Lunes 16.04.2012, 20:19 hs l Montevideo, Uruguay.
 
 
 
 
 
 
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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Inolvidable

Enrique Beltrán

Son tantos los amigos que han quedado en el camino a lo largo de mis noventa y tres años, que buena parte de ellos se convierten en lejanas sombras que asoman a veces en una anécdota, una lectura, un diálogo ya que la memoria de la vejez vive su naufragio en una laguna de creciente impaciencia. No obstante, otras son todavía presencias que viven en mis recuerdos como si sintiera que de allí no se apartarán más de lo que resta de mi vida.

Estas reflexiones que seguramente me las he hecho con tantos afectos que fueron desapareciendo en torno a mi vida, han vuelto a mí con la muerte para nosotros impensada, de un amigo tan entrañable, como ha sido Aníbal Durán Del Campo. Por más que esa amistad se perdía en la lejanía de sus orígenes, seguía fresca todavía, ya que desde hace varios años los primeros lunes de mes nos volvíamos a encontrar algunos de aquellos amigos con los que compartimos esa noble y lejana inquietud, que algunas veces nos pareció que tenía algo del fervor de una cruzada, cuando la actividad política ocupaba un lugar preeminente en nuestras inquietudes. Por retirados que estuviéramos de esa actividad, como ciudadanos no podíamos sustraernos que ocupáramos con alguna frecuencia de temas que hacían a la suerte del país y la del propio Partido Nacional.

Aníbal era allí, una presencia infaltable y un centro de amistad que concitaba por sí solo aquellos encuentros en los que las discrepancias que aparecían naturalmente no solían hacer otra cosa que consolidar los afectos y abrir frecuentemente el camino a las bromas y al buen humor.

Así fueron transcurriendo los años. Con los años que llevo encima, mi concurrencia no tenía últimamente la regularidad de otras épocas todavía cercanas, por más que algunas pocas semanas antes estuvimos en la rueda de siempre, con la presencia de Aníbal que no parecía traducir ninguna inquietud que le preocupara. Si acaso el humorismo que a menudo aparecía, poco espacio tenía en la silenciosa desazón que solo él en aquella mesa conocía. Porque calladamente era absolutamente consciente que el cáncer que tenía era implacable, y creo que ninguno del grupo de amigos que nos reuníamos desde hace años, era conocedor de ello, o si lo era, no lo revelaba. El sereno valor, la entereza con la que asumió aquella despiadada realidad al punto tal que el anuncio de su muerte fue tan imprevisto y sorprendente que largo flujo de lágrimas llenaron mis ojos y que algo muy hondo se me disparó también, en aquella partida de aquel entrañable amigo.

La calidad humana de Aníbal estuvo reflejada una vez más en ese deliberado silencio sobre sus dolores y su muerte, mientras nada de ello se tradujera en sus diálogos ni en su rostro ni en asistir igual que siempre a las reuniones de la vieja barra.

Fue un hombre de inquietudes y ejerció las más variadas actividades, en las que en todas dejó su sello de nobleza, talento y señorío. Veterinario de renombre, integrante de la Academia Nacional de Veterinaria, fue escritor tanto de ciencia, como de historia en la Defensa de Paysandú, como de deporte en la vida de Rampla Juniors.

El hecho que haya escrito estas líneas cuando tantas dificultades tengo con una cabeza bastante quebrantada por los años, es una expresión de cuánto admiré y estimé a este amigo que quedará siempre en mi recuerdo aunque es obvio que corto es mi tiempo para que pueda por mucho prolongarlo.