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LUCIANO ÁLVAREZ
El 5 de septiembre de 1661, D`Artagnan, capitán de la guardia de mosqueteros del rey, fue encargado por Luis XIV de una misión de alta importancia: debía arrestar a Nicolas Fouquet, el todopoderoso Superintendente de Finanzas, Vizconde de Melun, vizconde de Vaux, marqués de Belle-Île, protector y mecenas de una larga lista de artistas, arquitectos escritores, entre los que se encontraban Moliere y La Fontaine, a la cabeza de una interminable lista.
Así se hizo. Las órdenes también incluían que Fouquet no podría comunicarse con nadie y sus residencias, que eran varias, serían revisadas exhaustivamente en busca de todo documento que probara la acusación de malversar fondos públicos.
El juicio a Fouquet fue una farsa y un gran espectáculo montado con todo detalle. En las calles se vendían como folletines las actas del proceso, mientras desfilaban los grandes arcones, plenos de supuestas pruebas, escoltados por piquetes de mosqueteros. El superintendente fue condenado a prisión de por vida y en ella murió 20 años más tarde.
Cuando cayó en desgracia, Fouquet tenía 46 años. Poseía una inteligencia brillante, era tan ambicioso como seductor y tan admirado como detestado. Dominaba como nadie su oficio y conocía a la perfección el aparato fiscal y financiero del reino. Si bien es cierto que había adoptado la peligrosa costumbre de usar el tesoro y los créditos del Estado como suyos, no es menos cierto que su labor le rendía altos beneficios al tesoro real.
Cuando el joven Luis XIV, luego de la muerte de su primer ministro, el Cardenal Mazarino, llamó a sus ministros y les comunicó que tomaría personalmente las riendas del gobierno, Fouquet no lo tomó en serio y no se guardó de decir que no imaginaba al rey trabajando ocho horas y revisando minuciosamente los papeles públicos. Durante los cinco meses siguientes siguió exponiendo al rey los gastos con gran detalle, exagerándolos y disminuyendo el monto de los ingresos.
Ese menosprecio del rey fue su primer y mayor error. Luis XIV escribiría en su Memorias: "Puede resultar extraño que haya querido servirme de él cuando se sabe que ya en esos días estaba al tanto de sus robos. Sin embargo yo conocía su inteligencia y su gran conocimiento del aparato del Estado, por lo qué, si prometía corregir su conducta y confesaba sus pasadas faltas, podría rendirme grandes servicios."
¿Por qué el rey cambió en pocos días de parecer y decidió la desgracia de su ministro? Son muchos los historiadores que encuentran la explicación en una fiesta.
Fouquet poseía una inmensa fortuna, no solo a raíz de su talento para desviar fondos públicos, sino mediante sus grandes inversiones en el comercio colonial, con puertos y fortalezas propias. En suma, Fouquet era más rico que el rey y no tuvo la prudencia de disimularlo.
Entre 1656 y 1661 había edificado un imponente palacio al sur de París. Compró las tierras vecinas, incluso hizo arrasar un pueblo, talar bosques, desviar ríos y construir una inmensa red de cañerías para alimentar las fuentes. Para ello contrató al mismísimo arquitecto del rey, Luis Le Vau, uno de los creadores del clasicismo francés. Su obra más importante fue precisamente el Palacio de Fouquet en Vaux-le-Vicomte. Los jardines fueron encargados a André Le Nôtre y la decoración al pintor y escultor Charles Le Brun. Más no se podía pedir, eran los mayores artistas de su tiempo.
Fouquet hacía ostentación de toda su magnificencia mediante imponentes fiestas. La que dio en la noche del miércoles 17 de agosto de 1661 fue la última y la de su perdición.
A las seis de la tarde llegó el joven rey, en compañía de su madre, la reina Ana de Austria. En cambio, la reina María Teresa, embarazada, no pudo asistir, aunque Luis XIV pudo consolarse con la compañía de su amante, Mademoiselle de La Vallière. El cortejo real estaba compuesto de seiscientos cortesanos, aunque se notaba la falta de algunos rivales de Fouquet como Jean-Baptiste Colbert el célebre ministro de finanzas.
El rey recorre el palacio y se detiene a observar las pinturas de Le Brun, plenas de alegorías en honor al dueño de casa. Se destaca su escudo de armas con una ardilla y el título "Quo non ascendam?" (¿Hasta donde podré subir?).
Cuando los mil invitados terminaron de visitar el palacio y sus jardines se organizó una lotería durante la cual se sortearon gran cantidad de joyas en diamantes para las damas y armas para los varones. Luego llegó la comida, preparada por el célebre Francois Vatel: es un "ambigú", buffet que presenta una enormidad de platos desde los salado a lo dulce. La vajilla es impresionante; los cubiertos son de vermeil (plata cubierta de oro de 18 a 22 kilates).
Terminada la cena, se representa una comedia ballet especialmente escrita para la ocasión por Molière -Les Fcheux- con música de Jean Baptiste Lully. Durante los intermedios las damas son servidas con dulces y obsequiadas con joyas. Todo se termina con un festival de aguas y fuegos artificiales.
Jean de La Fontaine, el célebre fabulista, escribió: "Todo trabajaba en Vaux para el placer del rey: la música, las aguas, los lustres, las estrellas." Pero el escritor se equivocaba. El rey se sintió ofendido y humillado ante una ostentación que no estaba a su alcance. Incluso se retiró antes del final de la fiesta y parece ser que esa misma noche tomó la decisión de arrestar a su ministro.
En la realidad las razones que fundaban su arresto eran más profundas que aquel enojo. Luis XIV, el joven rey de veintitrés años quería dar la señal de que, a partir de ese momento había decidido tomar las riendas del poder directamente, camino hacia lo que la historia conocerá como absolutismo, sintetizado en una frase que en realidad nunca pronunció, pero expresaba su pensamiento: "El Estado soy yo". Fouquet fue menos un culpable que un chivo expiatorio.
Pero al mismo tiempo aquella imponente fiesta le dejó una lección que aprovecharía a lo largo de todo su reinado: la magnificencia de Versailles sería su consecuencia. Allí en medio de una fiesta perpetua, el rey -como dice André Maurois- "supo dar precio elevado a los favores más pequeños: una invitación, una palabra, una mirada. Una frivolidad solemne es uno de los mejores instrumentos del despotismo."

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