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LUCIANO ÁLVAREZ
Sigo convencido que el periodista no es un monaguillo, que su papel no es el de acompañar las procesiones lanzando pétalos de rosa, que nuestro oficio no consiste en complacer, tampoco en hacer daño. Nuestro oficio consiste en poner la pluma en la llaga." Así definía su misión Albert Londres.
Nació en 1884 en Vichy y se instaló en París a principios de siglo, trabajó como contable y publicó algunos poemas; en 1906 fue contratado por Le Matin como cronista parlamentario, encontró su vocación y construyó pacientemente su oficio: pasarán ocho años antes de que aparezca su firma en el encabezado de un artículo. Fue en 1914, durante la Primera Guerra Mundial cuando cubrió el incendio de la Catedral de Reims y se convirtió en corresponsal de guerra. Ya mostraba sus rasgos más singulares: un carácter independiente y la resistencia a ser portavoz de una propaganda oficial y chovinista. En consecuencia, su nombre fue incluido en una lista negra de periodistas de "mala cabeza". Terminada la guerra y durante los dieciocho años siguientes publicará centenares de reportajes y no desarmará su valija salvo en raras ocasiones para visitar a su familia. Las largas travesías en barco ocuparán la mayor parte de su tiempo.
En 1920 viajó a la Rusia Soviética y verá en la revolución los inicios de un régimen totalitario mediante la observación de la vida cotidiana. Este punto es uno de los fuertes del Albert Londres. Sus obras van al encuentro de personajes concretos y no sobre los grandes protagonistas o las abstracciones. Dos años más tarde está en Asia: cubre las acciones de Gandhi, la vida cotidiana en el Japón y la locura política y social que vive la China. El éxito es tan grande que sus artículos se van convirtiendo en libros hasta llegar a veintiuno.
En 1923 emprende una de sus más célebres coberturas. Visita los campos penitenciarios de la Guayana francesa y denuncia los horrores que allí se viven a través de una galería de retratos de los condenados. Al año siguiente emprende una labor similar respecto a los campos de trabajos forzados en el norte de África. El resultado serán dos libros de fuerte impacto: "El presidio" y "Dante no había visto nada". De regreso a Francia cubre el célebre "Tour de France" sobre el que publica Tour de souffrance, un juego de palabras cuya traducción literal es "vuelta de sufrimiento".
Inmediatamente se interna, literalmente, en los manicomios para denunciar la arbitrariedad del sistema, los malos tratos y las carencias alimentarias: "Nuestro deber [como sociedad] no consiste en liberarnos del loco sino liberar al loco de su locura".
Las conclusiones de Albert Londres no solo son implacables y producen un gran impacto en la opinión. Su trabajo sobre las prisiones y manicomios obligará a los gobiernos franceses a introducir cambios en los sistemas.
En 1927 realiza un reportaje sobre la trata de blancas: "El camino de Buenos Aires". Haciéndose pasar por amigo de un grupo de proxenetas los acompaña en su viaje hasta el Río de la Plata, con sus "paquetes de franchutas". Deja unas breves anotaciones sobre Montevideo a la que define como "la pequeña, hermosa y rica capital de la República Oriental del Uruguay". Explica detalladamente el procedimiento de desembarque de las mujeres y dice -desde su amplia experiencia en aduanas- que los funcionarios uruguayos: "no son tan brutos como los del resto de América -del Norte y del Sur, claro está. Ni tan bestias ni tan canallas. No llegan con un machete para abrirles el vientre a los viajeros para observar si el largo de su apéndice está de acuerdo al largo del apéndice reglamentario".
Luego recorre Buenos Aires y trata con proxenetas, policías y prostitutas. Sus relatos son tan vívidos y realistas que Roberto Arlt se inspirará en uno de sus personajes, Vacabana, el Moro, para convertirlo en Haffner, el Rufián Melancólico de "Los siete locos". El éxito mundial de "El camino de Buenos Aires" es tal que -según la historiadora Ivette Trochón- llegó a vender dos millones de ejemplares.
En el último capítulo -"La responsabilidad pesa sobre nosotros"- dice: "Me gustaría que me concedieran el honor de escucharme. Fui a la cárcel. Penetré en la casa de los locos. Ahora vuelvo de Buenos Aires. ¿Por qué? ¿Para contarles historias? Conozco muchas, más atractivas. El hombre que desde hace quince años ha rodado sin cesar por el mundo, no está corto de historias. Quise bajar al foso donde la sociedad tira lo que la amenaza o que no es capaz de alimentar. Y mirar lo que nadie quiere mirar. Juzgar la cosa juzgada. […] Me pareció loable prestar una voz, por débil que fuese, a aquellos que no tenían el derecho de hablar".
Al año siguiente, 1928, Albert Londres está en Senegal y luego viaja a Palestina, para ver las primeras colonias judías. Defiende la creación de un estado judío pero no deja de advertir que tiene serias dudas sobre las posibilidades de convivencia: "El desequilibrio demográfico hace presagiar días sombríos: 700.000 árabes contra 150.000 judíos." Luego se dirige a la China. Pasa dos años largos investigando. Se dice que regresa con un formidable material, pero el 16 de mayo de 1932, el barco que lo trae de regreso a Europa naufraga y el reportero muere ahogado.
A lo largo de su carrera Albert Londres se ganó el derecho a practicar un periodismo ético e independiente. Como lo reconoció Edwy Plenel, ex director del diario Le Monde, Londres "escribía para una prensa muy conservadora, incluso reaccionaria, la prensa del partido del colonialismo". Esto no impidió que allí publicara sus investigaciones más duras. "Descubre que Francia no respeta los derechos humanos -concluye Plenel- y lo denuncia en sus reportajes y en el libro Tierra de ébano". El periodista e historiador Henri Amouroux recoge el homenaje a su independencia que le rindiera a su muerte un periódico anarquista: "A lo largo de su carrera […] se buscará en vano un gesto en el cual se saque el sombrero frente a la riqueza, la deferencia frente a quien gobierna o financia, la docilidad frente a las órdenes y consignas, la aceptación de los hechos consumados y de los poderes establecidos, la huida frente a las responsabilidades".
Desde 1933, el premio más prestigioso del periodismo francés lleva su nombre.









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