Lunes 17.12.2012, 22:03 hs | Montevideo, Uruguay.

Activar lengüetas



 
 
4 5 23 23
Vota por esta Noticia:
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  • 23 votos
Comentarios: 0

Hoy se cumplen dos años del comienzo de la primavera árabe. En efecto, su detonante fue la inmolación en la plaza de la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, de Mohamed Bouazizi -un joven vendedor ambulante- en reclamo del maltrato recibido por parte de la Policía al confiscarle su puesto callejero de venta de frutas. No era un incidente raro en la historia reciente de ese país. Sin embargo, fue ese el que desencadenó manifestaciones, ataques a oficinas del gobierno y comisarías de Policía que terminaron, poco menos de un mes más tarde, con la dictadura de 23 años de duración de Ben Alí.

Como sabemos, la revuelta rápidamente ganó al importante Egipto. Tan temprano como el 11 de febrero de 2011, Mubarak se vio obligado a abandonar el poder que ocupaba desde 1981, bajo la presión de un masivo levantamiento popular que llevaba 17 días en las calles. Luego tocó el turno de Gadafi en Libia. A través de la resolución 1973 de marzo de 2011 intervinieron las Naciones Unidas, para cumplir con el deber de proteger a las poblaciones civiles en peligro. Francia y Gran Bretaña, respaldados por Estados Unidos y actores regionales como Qatar, colaboraron con los rebeldes libios. Tras ocho meses de conflicto armado, Gadafi fue capturado y ejecutado el 20 de octubre.

Menos protagónicas pero igualmente relevantes fueron las reformas y medidas que se llevaron adelante de urgencia en distintos países de la región en un sentido de democratización política y social: en Marruecos, con una reforma constitucional, pero también en Jordania, Argelia o Arabia Saudita. Hasta los más pequeños y tradicionalistas regímenes de Barhein y Kuwait han enfrentado protestas por una mayor apertura democrática. Más trágico ha sido el escenario del frágil y geopolíticamente estratégico Yemen, en donde el presidente emigró y en donde los drones estadounidenses, periódicamente, bombardean zonas gobernadas en los hechos por Al Qaeda.

En estos dos años algunos países parecen encaminados hacia una profundización democrática, con enormes dificultades y a distintos ritmos: son los casos de Túnez, Marruecos y hasta cierto punto Jordania. En Egipto y Yemen la evolución puede ser hacia la "fawda", desorden en árabe.

En todas partes, sin embargo, ha asomado un actor relevante: los Hermanos Musulmanes. Sunitas con fuerte presencia social y convicción religiosa, la Hermandad fue creada en 1928 por Hasan el Banna en Egipto con el lema "el Corán es nuestra Constitución y el Profeta nuestro jefe". El presidente egipcio Mohamed Morsi y su partido político Libertad y Justicia se identifican con este movimiento; en Túnez, ganaron la mayoría relativa en las elecciones del 23 de octubre de 2011 y el primer ministro Yabali responde a esta corriente. En Marruecos ocurre lo mismo con el Partido Justicia y Desarrollo que ganó las elecciones del 25 de noviembre pasado y llevó a su líder Benkirán a ser primer ministro.

El caso sirio merece una atención diferente. La guerra civil allí desatada desde 2011 lleva ya decenas de miles de víctimas. Pero el presidente se aferra al poder. En efecto, Bashar al-Assad, que asumió en 2000, es el principal aliado del régimen chiíta iraní. Pertenece a la minoría religiosa alauí, una rama del Islam chií que representa al 12% de la población siria, frente al 74% que son musulmanes suníes. Así las cosas, Los Hermanos Musulmanes quedaron excluidos de las elecciones legislativas del 7 de mayo pasado, las primeras pluripartidarias desde 1963 (y que fueran boicoteadas por la oposición), y ocupan un lugar en el Consejo Nacional Sirio que intenta sumar a representantes de la oposición al presidente Assad.

En Siria se juegan intereses estratégicos fundamentales. No solamente por la división religiosa chií-suní (no tan presente en el norte de África) y el peso de Irán, sino porque Rusia es principal aliado de Assad y cuenta allí con una base naval clave para su influencia geopolítica en el Mediterráneo. El papel de las grandes potencias en Libia en 2011 ratificó la idea de Moscú de no ceder más terreno en esta zona relevante del mundo -financiera, energética y demográficamente- para la conformación internacional del siglo XXI.

Así las cosas, a pesar de las esperanzas iniciales, nadie puede asegurar hoy que esta primavera termine trayendo más libertad, democracia y prosperidad en el mundo árabe.

El País Digital

Clic en botón Play
para escuchar
la noticia

Te recomendamos las siguentes noticias

    Otras noticias de Editorial

    Comparte     Corrige y comenta
     
    Ir al inicio