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RUBEN LOZA AGUERREBERE
Ayer falleció a los 91 años de edad el maestro máximo de la "ciencia ficción": Ray Bradbury. La noticia conmueve a todos sus lectores. "Crónicas marcianas" y "Fahrenheit 451" son obras de culto que viven en nosotros. Como "El hombre ilustrado" y el hermoso "El vino del estío". Son inolvidables. Y ante esta noticia, el corazón se llena de melancolía, un sentimiento que piensa.
La triste noticia, me ha hecho revivir la noche que estuve con él. A mi derecha, en una de mis bibliotecas, apoyada en varios de sus libros, está la foto que un amigo me sacó en el momento en que lo estoy saludando. La miro de reojo mientras escribo.
Fue en la "Feria del Libro" de Buenos Aires, hace unos cuantos años. A Ray Bradbury lo recuerdo como un hombre obeso, de cabellos blancos como el algodón, simpatiquísimo. Nunca había conocido personalmente a un uruguayo, me dijo. Y agregó que recordaba haber recibido un libro y unas cartas de un escritor de este país, al que él desconocía, y a quien naturalmente le respondió. Y ese escritor cuyas cartas recordaba, era yo. Con una audacia juvenil perdida le había enviado mi primer libro de cuentos. Acto seguido, le comenté que conservaba sus dos cartas, que una de ellas estaba firmada con un bolígrafo de color verde; y también le mencioné que ambas tenían un logotipo extravagante: una suerte de casa alargada con ventanas abiertas, de un extremo a otro de la hoja; era una casa de dos plantas poblada de dibujos, con personas en sus habitaciones y, en una de ellas, en el segundo piso, un caballo.
Sonrió; y me comentó que las había escrito en su antiguo estudio, al que iba caminando porque no sabía conducir autos.
Recuerdo haberle preguntado cómo hacía para escribir, día a día, una historia diferente; cómo lograba estar siempre inspirado. Y me contó entonces que tenía una caja rebosante de tarjetas con apuntes y argumentos que se le habían ido ocurriendo a lo largo de la vida, y que ellos le daban sus temas. El secreto para llegar a la esencia emotiva, me dijo, consistía en escribir de acuerdo al estado de ánimo. Si se sentía muy feliz, escribía poemas (no conozco sus libros de poesía); pero en cambio, me dijo, si lo envolvía la nostalgia, entonces optaba por escribir un cuento ambientado en los tiempos de su infancia, cuando sus padres estaban en la terraza de su antigua casona y se hamacaban bajo un mundo de estrellas. En esas páginas seguramente describió "sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad", como dijera Borges, que prologó "Crónicas marcianas".
¿Cuántos cuentos llevaba escritos? No lo sabía, pero eran más de tres mil, me dijo. Y lo demás lo sé por los libros. Así, me he enterado de que no hay un astronauta que no lo considere un héroe de su infancia, de los "días azules" (como decía Machado), cuando leían sus historias espaciales. Asimismo, atribuye a ese afecto, que en el viaje a la Luna, bautizaran un cráter con el nombre de uno de sus libros.
La noche que vi a Ray Bradbury, aunque fue breve el encuentro con el ilustre maestro de la "ciencia ficción", sigue viva en la memoria y el corazón, como ven. Y supe, entonces, que escribía sus cuentos, sus historias, procurando emocionar a sus lectores, pues para él, ésta es la tarea esencial de la literatura. Gracias a emocionarnos siempre, y a su imaginación sin límites, vivirá en sus lectores.






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