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LEONARDO GUZMÁN
Se llamaba Sirocco y ahora es La Pasiva. Esquina con recuerdos tiernos: por ejemplo, allí nos reuníamos con Américo Torres, cuando la dictadura lo dejó sin trabajo. Y fue allí que a un pobre padre lo fulminó un rapiñador obsesionado por tirar para imponer respeto. Si repugna la frialdad del matador, estremece su caricatura macabra del respeto confundido en criminalidad. En el delito, como en los pescados, la pudrición empieza por la cabeza. Lástima que públicamente muy pocos se ocupan de matar el crimen donde germina: en los sentimientos.
Pero más allá del clamor ciudadano que el caso generó, hubo en la semana otros dolores preocupantes.
El Fiscal Dr. Ricardo Perciballe fue trasladado de Crimen Organizado a Civil. Vinculada o no su salida a casos pendientes, entristece y alerta que un Magistrado a quien la persona moral Estado le encargó una misión de las más altas, pueda ser desplazado sin miramientos y con apariencia sancionatoria. Ese destrato no pasa inadvertido.
Ningún vínculo -ni causa- tenemos con el desplazado, salvo la consideración que nos ganó por algunas vistas fundadas que le hemos leído -y los magistrados hablan por las piezas que escriben. Pero mucho más que un vínculo, tenemos una radical identificación con el respeto por las personas y la libertad de todos los dictaminantes de la Administración. Y muy especialmente los del Ministerio Público, por cuya independencia técnica y personal debimos en 2003 separar del cargo y sumariar nada menos que al Fiscal de Corte, afrontando incomodidades para hacer triunfar la razón que al final nos reconocieron -al Presidente Batlle y al firmante- los 14 técnicos que después dictaminaron.
En los mismos días, marchó a la cárcel un Juez de Artigas que se apropió de dinero incautado. ¿Falencias humanas? Sí. ¿Comprensibles? Quizás. Pero no por eso el caso deja de sumar bochorno a un servicio que crece más por inflación burocrática que por autoridad y precisión conquistadas día a día.
Véase. En la baranda de un Juzgado del Departamento de Canelones, el martes oímos a una abogada forcejear para que una libertad firmada se cumpliera de inmediato. Hay orden de no faxear libertades después de las 17. Pensamos: ¿ese es el progreso, en un país que 30 años atrás -sin Tratados ni simposios ni fax- tenía actuarios y funcionarios que trabajaban hasta fuera de hora y en feriados para cumplir libertades? Sigue habiendo esa clase de hombres con alma normativa: salvémoslos antes que los devore un sistema de operadores que se quede precisamente sin alma.
Las doctrinas ensombrecieron el sueño siglo XVIII de leyes transparentes con respuestas totales. En su lugar, avanzó la convicción de que jueces, fiscales y abogados creamos la norma para el caso concreto, a partir de interpretaciones sistemáticas de los principios. Pero últimamente los principios perdieron fuerza rectora, y se rebajaron a meras recomendaciones; las interpretaciones se alejaron de la rotundidad de la lógica y se desvanecieron en argumentación; y el conjunto así degradado vino a inscribirse en un relativismo pegajoso donde nada es firme y todo vale.
Es por esos caminos que hoy llegamos a tener crimen enseñoreado en la calle y Justicia jaqueada. Pero no nos arredremos: a pesar de todo, es con esos materiales humanos que deberemos generar la luz de un pensamiento que sea fuente de un Derecho que reviva en la voluntad de cada uno de nos.






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