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JOAQUÍN SECCO GARCÍA
Muchos años después de Marx y de Lenin aprendimos que la estatización no es garantía de crecimiento, ni de mejor distribución e igualdad social ni de democracia ni de soberanía. Hay un rango de circunstancias dentro del cual se dan condiciones que ambientan una buena gestión pública. Por el contrario, alejándose de ese eje se entra en rendimientos decrecientes. Los países modelo son combinaciones inteligentes de Estado y empresas igualmente fuertes. Es mejor conocerlos en sus detalles, explicarse por qué alcanzan buenos resultados y apreciar cuánto podemos emular.
Las buenas empresas, lo tienen claro. Llega un punto en el camino de expansión y diversificación, en el cual algunos procesos pierden eficiencia y resulta más conveniente contratarlos afuera. De esta manera, cada participante de una cadena, se especializa en aquello para lo cual consigue los mejores resultados. Diversas empresas operan en cooperación unas con otras creando sinergias que agregan valor. Las agencias públicas se resisten a esta lógica elemental.
Como un reflejo ideológico incorporado en el genoma, hay quienes consideran que el Estado garantiza lo mejor, ya que representa la "gestión de todos y para todos". Al concepto se le rodea de ideas carismáticas e indiscutibles: soberanía, patriotismo, autodeterminación, justicia social. En la vida real, la burocracia o la apropiación del Estado por parte de gobernantes y funcionarios es una pandemia generalizada que suele ser descubierta a regañadientes por quienes llegan al gobierno desde tradiciones refundadoras.
Los riesgos de corrupción e ineficacia tienen diferente gravedad según la calidad de las sociedades. Para preferir la hegemonía del Estado, no basta con proclamar que en Suecia el Estado administra más de la mitad del PIB y lo hace bien. Más bien habría que entender que Suecia ha construido una sociedad institucionalmente superior, lo cual le hace posible disponer de un Estado que constituye una herramienta de desarrollo. La calidad de la sociedad es el elemento precursor y la calidad del Estado su derivación. Cuando queremos armar el mecano al revés, no resulta.
El populismo y el clientelismo acompañan a la dominación burocrática. Cuando hay dinero, siempre hay una nueva oficina para inaugurar y nuevos motivos para el reparto. Cualquier agencia hace políticas sociales, deteriorando la eficacia de todas. Los gobernantes aparecen diariamente en la TV anunciando ferrocarriles, puertos, carreteras, limpieza urbana, seguridad, educación, pero solamente son exitosos dando boletos, canastas, subsidios y empleos.
La gestión sea pública o privada, es una herramienta, no una meta en sí misma. Cualquiera fuese el gestor, público o privado, deberá estar siempre sometido a leyes, regulaciones, rendiciones de cuentas y controles. Esas sí que son funciones ineludibles del Estado. Progresar en estas materias nos acercaría al país de primera.
Un Estado débil, presa de la corrupción burocrática y de la ineficacia, resulta muy caro y ese costo se dispersa en toda la sociedad haciendo todo menos probable. Lo bueno es que el actual estado de cosas es una manera de gobernarnos que trasciende épocas y partidos. Por ello, no debería ser una materia para enfrentarnos, sino para sumar mejor y mayor reflexión y actuar en consecuencia. Somos los mejores del barrio, pero todavía estamos lejos de la primera división.




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