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HEBERT GATTO
Transcurrida una semana de la sustitución de Héctor Lescano y el director de UTE Gerardo Rey, comienza a aclararse el trasfondo de una serie de decisiones presidenciales que nadie entendió. Lo que no significa compartirlas ni aprobar su notoria desprolijidad. Dicho esto sin incluir en ellas la destitución de la infortunada Graciela Muslera, que más allá de la torpeza con que fue procesada, obedeció a una decisión madurada desde hacía tiempo y relacionada directamente con la gestión de la ministra.
Todos sabemos, que nuestro Presidente, más allá de su sinceridad, no es un hombre especialmente calificado para el manejo del Estado. Nunca, en ninguna época, fue fácil reunir las cualidades suficientes para representar y manejar una nación. Los que lo lograron son de los pocos que la historia recuerda. José Mujica no es uno de ellos. Lo que, sin embargo, no era imaginable, más bien sus antecedentes lo desmentían, es que siendo Presidente procediera como un hombre de partido, propiciando posiciones sectoriales y adoptando decisiones estatales en función de los intereses y reclamos de su colectividad política.
Cuando el pasado domingo tres, se reunió en su chacra con el director de la OPP, Gabriel Frugoni, el subdirector Jerónimo Roca, su colaborador Homero Guerrero, su asesor Pedro Buonomo y el prosecretario Diego Cánepa, el Presidente estaba apelando a su equipo económico propio, la alternativa al que se desempeña en el Ministerio de Economía a cargo de representantes del Frente Líber Seregni.
Recién en ese momento su estrategia política se hizo clara: mediante las sustituciones efectuadas notificó a Astori y a los suyos, en desmedro de las formas y de la propia cortesía que desconoce, que la cuota de poder del Vicepresidente en el gobierno estaba en jaque, que existían alternativas a la actual conducción económica y que las mismas, hasta ahora poco manifiestas, comenzaban a hacerse públicas. En lo que, por encima de todo, fue una cruda y torpe exhibición de protagonismo político, tanto del primer mandatario como de su grupo.
El reportaje concedido a Búsqueda el último jueves por Gabriel Frugoni, ratifica esa impresión. En los últimos tiempos, dijo éste, renació un nuevo statu quo que al igual que ciertos peces que no pueden detenerse bajo pena de perecer, ahora amenaza a la izquierda. Para avanzar se necesitan instrumentos e instituciones, "acá, hay que promover un cambio para lograr el fortalecimiento institucional de la Presidencia y de la OPP". "La política macro-económica no resuelve todo... debo complementar con otras políticas". Lo que no debe olvidarse es que "el comandante aquí es Mujica".
No se requiere mucha sutileza para interpretar al director de la OPP, viejo rival ideológico de los astoristas: entre la burocratización de Mujica y el statu quo de Frugoni, la intención es una y la misma. Alterar el ritmo y el sentido de las políticas, particularmente la económica, para ingresar en un tiempo nuevo dirigido por quien corresponde: el comandante Mujica. Un cambio sin el cual el rescate del alicaído MPP, golpeado en las recientes internas y el del propio Presidente, puede tornarse tardío.
Ya veremos hasta dónde se concreta esta iniciativa, pero el proceso, relacionado con la eterna pugna entre las izquierdas, está en marcha. No en el mejor momento para nuestra República.







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