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Editorial  | CRÓNICAS DE LUZ Y DE SOMBRAS

El ojo del tigre

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LUCIANO ÁLVAREZ

Tulle es una pequeña y antiquísima ciudad del centro sur de Francia sobre la ribera de un río, encajonada, larga, estrecha y tortuosa. Una guía turística indica que no hay gran cosa para ver y agrega que tiene una calle importante llamada Mondégot (Mi asco) que "lleva adecuadamente ese nombre". A pesar de todo algunos datos le aportan una cierta relevancia: Francois Hollande, actual presidente de Francia fue su alcalde entre 2001 y 2008, en Tulle nació el gran cineasta Eric Rohmer (1920-2010) y posee una afamada fábrica de acordeones.

Hoy tiene 15.000 habitantes, apenas dos mil más que en 1917, cuando una avalancha de cartas anónimas desencajó a sus habitantes y atrajo la atención de toda Francia. Eran tiempos de guerra, el temor al espionaje, la paranoia colectiva y el lado oscuro de la condición humana obraban para que los anónimos se multiplicaran: los soldados, en el frente constantemente recibían cartas de ese tipo sobre la inconducta de sus esposas o las maniobras de un compañero de trabajo para quedarse con su puesto, aprovechando su ausencia.

He aquí el marco de esta historia que comienza cuando Angèle Laval, de 31 años se enamora de Jean-Baptiste Moury de 40, su jefe en las oficinas de la municipalidad. Éste la trata con decoro pero está enamorado de otra funcionaria, Marie-Antoinette Rioux, de 22 años, con quien anuncia su boda. Angèle Laval decide volcar su amargo rencor no sólo contra Jean-Baptiste y Marie-Antoinette, sino contra sus colegas de oficina y su entorno. La primera de las ciento diez cartas que recogerá el proceso fue enviada en diciembre de 1917; firma "El ojo del tigre".

Con astucia Angèle desliza sus cartas en las bolsas de las amas de casa, en el borde de las ventanas, en los bancos de la iglesia. Denuncia desde adulterios a pequeños robos y opina duramente sobre el carácter de las víctimas. El lenguaje es crudo, directo; vulgar: cornudo, traidor, ladrón, cobarde, asquerosas devotas, diablos de confesionario, son adjetivos que se repiten. Pero esta solterona descorazonada no carece de astucia. Escribe algunos anónimos en los que aparece como la denunciada: Jean-Baptiste recibe uno en el que dice que se cuide de los cantos de sirena de Angèle Laval, que tiene pretensiones sobre él, pero es una seductora que lo haría desgraciado. Incluso llega a acusarse de ser la autora: "Angèle Laval es una miserable que actúa por odio, celos y rencor, Es una loca, una chiflada."

Así pasan tres años durante los cuales la sospecha invade la ciudad; los anónimos alimentan todas las conversaciones y al mismo tiempo siembran la desconfianza y el temor cuando no el terror. El clímax se alcanza en 1921 cuando aparece en la puerta del teatro de Tulle una lista de catorce personas junto al nombre de sus respectivos amantes. Entonces se produce la bisagra del caso. Auguste Gibert, actuario del Municipio, sufre una depresión nerviosa y se suicida.

El caso resuena en la lejana París. La prensa sensacionalista acaba de quedarse sin un gran tema luego de la condena de Landrú el 30 de noviembre de 1921. Los anónimos de Tulle le vienen de perillas. Hay misterio, una ciudad apestada por el miedo donde todo el mundo se vigila y sospecha, un muerto. Están los ingredientes para que la ciudad sea invadida por los reporteros que construyen un gran escándalo nacional. La prensa sensacionalista no se equivoca: El caso es verdaderamente maquiavélico, la investigación tiene los condimentos necesarios, del resto se ocupan los periodistas que zurcen la intriga, la embellecen, introducen el suspenso, construyen la imagen de los protagonistas, sus sentimientos y carácter. La prensa no inventa nada pero le otorga al hecho su dimensión universal, desde el punto de vista psicológico y social.

Francois Richard, el juez de la causa se convierte en el gran protagonista. Jean-Yves Le Naour, autor de un libro reciente sobre esta historia dice que este juez "embriagado por la atención que le prestan los periodistas, envanecido por verse en el primer plano de la actualidad nacional, […] olvida la deontología y va confiando a la prensa todos los avatares de su investigación."

En su afán de protagonismo, el juez no se ahorra nada: un periodista le sugiere traer un espiritista de París que permita interrogar a los testigos mediante una experiencia parasicológica. Richard se convierte en el hazmerreír de todo el mundo; lo destituyen y Angèle Laval envía un nuevo anónimo: "Richard fue borrado, estoy feliz". En nuevo juez, apellidado Malrieu actúa con la prudencia que le faltó a su predecesor, sabe que el círculo de sospechosos es reducido y actúa en consecuencia.

Sin embargo, el caso no avanza. Se decide, entonces acudir al más célebre grafólogo de la época, el Dr. Edmond Locard. Entre otros procedimientos somete a un dictado a los ocho sospechosos más probables, entre los que se encuentra Angèle Laval. En una primera instancia los resultados no son concluyentes.

Pero el caso tiene una nueva vuelta de tuerca: la madre de Angèle, Louise Laval se suicida, tirándose al río. La prensa vuelca decididamente su mirada hacia la hija. El Echo de Paris escribe: la mujer aparece cada vez más claramente como una desequilibrada y es probable que, temiendo sin duda la decisión de la justicia, haya sido ella quien llevó a su madre al suicidio.

Un nuevo dictado desenmascara definitivamente a Angèle, que se quiebra y confiesa. El veredicto del juez estuvo más acorde a la importancia real del caso que a su trascendencia mediática: Fue condenada por difamación e injurias a dos meses de cárcel y a una multa de doscientos francos. Aclarado el misterio, el caso de las cartas anónimas de Tulle parece caer en el olvido. Angèle Laval retomará su vida y morirá pasados cincuenta años de los sucesos, a los ochenta y uno.

Sin embargo, en 1937, el guionista Louis Chavance rescató la historia y le propuso a un joven director, Henri-Georges Clouzot, hacer una película. En 1943 se estrenó "El cuervo", que tendrá su propia historia, su propio escándalo y la exposición de otras miserias.

El País Digital
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