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Argentina/España 2012. Dirección: Daniel Burman. Guión: Daniel Burman, Sergio Dubcobsky. Fotografía: Daniel Sebastián Ortega. Música: Nico Cota. Montaje: Luis Barros. Diseño de producción: Margarita Tamborino. Vestuario: Roberta Pesci. Producción: Daniel Burman, Diego Dubcobsky. Intérpretes: Norma Aleandro, Valeria Bertucelli, Jorge Drexler, Luis Brandoni, Gabriel Schultz, Silvina Bosco, Salo Pasik.
Daniel Burman debería exhibir esta película acompañada de un folleto explicativo donde aclarara qué se propuso al hacerla. Esa intención no surge del relato con la claridad indispensable para descifrar la peripecia del protagonista, un hombre joven con dos hijos que se niega a una nueva paternidad (mediante la vasectomía), busca evadirse de la realidad (con los juegos de naipes), se resiste a recuperar el amor (ante una antigua novia que vuelve) y no quiere enfrentar la verdad (mintiendo sobre el pasado y el presente). Ese conflicto no aqueja solamente a quien lo sufre, sino también a la película que lo describe, hasta volverla tan confundida como su personaje.
El dato llamativo consistía sin embargo en que esa figura central está interpretada por Jorge Drexler, cuya fama musical abría una expectativa y un margen de curiosidad sobre este debut como actor. Su desempeño es un esfuerzo atendible y tiene la ventaja de estar rodeado por la capacidad profesional de un elenco de dos generaciones (Valeria Bertuccelli, Norma Aleandro, Luis Brandoni). Pero eso no basta para remediar el desconcierto del director ni para despejar el borroso planteo de una crisis, frente a lo cual el público espera que lo rescate un giro revelador, capaz de aclarar lo que ha estado viendo y escuchando. Ese giro no llega.
Un espectador con muchos años de experiencia cinematográfica puede no sólo ser capaz de juzgar lo que una película es, sino también de reconocer lo que esa película quiso ser. En este caso el realizador parece haber diseñado su tema como esos pequeños mosaicos sobre seres comunes, armados con los hechos menudos de cada día (rutinas, charlas, encuentros, contrariedades), para que el resultado respire con la misma naturalidad de la vida, donde el significado de las cosas va surgiendo poco a poco de la suma de esos apuntes. Para lograrlo, empero, se necesita un pulso narrativo, una intuición y un manejo de sugerencias que hagan fluir esa corriente sin que se note la mano que la mueve. Aquí la idea se deshilacha, la levedad del efecto se pierde y el aroma de la crónica se evapora.
Eso incluye la entrelínea judía de la historia, con personajes que integran esa colectividad y abundantes referencias a sus reglas, sus relaciones y hasta su música. Porque en definitiva el sesgo tiene más emotividad que verdadero sabor o interés testimonial. No parece fácil entonces descubrir si aquí se habla del papel que juega el azar en el trajín cotidiano, de un hombre con temor ante las oportunidades que ofrece su entorno o ante el desafío de emprender una nueva existencia. Cabe agregar que luego del acierto de una comedia menor (El abrazo partido), Burman ya ha tenido dificultades en la formulación de otras propuestas (El nido vacío, Dos hermanos), para lograr el tono de esos dramas familiares y afinar la exploración de esa intimidad. Su nuevo film permite aconsejarle una etapa de autocrítica y reflexión que puede ser no sólo oportuna, sino también provechosa.








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