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IGNACIO DE POSADAS
Cuánto hemos discutido sobre el estado! ¡Y qué poco sirvió! ¿Por qué? ¿Por ideología? ¿Interés? ¿Politización? ¿O pura y simple cultura uruguaya?
Al final, terminó ganando uno de los bandos, el estatista y así, algunos se dedicaron a creer, o tratar de creer y otros a balconearla, para ver si, llegados al poder, los adalides del estado hacían de él lo que sostenían ser perfectamente posible, deseable y beneficioso.
¿Y al final, qué hicieron?
A nivel del estado central, reiteraron el discurso del cambio, esta vez con un contenido crítico hacia la burocracia y la inmovilidad, pero añadiendo la receta: para cambiar había que ponerse del lado de los que tienen poder adentro del estado. Así justificó Mujica su esfuerzo por transformar a sus enemigos de antaño, los comunistas, en pareja estable.
A nivel del estado prestador de servicios, se incorporó alguna terminología liberal promercado, hablando de "empresas" y "clientes", pero sin modificar estructuras existentes. Por el contrario, al fomentar el corporativismo, buena parte de los problemas se han agravado.
Eso con relación a lo existente, porque, curiosamente, en un reconocimiento a la incapacidad funcional del estado (y mentís frontal de la prédica frentista) todo lo nuevo lo están haciendo por fuera de estructuras estatales. No solo el Plan Ceibal fue un reconocimiento explícito de la inutilidad de innovar adentro del sistema, sino que jamás se vio en el país una proliferación tal de sociedades anónimas propiedad del estado como ahora.
Pero, en definitiva, estos pujos neoliberales no han sido suficientes para cambiar o aún matizar el desastroso balance que ofrece el estado: de la educación al ferrocarril y de la seguridad a la obra pública y los PPP, pasando por la salud y las relaciones exteriores, lo que no es un desastre, anda muy mal.
Así que se viene otra vez la discusión sobre el estado.
Sería bueno que para evitar otro estéril diálogo de sordos, se tengan presente algunas cosas:
1.- No confundir teoría con realidad. El tema no es El Estado, sino el estado uruguayo actual.
2.- No ignorar porqué se defiende al estado (uruguayo, actual). Los motivos fundamentales son dos: a) cultura igualitaria (el estado es la gran herramienta para igualar, redistribuyendo, pero sobre todo dificultando o evitando que a otros les vaya mejor que a mí y, b) interés: cientos de miles de compatriotas viven total o parcialmente del estado y saben o temen que si se lo quisiera reformar, su ingreso o su seguridad podría disminuirse o perderse.
Así de simple. Así de humano.
3.- No confundir porqué se le quiere cambiar: a) porque ocupa espacios y al hacerlo, como Arquímedes, desplaza a otros. Aún si no recurre a la protección de un monopolio (o de la ley del embudo), si el estado resuelve hacer algo, otros no lo podrán hacer, al menos con absoluta libertad; b) porque, como recién ahora va reconociendo el gobierno, el estado y quienes lo pueblan, tienen una dinámica propia. Ya lo había anunciado Max Weber hace mucho tiempo.
A todo esto, el Frente Amplio le sumó la potenciación del corporativismo, aún en áreas en las que jamás había sido concebido, como la policía.
Sin el Partido Comunista (o sea, sin los sindicatos) no es posible cambiar el estado, afirmó el Presidente. Ahora comprobó que con ellos tampoco lo es. De donde se sigue que no hay otra chance que volver a intentar el otro camino, el democrático, llevando el problema a las instituciones jurídicas que la sociedad se ha dado (entre las cuales no se cuentan los sindicatos).
Tanto los que querían creer como los que se propusieron balconear la tienen clara: este gobierno y el anterior, es decir, la izquierda uruguaya, han fracasado en tratar de reformar el Estado. Que eso hoy no resulte algo demasiado doloroso a los ojos de muchos compatriotas se explica por una razón muy simple: hay plata en el bolsillo para suavizar broncas y perjuicios. Pero la marea empieza ya a bajar y todas las viejas piedras están ahí. No tardarán en emerger.
La discusión tardará en volver el mismo tiempo.
El ideal sería que se diera antes de las próximas elecciones.
Requerirá valentía. Mucha. De parte de los políticos para jugársela proponiendo cosas impopulares, pero también de parte de los uruguayos de a pie.
Porque no es cierto que las cosas no cambian sólo por culpa de los políticos.










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