universitarias y tienen el futuro prácticamente asegurado. Las demás, a pesar de ser tan niñas, saben que su destino será duro. Ninguna de las seis votó por Evo, aunque todas tienen una opinión favorable de él. Las seis mujeres se llaman Michelle, Denisse y María del Carmen. María, Ángela y Sonia. Tres y tres.

Adentro: "hay un apoyo, pero con algo de miedo. La gente está apostando al cambio", dice María del Carmen. "Todas votamos por Jorge Quiroga, pero estábamos subestimando mucho a Evo. Ahora que ha sido elegido con mayoría, tenemos que apoyarlo", agrega Michelle. Afuera: "cuidamos autos, pedimos dinero. Tocamos el timbre de un edificio y corremos. Y a veces nos sacan de las partes donde estamos", cuenta María, de 13 años, la niña más alta. "Venimos al barrio sur porque aquí hay dinero", cuenta. "Somos todas hermanas", dice Ángela. "Mentira, no somos hermanas, somos amigas", explica Sonia. "Evo es de nosotros", dice ella. "Es pobre", repite María. Las tres niñas ríen a carcajadas. "¿Tiene dinero?, échelo al tarrito". Adentro: "Esperamos que Evo se rodee de gente que sepa", opina Michelle.

Las seis mujeres se miran a través del vidrio. Las niñas intentan ingresar, pero el dueño del local las ahuyenta. Las tres mujeres de adentro toman café. Afuera, tres pequeñas mujeres corren.

La discusión

Julio Salazar y Andrea Fernández beben ron con coca cola en un local de la zona más acomodada de la ciudad. Ambos estudian economía en la Universidad Católica de La Paz. Hace más de un año que son novios. Se conocieron en la universidad y se enamoraron con el cariño que tienen los hombres y las mujeres a los 20 años. Entrega, amor y admiración máxima. De eso se trata. Pero cuando comenzó la campaña para elegir presidente, el amor se congeló y las ideas dieron paso a la gran discusión. "No voté por Evo Morales. Lo hice por el ex presidente Quiroga, el otro candidato", dice Salazar, mientras toma un sorbo de ron. "Yo voté por Evo", afirma Fernández. "Y lo hice porque en realidad hacía falta un cambio. Siempre le tocó gobernar a una clase de gente. Y ahora, por derecho, les tocaba tener a uno de los suyos en el poder. Y si les va bien a ellos, nos irá bien a todo el país".

Salazar observa a su novia. Desde que empezó el tema presidencial, entre ellos hubo tantas tensiones como en la sociedad boliviana. Cada uno deseaba con todas sus ansias cambiar el voto del otro. ¿Será Evo Morales un hombre capacitado para gobernar un país?, ¿era Jorge Quiroga el mejor hombre para sentarse en el sillón presidencial boliviano? "Yo le decía a mi novia que Evo es un tipo sin educación. Alguien que no tiene un bachiller o un grado superior no puede ser presidente. Sólo eso". "Es hora de que otra clase social gobierne. Es la democracia. Y es el momento de hacerlo", responde ella. Ambos se miran a los ojos, se ríen.

Quiroga obtuvo el 28,5% de los votos, mientras que Evo Morales alcanzó el 53,7%. Mayoría absoluta. "Lo cierto es que la elección pasó y nuestra relación está más relajada", dice Fernández. "Aunque hay que ver cómo se viene el futuro", explica Salazar y añade: "ojalá que las cosas mejoren, aunque no tengo mucha fe, la verdad". Andrea lo abraza. Hace chocar el vaso de plástico con la botella de licor y dice: "y si no le va bien, al menos estaremos juntos".

Detrás de la máscara

Un sol brillante rebota en el asfalto de La Paz. Un niño que cubre su rostro con una especie de gorro pasamontañas mira desde el suelo y repite algo que parece una plegaria: "lustro zapatos". Su piel oscura acentúa sus ojos blancos y cafés. El muchacho toma la escobilla y le da un leve golpe al lustrín. "Me ando tapando para evitar la polvareda y el olor de la crema. Y para que no nos vean la cara. Me protege, eso es lo importante. La gente que no conoce puede sentirse incómoda porque somos enmascarados, como fantasmas. Pero no es así. Sólo nos cuidamos la cara del polvo, de la suciedad".

El niño se llama Nelson y mira hacia arriba. "Páseme el otro zapato", ordena. Según el Instituto Nacional de Estadísticas boliviano, 165.040 niños de entre 7 y 14 años trabaja en Bolivia. En cada cuadra del centro de la ciudad se puede ver al menos a un lustrabotas enmascarado. Las escobillas vuelan por sobre el cuero y la respiración de Nelson, a 3.600 metros de altura, es tan normal como las nubes en el cielo. "Espero que mi país cambie con el presidente Evo. No tengo edad para votar, pero se siente una esperanza distinta en la gente", confiesa.

"Somos tres hermanos que vivimos y trabajamos. Mi papá tiene su otra esposa y yo vivo con mi hermano. Mi mamá ha muerto hace como cinco años, cuando yo era un changuito. Mi madre se ha envenenado, porque no le daban plata para el ganado. Ella decidió envenenarse".

El muchacho pasa brillo en los zapatos y mira hacia el cielo. Toma un extremo de su máscara y la baja lentamente. Su rostro es limpio y sin marcas. Sonríe y la expresión ingenua y triste de un niño aparece por unos segundos. "Yo tenía 8 años. Ahora tengo 14, estoy más mayor", dice. "Al principio no sentí mucho, pero ahora extraño el amor de ella. De mi madre. Mis amigos tienen el amor de sus mamás y de sus familias. Yo no. Cuando lustro a veces me siento triste. Es extraño. Me siento callado".

Los zapatos brillan. Los ojos del lustrabotas, también.

La mirada del empresario

Fito Ascarrunz, empresario, camina tranquilamente por una calle de zona sur de La Paz, el sector más acomodado de Bolivia. Es hora del almuerzo y se dirige a su amplia casa de dos pisos, color blanco y portón de madera negra. Se detiene en la esquina, saluda a dos vecinas e intercambian opiniones sobre el futuro del país. "Espero que le vaya bien a Evo Morales, pero ¿qué se puede esperar de alguien que le falta estudio, que no tiene mucha educación?", comenta.

Los pasos de Ascarrunz se hacen más cortos. A pesar de que la zona sur aglutina a la clase más acomodada del país, el candidato a diputado del partido de Evo, Guillermo Beckar Cortez, obtuvo allí un 34% de la votación, lo que le sirvió para ser elegido por esta circunscripción. El hombre mira con seriedad. "De la palmera al Rolls Royce, diría yo", sentencia, refiriéndose al presidente. "Ojalá que le vaya bien, pero me siento preocupado por lo que va a hacer Evo. Le deseo lo mejor, pero es como darle a un mono una hoja de Gillette. Eso es lo que pienso de este presidente. Un consejo le doy a Evo: que no se pelee con el mundo. Que no se enfrente con Estados Unidos, no es bueno. También han estado hablando de golpes de Estado. Creo que son payasadas de un pobre diablo como Chávez, un milico con traje tropical". Abre la puerta de su casa.

El barrio sur está a 3.200 metros de altura. No es tanto. En La Paz, mientras más alto uno se encuentre, más pobre es.



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