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El tráfico de drogas comparte con una actividad legal como la venta de armas, el primer lugar entre los mayores negocios del mundo. La masa de dinero que mueve esa actividad clandestina, y que determina el poder de sus operadores, explica la influencia que pueden ejercer los narcos en la economía, la política o la seguridad de los países más infiltrados por las redes de producción, distribución y venta de estupefacientes. Esa penetración es irresistible y para medirla puede bastar con el ejemplo del multimillonario rédito de las tres organizaciones mafiosas del sur de Italia, con el grado en que el narcotráfico ha entrado en las estructuras de la guerrilla colombiana o con el diluvio de asesinatos cometidos por los carteles mexicanos desde que el gobierno les declaró una guerra frontal, a fines de 2006.
El periodismo no se ha salvado de ese desastre, como quedó confirmado hace un mes cuando aparecieron en el puerto mexicano de Veracruz los cadáveres torturados y desmembrados de cuatro reporteros gráficos, un episodio que se inscribe en la pavorosa carnicería desencadenada por los narcos como respuesta a la ofensiva de las tropas. El riesgo que corren los periodistas por cumplir con su tarea informativa en ese campo dominado por la barbarie, ennoblece a la profesión al convertirla en un desafío de vida o muerte, a idéntico nivel del peligro que enfrentan otros colegas como corresponsales de guerra en frentes tan temibles como Afganistán, Somalía o Siria. Se sabe que desde comienzos de este año han sido asesinados 27 hombres de prensa a nivel mundial, según comunica un informe de Reporteros sin Fronteras.
Pero los cuatro cadáveres de Veracruz son apenas una muestra dentro del interminable catálogo de horror producido por el enfrentamiento con los narcos en México, ya que durante los cinco años y y medio que lleva ese conflicto interno ya han muerto 50.000 personas, el 90% de ellas vinculadas de alguna manera a la droga. Porque además de eludir a las fuerzas gubernamentales, los carteles luchan entre ellos por territorios y retazos del tráfico, multiplicando los frentes de combate y el número de víctimas. Hasta el momento, la cifra de muertos equivale a 25 por día desde noviembre de 2006, un ritmo exterminador que debería estremecer a los países donde el narcotráfico está en pleno proceso de expansión, como el Uruguay, donde el asunto sigue tratándose dentro del anecdotario de la crónica policial, aunque merecería una consideración más grave y profunda.
En este país, que hasta hace poco tiempo parecía tan ajeno a los estragos de ese submundo, ciertos productos como la pasta base o la cocaína siguen ganando terreno -especialmente entre la juventud- a una velocidad impresionante. Sus primeras víctimas pertenecen a una clase aplastada por las carencias culturales, económicas y afectivas, entre otras precariedades ambientales para las que una droga es un escape o un refugio. El beneficio económico que ese negocio criminal deja a sus reclutas, captados en sectores pobres de la sociedad, es un arma de persuasión irreprimible. Cuando la policía informa sobre el número de bocas de venta en ciertos barrios periféricos de Montevideo, y agrega que el allanamiento de esos lugares y la detención de sus encargados no interrumpe la venta (porque pasa de inmediato a otras manos) se descubre el dinamismo vertiginoso del sistema, alimentado por el constante flujo de dinero y el acelerado aumento de una clientela cuyo consumo empieza en la pubertad. Uruguay se siente todavía alejado del apabullante promedio de 25 muertos por día que ha alcanzado el infierno mexicano en la materia, pero los episodios montevideanos de violencia y sus pujos de criminalidad ya han logrado que en los primeros cinco meses de 2012 se haya dado casi un homicidio por día, cifra inaudita para un país que nunca tuvo esa gráfica sangrienta y que poco a poco va demoliendo el valor que se confería a la vida humana, junto al respeto por su preservación, pérdidas desconsoladoras para una sociedad que fue pacífica y se vanagloriaba de ser incruenta. El gran negocio de la droga, alentado por el lucro voraz que lo respalda, continúa avanzando y sólo queda imaginar cuánto tiempo deberá pasar para que ese dramático ritmo de un homicidio diario que golpea al Uruguay, vaya aproximándose a escalas mucho más mortíferas. Lo que hasta ayer era inusitado, hoy ya es real .




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