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Debe haber pocos ejemplos de pueblos abiertos al mundo como el uruguayo. Será por nuestro tamaño, por el peso de la inmigración, o por nuestra historia, tan inmersa entre la de nuestros vecinos. Pero la sociedad uruguaya siempre ha estado pendiente de la actualidad internacional y regional tanto o más que de la propia. Los más de 150 años de vida de los partidos fundacionales son prueba contundente de ese espíritu.

Siendo consecuentes con esa tradición, Uruguay ha estado a la vanguardia de todos los procesos de integración regional. Desde Aladi hasta el Mercosur. Y pese a los enormes sacrificios que ellos han implicado a nuestra sociedad, sobre todo este último, una mayoría de la población, de todos los colores políticos, sigue viendo esa integración como la gran herramienta que posibilite el despegue final de nuestros pueblos. Sin embargo, los últimos eventos que han marcado al bloque regional, han generado una masiva desconfianza. Y con buenas razones.

Para empezar el Mercosur hace tiempo que es más un dolor de cabeza que una solución para el país. Lo que se suponía era una unión comercial que iba a beneficiar a todos sus miembros, se ha vuelto un club político, donde prima un proteccionismo rampante y la ley del más fuerte. Un reciente informe del diario La Nación muestra que en 10 años del bloque, el único beneficiado fue Brasil con un superávit intrazona de US$ 36.818 millones, en tanto que Uruguay presentó un déficit de US$ 12.666 millones, Argentina otro de US$ 13.618 millones y Paraguay de US$ 12.666 millones.

Ante esta situación, el actual gobierno ha impulsado el ingreso de Venezuela, incluso violando a sabiendas las reglas del bloque, como la gran carta que permitirá sacarlo de su embolia actual. Se dice que resulta mezquino centrarse demasiado en la incómoda figura del presidente Chávez, que es un país con un potencial energético increíble, que tiene una producción complementaria con la del resto de los países. Incluso con palabras poco delicadas, el presidente Mujica ha dicho que "los gobiernos pasan y los países quedan".

Pues bien, si alguien pensante pudo verse seducido por esos argumentos, con escuchar solo unos minutos del acto político realizado en Brasilia en el que se confirmó el ingreso de Venezuela al Mercosur, rápidamente quedó desasnado.

No haremos referencia a las palabras de Cristina Fernández y Dilma Rousseff, dos ejercicios de hipocresía capaz de revolver la sangre a un muerto. Tampoco al discurso de Hugo Chávez, siempre girando en torno al mismo eje de autopromoción de su socialismo trasnochado y a alguna oportuna frase de Bolívar que nadie sabe si alguna vez pronunció y en qué contexto, el prócer venezolano.

Es que lo más inquietante de la batería de discursos en Brasilia vino, lamentablemente, de boca de nuestro presidente de la República, José Mujica.

Comenzó con una seguidilla de los más trillados lugares comunes del victimismo latinoamericano. De cómo es el continente más desigual del mundo, de las masas de "aborígenes analfabetos olvidados" y hasta de "la negritud que habla algo parecido al inglés". Incluso se dio el lujo de volver a recordar con tono insidioso lo mal que la están pasando en ese malvado "mundo rico", a raíz de la crisis actual. Y como si todo eso fuera poco, terminó con un par de frases típicas de su repertorio, atacando a los sectores intelectuales diciendo que "la historia del futuro no la pueden escribir los que leen dos diarios por día", y acusando a quienes osan discrepar con su visión, de hacerlo por tener "intereses de clase".

Se podría hablar de lo absurdo que significa a esta altura del calendario seguir culpando a otros por las penurias latinoamericanas, o de lo ridículo que es ignorar la responsabilidad que le ha cabido en nuestra pobreza a muchos gobiernos demagógicos y populistas que han plagado nuestra historia con el mismo tono mesiánico y refundacional que impregnó los discursos de Brasilia. O incluso de lo soberbio que resulta reírse de la desgracia europea, cuando el más sufriente de sus países nos aventaja en 20 lugares en el ranking de desarrollo humano. Pero hay algo peor. Eso es creer que se puede lograr un proceso de integración real y sostenido, despreciando a los sectores intelectuales de nuestros países, y sembrando un odio de clases tan apolillado como inconducente. Si esa es la receta que ofrece Mujica para reflotar la agonizante integración latinoamericana, parece claro que ese camino nos llevará nuevamente al fracaso y a la decepción.

El País Digital
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