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JORGE ABBONDANZA
Con argumentos irrebatibles, el cardenal Jorge Bergoglio (arzobispo de Buenos Aires) cuestionó la exposición anunciada para el viernes 29 en el Centro Municipal de esa ciudad. Lo que la muestra desplegará es una selección de objetos, documentos, recuerdos, fotografías y reliquias de Juan Pablo II, el papa que reinó entre 1978 y 2005. Y lo que Bergoglio considera inaceptable es que en esa exposición se cobrará entrada (50 pesos), porque para él "así se confunde la veneración de reliquias con un acto comercial". A pesar de su solemne título, "Las reliquias de Juan Pablo II camino a la santidad", el sesgo mercantil de la muestra va más allá de la boletería, porque entre las 140 piezas a exhibir figuran desde una ampolla con gotas de sangre del pontífice hasta una bicicleta, unos zapatos y el par de esquíes que utilizó en su juventud.
Esa mezcla parece menos venerable que el beato a quien está dedicada y por ello resultan muy certeras las razones manejadas por Bergoglio en su comunicado. Porque según él (y no solo él) se pretende traficar con bienes espirituales, una actitud impropia del carácter de esa exposición viajera, que sin embargo está organizada por el Museo del Vaticano y el Museo Arquidiocesano de Cracovia, donde seguramente quieren cubrir los gastos que demandó la iniciativa. "Los fieles que deseen orar delante de las reliquias, deberán abonar la entrada", dice el arzobispo en su mensaje. Puede ser oportuno acompañar esa opinión con algunos recuerdos personales de este cronista, igualmente referidos a la Iglesia.
Hace unos años, ante la puerta de Santa María Gloriosa dei Frati -que es el templo más grande de Venecia- este viajero se topó con el anuncio de que debía pagar entrada si quería ingresar. Se propuso entonces hablar con un miembro de la congregación y mantuvo un largo debate con el fraile que lo atendió. Le dijo que como católico pretendía entrar a un lugar de oración sin que le cobraran por hacerlo, mientras su interlocutor aducía que con esa tarifa se ayudaba a conservar las obras de arte exhibidas en los altares y muros del recinto. No hubo entendimiento, porque el viajero hablaba de razones religiosas y el fraile se aferraba a cuestiones económicas, sin reparar en la naturaleza discriminatoria del cartel de la entrada, reñido con el carácter del lugar y tan inaceptable como la medida denunciada por el cardenal porteño.
El hecho se repitió años después ante la catedral de Burgos, cuando el mismo viajero descubrió que debía pasar por una boletería si aspiraba a recorrer el interior de esa mole ojival dedicada al culto. Por curiosidad observó el mercado que funcionaba en una entrada lateral en torno a la taquilla, con una vistosa tienda donde se vendían recuerdos y una larga cola de visitantes delante de la ventana del boletero. Entonces resolvió no entrar a ese otro templo donde el derecho de los fieles a circular no pasa por la libre voluntad sino por el bolsillo. Ahora, Bergoglio -considerando que una entrada de 50 pesos argentinos es también una manera de cerrarle la puerta al sector más pobre de la concurrencia- sostiene que "relacionar la veneración con un acto comercial causa escándalo". Algo similar es lo que pensó un viajero en Venecia y en Burgos, donde se provocan otros escándalos.









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