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RUBEN LOZA AGUERREBERE
Hubo un tiempo en el cual ser escritor -como decía André Malraux- tenía importancia. Desde este punto de vista, a partir de una posición comprometida, erudita y persuasiva, Mario Vargas Llosa ha escrito su reciente libro (primero tras el Nobel) llamado "La civilización del espectáculo" (Alfaguara). Nuestro tiempo y nuestra cultura son motivo de un complejo análisis. Vargas Llosa deja constancia de la palabra cultura, hoy vaciada de su contenido.
Escribe: "Tras las carnicerías de las conflagraciones mundiales, los hornos crematorios nazis y el Gulag soviético, acabó la cultura y dio inicio a la poscultura". Y el riesgo esencial ha sido descreer del progreso. Ello coincide cuando en el mundo de la ciencia y la técnica se producen avances extraordinarios. Adelantos que pagan un alto precio a la naturaleza, la ecología, que a veces amplían el abismo entre países, clases y personas.
Y luego analiza el retiro de la "palabra". A tal punto ocurre, que hay filósofos que creen que un lector lee sólo para "informarse". Olvida el goce, el valor artístico y espiritual. Y a estas creencias ayudan no pocos pensadores (y charlatanes) que creen que sus análisis sobre Cervantes, Joyce o Borges, importan más que las propias obras de estos autores. Y a ellos dan una mano algunos "filósos libertarios", como Michel Foucoult, con su (dice Vargas Llosa) "repulsa de la cultura occidental", y quien, por ejemplo, "negó hasta el final la realidad del sida", la enfermedad que lo mató. O como Jean Braudillard, quien escribió que la guerra del Golfo no había sucedido, sino que fue "una mojigata televisiva".
Por este tobogán vamos hacia una cultura "light", donde todo se hace para entretener. Por eso hoy todo el mundo escribe libros: cualquier diletante opina de lo que sea, y tiene lectores porque, para quienes la cultura es sólo un pasatiempo, se hicieron. "Hoy ya nadie es inculto o, mejor dicho, todos somos cultos", dice con humor el autor, porque ese mundo frívolo no considera necesario leer a Virginia Woolf, visitar una exposición o ir a un concierto. Y agrega: "En nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los "chefs" y los "modistos" y "modistas" tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos". La cultura se convirtió en pasatiempo, y está a punto de desaparecer. Porque no es un hecho aislado, sino "un verdadero proceso", en el cual hay muchos cómplices. Y menciona "además de ciertos creadores, sus críticos, editores, galeristas, productores y un público de papanatas a los que aquellos manipulaban a su gusto, haciéndoles tragar gato por liebre, por razones crematísticas y a veces por puro esnobismo".
Vargas Llosa acierta una vez más cuando dice que los escritores comprometidos (su caso es el mejor ejemplo) son los que nos ayudarán a resistir estas adversidades. Y para regocijo de él, regreso a André Malraux, quien el año de su adiós me obsequió su libro "La corde et les souris", en el que escribió de puño y letra: "La misión más alta del arte es la de dar consciencia a los hombres de la grandeza que ellos ignoran tener". Sí, esas vocaciones firmes y conscientes ante esa tabla de valores donde importa la apariencia más que la esencia, nos salvarán. Gracias, Vargas Llosa.




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