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JOAQUÍN SECCO GARCÍA
Desde fines de los 70 Argentina y Brasil, que luego arrastraron a Uruguay y Paraguay, comenzaron a dar pasos para incentivar el comercio regional. El sustrato de ideas y prácticas que dominaban las estrategias de los años 70 y 80, estaba todavía guiado por las políticas de sustitución de importaciones, que era esencialmente anticomercio. Esos conceptos que estaban en el manual del gobernante latinoamericano, quedaron labrados en los cimientos del Mercosur.
La sustitución de importaciones permitió un recorrido medianamente exitoso a Argentina y Brasil, que disponían de mercados internos de magnitud, los cuales les permitieron un desarrollo industrial que ambientó un crecimiento moderado y sostenido.
En Uruguay, con un pequeño mercado interno, la sustitución de importaciones caminó poco. Caímos en casi 40 años de estancamiento económico, empobrecimiento, crisis social y una larga dictadura. En algún momento, todavía en dictadura, se comenzó a comprender que un pequeño país, para crecer debía hacerlo a través del comercio y que para comerciar, el foco debía ponerse en la competitividad. De a poco fue cambiando un paradigma de 50 años. La prosperidad estaría asociada a la competitividad y al comercio. Este concepto fue adoptado por todos quienes debieron asumir responsabilidades de gobierno y estigmatizado por quienes soñaban con restaurar el pasado. No es que los gobiernos hayan elegido cambiar al pasado, sino que el pasado se cayó a pedazos y hubo que buscar nuevos caminos. La pugna entre quienes añoraban el pasado y la obligación de asumir el cambio, dominó las luchas políticas de los últimos 30 años. El trayecto fue sinuoso y la aceleración modesta, pero tuvo una sola dirección con gobiernos de todos los partidos.
En este contexto, el Mercosur se pactó entre dos países grandes que buscaban reproducir el proyecto de Vargas y Perón pero esta vez a escala regional para la mayor gloria de la industria automotriz. Adaptar el libreto para 250 millones para que siguieran latiendo los sueños de los años 30. La apertura comercial al mundo nunca fue un objetivo para los vecinos. Es ingenuo seguir creyendo.
Un impuesto a las importaciones, como el AEC, eleva los precios y costos internos y termina siendo un impuesto a las exportaciones. Un escollo para la competitividad. Todo lo que se transa al interior del AEC está encarecido. Por un lado, se nos obliga a comprar lo regional. Por otro lado la baja competitividad de la región determina que sea muy difícil vender a terceros. Por fin, debemos vender a quienes no tienen vocación comercial.
Nuestros intereses son antagónicos con las metas de largo plazo de los vecinos. Ambos declaradamente adhieren a una estrategia de desarrollo industrial protegido. Su paradigma es la industria en una etapa de la historia en que los bienes industriales se transformaron en commodities y buscan la mano de obra más barata del planeta. No nos sirve el proyecto, menos viajar en el estribo y menos seguir esperando por algo que está en contra de sus intereses y que por lo tanto no vamos a alcanzar.
Como le pasa a las personas, las organizaciones o los países, siempre es difícil desarmar la realidad. Se busca hasta el suicidio la manera de mantener el statu quo. Nadie quiere cambiar, pero cuando la historia cambia demasiado, cambiar es una cuestión de supervivencia.










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