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FANNY TRYLESINSKI
Diversos organismos y organizaciones internacionales, tanto gubernamentales como privadas, suelen como parte de sus actividades, elaborar Indicadores para ilustrar determinados aspectos de las realidades económicas y o sociales de los distintos países. Esos indicadores se traducen en Índices de diverso tipo en base a cuyos valores generalmente se ordenan a los países obteniéndose un ranking. Usualmente los ciudadanos son "informados" por la prensa respecto a esos índices y del lugar que ocupa su país en dichos rankings sin tener demasiado claro que es lo que se mide y con qué es relevante compararse.
En la nota de hoy nos ocuparemos de uno de los indicadores más utilizados: el Índice de Desarrollo Humano (IDH) y nos detendremos a examinar una de las comparaciones que es posible realiza. El IDH es elaborado por Naciones Unidas y se construye mediante la combinación de tres indicadores: la esperanza de vida al nacer que refleja el promedio de años que vivirá un recién nacido en un determinado momento, sometido a los riesgos en que nace y vive la población real a la cual el niño pertenece, un indicador de educación que combina el número de años promedio y el número de años esperados de escolaridad. El tercer componente, es el ingreso per cápita ajustado por su poder adquisitivo de modo de lograr una mejor aproximación al poder relativo de comprar artículos.
Los resultados, tanto para el IDH global como para cada uno de los elementos componentes, se encuentran disponibles para todos los países y para las distintas regiones a partir del año 1980, lo cual permite realizar múltiples análisis. En particular, en la nota de hoy nos interesa examinar cómo se ha comportado este indicador desde 1980 hasta la actualidad en Uruguay y en América Latina (AL) y tratar de arrojar luz sobre la evolución comparada de los tres componentes.
En primer lugar, el IDH mejora tanto para AL como para Uruguay. En el punto de partida (1980) el valor de AL era un 12% inferior al de Uruguay. En 2011 es un 6% inferior. Eso significa que si bien ambos mejoraron, América Latina lo hizo a un ritmo mayor que Uruguay. Dado que el IDH se compone de tres indicadores es interesante realizar esta misma comparación para estos en forma separada.
Así, por ejemplo en el caso de la esperanza de vida, Uruguay parte con una ventaja de 18% que se reduce a 4%. En el indicador de educación sucede algo similar aunque más dramático: la ventaja inicial de 22% se reduce a 10%.
Finalmente, donde la trayectoria es inversa es en el ingreso per cápita. En 1980 el Indicador es levemente superior en América Latina y en el 2011 el de Uruguay lo supera en 5%. Para quienes siempre creímos que el ingreso per cápita era una dimensión fundamental del desarrollo pero no la única, el análisis realizado nos arroja luz sobre un tema que ya hemos tratado.
A pesar de la mejora relativa en el indicador de ingreso, el conjunto de América Latina avanza mucho más que Uruguay en las áreas de salud y educación. Si el liderazgo de este país continúa en esta siesta autocomplaciente, en un futuro no tan lejano habremos dejado definitivamente las posiciones de privilegio que solíamos ocupar al sur del continente americano para formar parte del pelotón. La aspiración de ser un "país de primera" no solamente sonará lejana sino solo como un slogan para atrapar incautos.









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