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FRANCISCO FAIG
El veterano excombatiente de la resistencia francesa, Stéphane Hessel, publicó en el 2010 un panfleto que ha tenido un éxito fulgurante en todo Occidente: indignez- vous!.
La gran influencia de este corto texto es seguramente una de las razones de la multiplicación de los movimientos ciudadanos de 2011 en España, Israel, EE.UU. o Grecia. Para Hessel, los jóvenes en particular deben indignarse de la evolución del mundo y de los poderes financieros que todo lo acaparan.
Cierto es que esta influencia del panfleto en la vida de los países no es nueva. Ya en 1898, el gran Émile Zola había escrito su J`Accuse!, para denunciar el antisemitismo de parte del ejército francés en el célebre caso Dreyfus; y, por supuesto, la revolución francesa y nuestras revoluciones americanas de principios del siglo XIX multiplicaron con éxito estos instrumentos de propaganda política.
Hoy en día estamos precisando una vigorosa reacción ciudadana que se indigne de muchas cosas que están pasando en el país. ¿Cómo es posible que con el mayor presupuesto de la historia para la educación, la ANEP sea incapaz de mantener en buen estado los centros de enseñanza? ¿Por qué no terminan nunca de implementarse las pulseras para los agresores, que dan más seguridad a las mujeres que sufren de violencia doméstica? ¿Por qué siguen demorándose las inversiones en infraestructura, cuando hace ya meses que se aprobó la ley de participación pública y privada? ¿Qué esperamos para tener funcionando una AFE moderna y eficiente? ¿Por qué hay acuerdo político en la educación y se sigue formando a las nuevas generaciones en una historia reciente completamente sesgada a favor del FA? ¿Por qué no renunciaron las autoridades públicas vinculadas a escándalos que demuestran una total incapacidad de previsión y de gestión -en el censo y en el Hospital Maciel? ¿Hasta cuándo Montevideo será una ciudad sucia, ruidosa y lenta? ¿Por qué aceptar que nos estamos transformando en la sociedad más violenta del cono sur y que es inevitable que fallen las políticas de seguridad? ¿Por qué aceptamos que se mantenga una política social asistencialista sin el debido control de las contrapartidas en salud y educación impuestas por ley?
Fallamos como sociedad, porque lejos de indignarnos porque no hay respuestas aceptables a estas preguntas (y a muchas otras más), nos acostumbramos a la infame mediocridad instalada que, por cierto, ya tiene su célebre frase: "Es lo que hay, valor".
Sin embargo, aquí hay alguna gente que tiene mayores responsabilidades que el resto. Se trata de los intelectuales; los Hessel y los Zola: aquellos que están más formados que los demás, que tienen la posibilidad de pensar la evolución del país, y que conocen distintas realidades del mundo que pueden ser modelos para mejorar nuestras políticas públicas.
El drama de nuestro Uruguay es que la inmensa mayoría de sus intelectuales, que son casi todos de izquierda, ha dejado su responsabilidad social a un lado. Aquí, ninguno se indigna. Si alguna vez conjugaron el espíritu crítico con la honestidad intelectual, hace ya mucho tiempo que solo se interesan por disfrutar del banquete ofrecido por sus compañeros en la mesa de la bonanza económica. Traicionan así el sentido de exigencia ciudadana que se precisa para construir un país de primera. Y por su complacencia, son indignantes.










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