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MARÍA JULIA POU
No caeremos en el lugar común de señalar que la educación es el tema que más importa. No hay nadie que no opine en ese sentido y no hay sector político que no haya aportado propuestas de mayor o menor importancia. Creemos sin embargo que se puede aportar al referido análisis algo que tiene la suprema elocuencia de los hechos, del ejemplo, de las cosas que, lejos de la teoría y la abstracción, golpean con inmejorable contundencia porque son justamente reales.
En lo que llaman los técnicos "contexto crítico", en un barrio cuyo nombre evoca injustamente memorias y episodios ingratos, florece una experiencia educativa, que por suerte no es única, y que debemos tomar como ejemplo de lo que se debe y de lo que se puede hacer para mejorar la enseñanza.
Se trata del denominado Liceo Jubilar Juan Pablo II, obra llevada a cabo por la Iglesia Católica -con la colaboración de particulares que creen en el proyecto- pero que desborda los límites de una fe y de una creencia para convertirse en símbolo válido para todos. Es de toda justicia mencionar también una experiencia cercana a esta como la del Instituto Los Pinos que logra resultados positivos en las condiciones más desfavorables que pueda presentar nuestra sociedad.
Pero queremos dirigir hoy nuestra mirada a la zona de Casavalle (comprende barrios como Marconi, 40 Semanas, Borro, y otros) en donde una enorme proporción de gente vive bajo la línea de pobreza -cerca del 70%- y que nos muestra que apenas el 7% de los jóvenes que allí viven terminan la secundaria. Pues allí mismo, desde 2002 y bajo la dirección del joven sacerdote Gonzalo Aemilius, los jóvenes nos muestran resultados que nos alientan y nos llaman a descubrir las causas de esta experiencia.
Allí estudian 210 jóvenes y unos 75 adultos que concurren a clase los 215 días en que les imparten clase de 8 a 14 horas y complementan la tarea con talleres de 14 a 16 horas para que puedan desarrollar las habilidades que posea cada uno. También se ofrece la posibilidad de becas para asistir a institutos privados vecinos y completar el segundo ciclo. Y todo con un seguimiento que apuntala en lo curricular y en lo personal y que arroja cifras que nos gustaría que se pudieran exhibir en nuestros liceos: el 100% de los alumnos continúa dentro del sistema educativo.
Hechos, datos y estadísticas, reales, verdaderas y comprobables. Educadores y alumnos que no son extraterrestres y que no vienen de ningún círculo privilegiado. El motor esencial de estos logros es el que en su conocida epístola destacó San Pablo como la causa primera de los mejores logros humanos: el amor. Ante todo el amor a la propia tarea, es decir la autoestima del que enseña y que se refleja en lograr el objetivo y no en cumplir horas de clase. Que se concreta en tallar a partir de la piedra tosca y ruda seres humanos afincados en valores y poseedores de destrezas para afincarse en el mundo real. En el amor de los estudiantes a la oportunidad de recibir conocimientos que tienen que apreciar, aunque esto constituye sólo parte de la enseñanza; que no se trata sólo de instrucción sino que estaría incompleta sin la complementaria formación de los estudiantes como personas, con los valores que la sociedad debe reconocer y cultivar en todas las instancias del proceso educativo. Por eso a la luz de este ejemplo, lo del título, sería bueno "jubilar" la enseñanza.








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