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Visitantes. La compañía española de teatro clásico se lució con "El alcalde de Zalamea"
CARLOS REYES
No es la primera vez que la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de España, se presenta en Montevideo. Pero sí es la primera vez que ofrece al público uruguayo un texto de Calderón de la Barca, en un espectáculo que quedará para el recuerdo.
El grupo teatral visitó Uruguay en 2008 para ofrecer Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, y dos años después trajo La estrella de Sevilla, de Lope de Vega. Con este nueva presentación, que tuvo lugar entre el jueves y el domingo pasados, no solamente se afianzó un vínculo institucional: también se pudo disfrutar de un elenco fuerte, enmarcado en un montaje sencillo pero lleno de interés.
Aquel Don Gil... que llegó en 2008 presentaba todo un juego escenográfico que esta vez no estuvo tan presente. En este espectáculo sobre texto de Calderón, la escenografía de Carolina González apostó a la potencia de un escenario vacío, que con pocos elementos de tramoya cambiaba y generaba los espacios para las distintas escenas.
Quizá lo que más asombró al público local en este nueva visita fue la dicción de los intérpretes, esa manera de decir el verso del Siglo de Oro que si por un lado fluye casi como el habla cotidiana, por otro impregna el ambiente de una musicalidad que da un aire hermoso y extraño, de cosa única.
De hecho, cuando la obra comienza, el magnífico texto de Calderón puede parecer algo confuso al espectador. Pero a los pocos minutos, en cuanto el oído se acostumbra, la poesía y la filosofía del gran dramaturgo español empieza a llegar al público con cierta familiaridad que recuerda el carácter hispano de estas latitudes.
En ese aspecto, cuando los actores locales hacen verso clásico, siempre encuentran un escollo en la pronunciación que en general es imposible de superar.
Más allá de eso, el montaje del director Eduardo Vasco (que ya se va haciendo conocido entre el público uruguayo), apostó a las interpretaciones y al texto, dejando que las escenas se jugaran apelando en buena medida a la imaginación del espectador.
Un elenco numeroso y solvente brindó todo tipo de climas, desde las escenas de jolgorio, cantos y música, hasta los pasajes cargados de dramatismo. No faltó la concreción con eficacia de los momentos más metafísicos, ni tampoco estuvieron ausentes las correrías y las escenas de capa y espada.
En ese renglón, como señala el director, esta pieza maravillosa de Calderón (solo equiparable a La vida es sueño), ofrece claramente ambas vertientes: desde la más filosófica hasta los tipos populares y el retrato de costumbres. O sea que no ser vio sobre el escenario mayor del Teatro Solís un Calderón solemne, como ha ocurrido tantas veces. El gran acierto de Vasco fue entremezclar los pasajes más frescos y costumbristas con los más profundos y reflexivos, fundiendo ambos en una única cuerda.
También la música en vivo ayudó a crear un clima de época, aunque no es intención de la compañía española crear espectáculos de corte arqueológico, sino hacer respirar con nuevo aire esos textos inmortales.
Un ejemplo de eso es la sencilla escenografía de El alcalde de Zalamea, sencilla pero llena de sentido y de gran funcionalidad. La escenógrafa resolvió básicamente con una serie de tabiques que bajaban sobre el escenario para compartimentar con simplicidad la escena. Pero ese simple efecto de tramoya fue enriquecido por una serie de texturas que entraban en diálogo con los distintos momento de la obra.
Actuaciones de gran nivel hubo muchas, desde el personaje de Pedro Crespo (a cargo de Joaquín Notario) hasta el de Don Lope (por cuenta de José Luis Santos). Jaime Soler, encarnando al capitán Álvaro de Ataide, lució una potencia cargada de matices.
También los roles femeninos dejaron muy buena impresión, en particular Eva Rufo, que interpretó a la hija de Pedro Crespo con suma convicción y a la vez naturalidad. Fue eso, naturalidad, lo que más tuvo este espectáculo, una naturalidad que hizo que el verso clásico sonara familiar, como si fuera lo más común del mundo dialogar en verso, hablar métricamente.








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