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En la reunión mendocina del Mercosur, el presidente uruguayo no estaba de acuerdo con el ingreso de Venezuela, considerando la ingrata circunstancia del retiro forzado de Paraguay. Pero depuso su negativa luego de un encuentro a puerta cerrada con las presidentas de los dos grandes vecinos. En esa misma cumbre, el mandatario uruguayo aspiraba a que el país pudiera establecer acuerdos bilaterales fuera del Mercosur, pero eso fue admitido por Brasil y Argentina solo si lo hace con países latinoamericanos. La soberanía uruguaya sigue soportando la hipoteca mercosuriana, que debe pagarse en cuotas de aceptación y sometimiento impuestas por un mercado regional cuyas decisiones las toman otros. En esa situación la dependencia uruguaya no es novedosa, sino que refleja la suerte de los países pequeños cuando hacen frente a vecinos poderosos en una relación desventajosa donde puede jugarse su futuro.

En efecto, el desvalimiento de los más débiles ha sido una constante de la política internacional a través de la historia, como recordarán los memoriosos si piensan en Grecia avasallada por Roma, en Irlanda sometida por Inglaterra o en Polonia ocupada por Rusia. No se necesita llegar al extremo de la anexión para comprobar los efectos de esa cercanía irresistible, donde la presencia de un país grande puede ser decisiva en cuestiones de orden económico, estratégico o cultural, sin ir más lejos, para domesticar la voluntad o condicionar la independencia de maniobra de un país chico. En el caso uruguayo, el agravante consiste en que no tiene un vecino poderoso sino dos, lo cual redobla los desafíos, los riesgos y las eventuales subordinaciones bajo la estructura de un mercado común que en la práctica se ha desfigurado hasta convertirse en un torneo entre los dos socios mayores, donde los menores son espectadores inoperantes cuya intervención se solicita cuando conviene.

El Uruguay debe resignarse si saca conclusiones y profundiza ese repaso a los ejemplos históricos, observando episodios aleccionantes como el ocurrido entre Austria y la indefensa Serbia en 1914, entre Alemania y la rendida Checoslovaquia en 1939, entre Estados Unidos y el postrado Panamá en 1989. Hubo ejemplos geográficos más cercanos sobre la consecuencia de una vecindad desigual, el peor de los cuales fue la guerra de la Triple Alianza de 1865, donde Paraguay se desangró frente al poderío de brasileños y argentinos, un conflicto donde Uruguay figuró imperdonablemente. El desamparo de Paraguay se repite ahora con la suspensión que se le propinó, en la que Uruguay vuelve a servir como escudero de los dos grandes jinetes regionales, en un gesto cuyo dudoso alcance legitimador queda sellado por el parche venezolano con que se pretendió cicatrizarlo. Conviene observar atentamente lo que el lunes 2 declaró el vicepresidente uruguayo al respecto. Entre otras cosas, dijo que el ingreso de Venezuela es "una agresión institucional muy importante, quizás la más grave en los veintiún años del Mercosur. Ojalá se pueda hacer algo para revertir esa medida". Todo el mercado común debería reflexionar sobre eso.

Lo más triste que puede sucederle a un país pequeño es actuar como ladero del desplante de unos socios más grandes, sin prever que en cualquier momento puede ser víctima del mismo atropello que se complació en secundar. Porque en ese caso el país pequeño olvida que la conducta honorable (y el respeto por los asuntos internos de las naciones débiles) es lo primero que pierden los poderosos cuando les disgusta algo de un aliado menor, y que la consecuencia de ese pleito puede ser humillante para quien no aprende de las experiencias históricas en materia de relaciones vecinales. Esa experiencia es la que permite tomar en cuenta lo que le pasó a Corea frente a Japón en 1910, lo que les pasó a Bélgica, Holanda y Dinamarca frente a Alemania en 1940, lo que les pasó a los países bálticos frente a la Unión Soviética en ese mismo trance, lo que les pasó a Nicaragua o a Guatemala frente a Estados Unidos durante el siglo XX, sin olvidar el corrimiento de fronteras de Bolivia frente a Chile, de Ecuador frente al Perú o de Finlandia, Rumania y Polonia frente a Rusia. Y todo eso por no hablar de las presiones económicas, políticas o comerciales, que no se ven en el mapa pero resultan igualmente opresivas. Olvidar el pasado puede llevar a revivirlo.

El País Digital
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