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DIEGO FISCHER
Se hace difícil reconocerse en esta Punta del Este", me dijo esta semana Daniel, un amigo argentino que veranea aquí desde niño y que como yo está promediando el medio siglo de edad. Mi amigo desembarcó en la Península cuando predominaban los chalés de techos de tejas y las construcciones en altura importantes se limitaban al edificio Vanguardia, el Santos Dumont y los históricos Nogaró y Miguez . Entonces Punta del Este era conocida internacionalmente pero no se había recibido de balneario internacional. A mediados de los años 70 llegó el boom inmobiliario y la península cambió para siempre y no precisamente para bien su fisonomía. Pero es sabido que contra el progreso disfrazado de especulación y apadrinado por regímenes dictatoriales no se puede luchar. Fue una batalla perdida de antemano y sus heridas aún se pueden ver en los esqueletos de la avenida Roosevelt. Luego vinieron los años 90 y la palabra glamour desembarcó en estas latitudes de la mano de aquellos que se divertían y festejaban con pizza y champán. Ya conocemos cómo terminó la fiesta. Desde hace unos siete años Punta del Este vive en un estado de cambio permanente.
¿Adónde conduce esta nueva y desaforada explosión inmobiliaria? Nadie lo sabe. Nadie se anima o atreve a hacer pronósticos. No hay rincón del balneario que se salve de las edificaciones que se anuncian y venden hoy donde antes de ayer había una casa que formaba parte del paisaje. De Portezuelo a José Ignacio. De la ruta 104 a la 9; por todos lados se construye. Ni hablar de la Mansa donde las casonas y sus jardines están en vía de extinción; como ya sucedió sobre la Brava. Por avenida Roosevelt, por avenida Artigas, por Chiverta, por donde se imagine, se levantan enormes torres con centenares de apartamentos.
La construcción genera miles de puestos de trabajo. Es cierto. Y el reciente censo lo demostró: Maldonado es el departamento que ha tenido un aumento significativo de su población y de los problemas que eso apareja, claro. Bienvenida sea la afluencia de inversiones; mientras ello signifique mejor calidad de vida para muchos compatriotas y respeto de todo lo que hizo de Punta del Este un lugar único en el mundo : su naturaleza. A nadie favorece que este edén explote de automóviles en enero y que sea imposible andar en bicicleta por el tránsito. Ni a los que especulan con las construcciones gigantescas les sirve que, en algunas zonas de la Brava, las moles de cemento ya tapen al sol a determinadas horas. A este ritmo, no solo Daniel será el que no se reconozca en la geografía de aquí. Sino que a muchos de los veraneantes de larga data les pasará lo mismo. Son los que llevan generaciones viniendo a la península. ¿Alguien se ha puesto a pensar y planificar a la Punta del Este de la próxima década?.










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