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JORGE ABBONDANZA |
Ya lo había dicho hace años la voluntaria que atendía un comedor popular de Caritas en Roma: "Estamos alimentando a una nueva clientela, la de saco y corbata". Se refería a una pequeña burguesía italiana que resbalaba hacia el umbral de la pobreza, cuyas necesidades no eran visibles para un turista pero sorprendían a la encargada de un servicio de beneficencia. Seis años después el proceso se aceleró, arrastrado por la crisis europea y también por los desatinos del gobierno Berlusconi. Y así la atribulada Italia (octava economía del mundo y tercera de la eurozona) se acercó a la bancarrota, demostrando que también ella necesitaba un servicio de urgencia que la rescatara del naufragio.
Simbólicamente, cuando el crucero Costa Concordia se fue a pique frente a la costa del Tirreno, pareció reflejar otro hundimiento mayor. A veces un hecho resulta sugestivo por el momento en que ocurre, y levanta un espejo en que algunos países pueden contemplar lo que les sucede. La caída de las Torres Gemelas anunció otro derrumbe, el de la imagen internacional de Estados Unidos por la invasión de Afganistán e Irak. El escándalo de corrupción de Iñaki Urdangarin muestra hasta dónde ha trepado la crisis de España, que es también una crisis de valores. El engañoso cáncer a la tiroides de la presidenta argentina, emblematizó otras falsas apariencias y otros desmentidos en la gestión pública. La enfermedad de Chávez reproduce la fase terminal de un sistema democrático extenuado. El final de Muamar Gadafi pudo aleccionar a su colega Bashar Asad, aunque algunos prefieren no mirar en el espejo.
Milagrosamente, Italia ha podido subir a un bote salvavidas auxiliada por Mario Monti, un hombre que supo enfrentar el espejo. Ese primer ministro convocado de apuro, está sacudiendo al país con una serie de decretos (impopulares pero salvadores) como el del durísimo ajuste fiscal, la suba de impuestos, la reforma de las pensiones, la reducción de la burocracia, la simplificación de trámites engorrosos o la desregulación de ciertos servicios públicos, con todo lo cual se espera reanimar una economía estancada y estimular un mercado laboral abrumado por el desempleo. Se dice que el gabinete de Monti (formado por técnicos en todas las áreas) se atreve a hacer lo que un gobierno político elegido en las urnas nunca se habría animado a realizar.
El prestigio internacional de Monti crece día a día y permite que Italia recupere su voz ante los grandes. Un timonel providencial puede salvar el barco y demostrar de paso, en medio del temporal, que no todo es desalentador en la vapuleada Europa de hoy.








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