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Enfoque. El libreto de Dustin Lance Black favorece este retrato de J. Edgar Hoover
JORGE ABBONDANZA
Qué chasco. Este cronista fue a ver "J.Edgar" con las expectativas correspondientes a una película poblada de talentos y dedicada a un personaje famoso. Pero 160 minutos después, descubrió que esas expectativas se habían evaporado.
J.Edgar Hoover (1895-1972) murió a los 77 años y durante 48 de ellos dirigió el FBI, es decir la policía federal de Estados Unidos. En ese cargo se destacó no solo por su autoritarismo sino además por ciertos rasgos de una mentalidad intolerante que lo caracterizó hasta el fin.
Allí figuró su anticomunismo junto al racismo, el antisemitismo y la homofobia, perfiles que lo llevaron a combatir algunas tendencias políticas (desde el liberalismo o el integracionismo hasta la izquierda radical) dedicando su vigilancia al espionaje de miles de ciudadanos a través de la violación de su intimidad, su teléfono o su correspondencia.
Con esa montaña de información, Hoover armó un archivo confidencial cuyos expedientes fueron destruidos por su secretaria luego de su muerte.
Lo curioso es que el retrato de ese sabueso no tenga en cine la crudeza ni la penetración que puede permitir una película de hoy, sino todo lo contrario. Lo que hizo Clint Eastwood -un director muy capaz, como se sabe- es en cambio una biografía pudorosa, trazada con más recato que sagacidad, como si estuviera trabajando en el Hollywood anterior a 1968, donde reinaba la censura a nivel político, cultural y moral.
La consecuencia es que el producto de esa retracción no aparece revestido (como cabía esperar) de un aire controversial sino ligeramente puritano, imponiéndose voluntariamente unas limitaciones que no sólo parecen discutibles ante semejante personaje, sino que desvirtúan su retrato y empobrecen el panorama de su época.
Hoover era tan temible que no se atrevió a destituirlo ninguno de los nueve presidentes norteamericanos con los que prestó servicios, y eso que la lista incluye a Roosevelt y a Kennedy. Manejaba tantos secretos sobre la casta dirigente, incluyendo los de alcoba, que eso le aseguró el sillón durante casi medio siglo.
Pero la película elige suavizar los entretelones de su gestión, omite el caso Rosenberg, el macarthysmo y el problema cubano, pasa de largo sobre los asesinatos de Martin Luther King o los dos Kennedy, y con ello blanquea la silueta del personaje y del organismo que dirigía.
Esa operación sanitaria canjea las denuncias que correspondían a una figura con más sombras que luces, y obtiene en su lugar un enfoque indulgente, casi patriótico, donde hasta la notoria relación que Hoover mantuvo durante décadas con un asistente, se reduce a un vínculo platónico. La que paga el pato es en cambio Eleanor Roosevelt, cuyo lesbianismo recibe claras referencias.
Un terapeuta diría que en esas opciones Eastwood delata sus simpatías y sus fobias, pero en todo caso puede agregarse que está bastante condicionado por el libreto de Dustin Lance Black, que favorece los aspectos meritorios de la tarea de Hoover -su empecinamiento en aclarar el caso Lindbergh o su combate al crimen organizado- en perjuicio de operativos menos decorosos que eran la clave del inmenso poder que acumuló.
Pero ese libreto se demora además en pormenores y reiteraciones que eran remediables (por no decir irrelevantes) prestando a la película una base de dudosa puntería, extremadamente larga y atestada de adelantos y retrocesos en el tiempo, cuya utilidad más visible consiste en cargar de maquillaje a Leonardo DiCaprio -y a la pobre Naomi Watts- hasta la máscara de goma que marca su avanzada edad. A Judi Dench no le hace falta ese agregado para su papel de madre absorbente.
Los años no vienen solos, y Clint Eastwood ya tiene 82. Luego de una atrayente carrera como realizador, que fue creciendo desde intrigas eficaces hacia algunos dramas envolventes como índice de su madurez expresiva, el desgaste de la edad se trasluce en un cine más prolijo que revelador, cuyo detenimiento no favorece la indagación ni aumenta el interés, sino la fatiga.






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