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Memoria. Banda Oriental publicó un valioso material de textos e imágenes
CARLOS REYES
Esta tardecita a las 19:30 horas en el Club Banco República (Benito Blanco 1289) se presenta el nuevo libro de Juan Antonio Varese, "Pocitos. Fotografías e historias". La entrada es libre y la reserva se puede hacer al tel. 2707 3894.
"Si bien he nacido en Punta Carretas y vivido la mayor parte de la vida en Pocitos, no me he sentido nunca un pocitense. Me siento un montevideano más, porque me gustan y he recorrido casi todos sus barrios. Con afán de conocer los distintos lugares de la ciudad, acompañaba a mi padre en sus recorridos y luego, como escribano, tenía la costumbre de visitar a los clientes, vivieran donde vivieran. Y así fue que conozco casi toda la ciudad, desde el Cerro a Carrasco", explica Varese, quien asegura que tuvo luego otra aproximación más detallada a los barrios montevideanos, cuando se dedicó a tomar fotografías.
De Pocitos, como barrio, el historiador asegura que siempre le gustaron los lugares tranquilos y las callecitas de poco tránsito. "Ahora no tanto, pero unos 30 o 40 años atrás, bastaba alejarse de la rambla o de las grandes avenidas para encontrar calles arboladas con gente que se conocía y practicaba una vida de barrio, con pequeños almacenes o cafés, donde se vivía el paso tranquilo del tiempo", agrega.
Fue de esas impresiones que decidió llevar adelante este libro fotográfico, donde como él mismo explica, se hace hablar a las imágenes, entre las que está incluida la colección de postales que posee el propio autor.
"Las fuentes fueron los recuerdos personales, los familiares, algún arcón de papeles viejos y cartas amarillentas que encontré en los remates y en el ejercicio de mi vida profesional. También fotos y postales de mi colección, y de los respositorios públicos como el Centro Municipal de Fotografía, la Biblioteca Nacional y el Archivo Nacional de la Imagen".
"Hubo algunas postales que significaron un hallazgo y me fueron facilitadas por coleccionistas, y algunas pequeñas perlitas que siempre suelen premiar la labor del investigador. Como la maravillosa foto panorámica de Pocitos (que aparece en la solapa del libro) tomada por un fotógrafo mercedario en 1923, donde se ve la totalidad de la rambla desde Avda. Brasil hasta Trouville", detalla el autor, llamando también la atención sobre la imagen del banderín que aparece en la solapa trasera, repartido a los visitantes extranjeros durante el mundial de fútbol de 1930. "Y también algunas fotos de bañistas y familias del Novecientos, que debo a la buena voluntad de lectores de mis libros anteriores, que se han comunicado conmigo para compartir datos y vivencias", afirma.
El relevamiento de ese material, más numerosos recortes de prensa y una copiosa bibliografía, permite ir registrando los cambios de barrio, desde el pueblito de lavanderas y pescadores, hasta el balneario del Novecientos, y de éste, al barrio de lujosos caserones, y luego de edificios en altura.
"Recorrí la prensa, revisé los avisos, miré las propagandas y me fui sumiendo en el maravilloso mundo del recuerdo. Muchas de las cosas coincidían con las que me contaban mis padres. Fui haciendo un viaje en el tiempo: ya la finalidad fotográfica había quedado atrás y en este viaje en el túnel del tiempo, empecé a anotar costumbres que parecen increíbles, como los baños de mar separados por sexos, la bendición de las aguas todos los 8 de diciembre, los conciertos que se daban los días de moda, y los refrescos que por entonces llevaban el nombre de Cusenier, una fábrica francesa del licores que también preparaba concentrados de fruta que se vendían para mezclar con agua y con hielo".
El memorialista también evoca la evolución de los baños, primero en casillas de madera y luego en carritos de altas ruedas que entraban al agua. Éstos y otros recuerdos (e investigaciones) compartirá esta tarde el autor, quien lanza al mercado un colorido libro, tanto en textos como en imágenes.
"En 1935, ya la vieja estructura del hotel Pocitos sobre la playa (esa inmensa mole de cemento y portland con techos estilo inglés), había quedado caduca. El gigantesco edificio dividía en dos la playa y ya la gente (no las autoridades sino el sentir de los montevideanos), clamaba por su supresión. Habían llegado nuevos tiempos, la modernidad en estas tierras reclamaba un concepto de amplitud y libertad y el Municipio, en tal sentido y recogiendo el sentir de la población, compró el edificio, pagó las deudas hipotecarias existentes y procedió a demolerlo. No a reciclarlo y mejorarlo para explotarlo, como seguía pasando en balnearios europeos, sino a demolerlo, y dejar la playa libre, con visión amplia para satisfacción de todos y con libre acceso para la totalidad de los montevideanos, ricos o pobres", reflexiona Varese.


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