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Estreno. Mañana llega a la cartelera un documental sobre un sacerdote muy particular
Guillermo Zapiola
Alguien ha escrito ya que el anticatolicismo es el último prejuicio aceptable. La corrección política no admite "estereotipos negativos" de nadie, excepto los curas. "La última cima", documental español que se estrena mañana, va contra esa corriente.
El director del film, Juan Manuel Cordero, señala con humor al comienzo del film que sabe que se está metiendo en un lío. Su cura no es un pederasta ni un exorcista, no estuvo vinculado al escándalo del Banco Ambrosiano, y ni siquiera fue misionero en la selva, lo que por lo menos añadiría el atractivo del exotismo. Fue simplemente un buen tipo (por lo que se ve en la pantalla, al menos, en realidad un gran tipo) que enseñaba filosofía y teología, pronunciaba sermones que no eran aburridos y se tomó el Evangelio en serio. Una rareza, claro, al menos según la opinión mayoritaria.
De lo que se trata es de la biografía del padre Pablo Domínguez Prieto, madrileño, decano de la Facultad de Teología San Dámaso de su ciudad natal, sacerdote por vocación y alpinista de afición, muerto a los 42 años en un accidente en la montaña. El realizador Cotelo, que ha sido también actor, guionista y director de televisión, es productor a través de la empresa Infinito + 1, y autor del libro Ópera Prima, Así logré escribir, producir y dirigir. Ha recibido elogios, especialmente, por un film de ficción previo (El sudor de los ruiseñores, 1998), sobre las desventuras de un violoncelista rumano emigrado a España.
ENCUENTRO. Cotelo cuenta en su film que solamente se cruzó una vez con el padre Domínguez: asistió (y filmó) una conferencia suya sobre temas filosóficos y teológicos. Dice que lo impresionó su carisma y su capacidad de comunicación, y habló brevemente con él después de la conferencia. Al parecer se cayeron bien mutuamente, y el sacerdote le dijo que estaba a su disposición para lo que quisiera. Doce días después, Cotelo encendió el televisor y supo que Domínguez había muerto mientras hacía alpinismo.
Los caminos del Señor son misteriosos, se ha dicho. Cotelo pudo olvidarse del asunto, pero alguien le propuso hacer una película sobre Domínguez. Al principio vaciló, pero a medida que fue conociendo a familiares y allegados del difunto sacerdote cambió de opinión.
Lo que recogió a lo largo de esos testimonios son relatos del cariño que habían recibido, del modo como la relación con él había afectado positivamente sus vidas. Le llamó la atención, sobre todo, que aunque se reconocieran las cualidades intelectuales del hombre (no cualquiera obtiene dos licenciaturas y dos doctorados) lo que más impresionaba a quienes lo conocían era "su alegría, su humildad, su generosidad, su amor a Dios, su castidad, su desprendimiento de todo lo material". Finalmente se convenció de que se trataba de una historia que valía la pena ser contada. Por otra parte, insiste el director, siempre le ha interesado contar "historias de personas buenas". Las otras no le interesan, y hay un montón de gente que está haciendo filmando sobre ellas.
Sobre la película en sí misma corresponderá opinar con más detalle cuando se publique su crítica, pero desde ya puede adelantarse la habilidad de Cotelo para entrecruzar sus imágenes filmadas del padre Domínguez y sus palabras en una entrevista radial con los testimonios de gente que lo conoció (colegas y compañeros de estudio, familiares, amigos, discípulos) y con otros recogidos en la calle, con transeúntes desprevenidos a los que se les pregunta qué opinan de los curas y de la Iglesia. Allí surgen todos los estereotipos pero hay también opiniones más matizadas. La experiencia vital de Pablo Domínguez opera como contrapunto de esas declaraciones de extraños.
"He querido dar la cara por los curas", ha señalado el director Cotelo en alguna entrevista de prensa, agregando que Pablo Domínguez fue a su juicio la prueba de que "cualquier persona puede tener una vida fértil", porque sus virtudes "son accesibles a cualquiera".
MONTAÑA. La afición por el alpinismo del sacerdote protagonista pudo ser solo un aspecto de su personalidad, pero le sirve a Cotelo por razones estrictamente cinematográficas. Desde el Sinaí (donde se llevó a cabo la entrevista periodística más célebre de la historia) hasta cierto monte donde se pronunció un sermón famoso, las montañas son, a lo largo de toda la Biblia, el lugar del encuentro con Dios. En forma casi invisible pero también inexorable, la película conduce a su personaje hasta la montaña, y al encuentro definitivo.
Cotelo afirma que su conocimiento indirecto de Domínguez también afectó positivamente su vida. Desde que tuvo noticia de él, asegura, procura escuchar con más atención a las personas, prestar pequeños servicios a quien se le ponga delante, sonreír cuando no tiene ganas de hacerlo, o alterar su horario sin enojarse cuando alguien se lo pide.
Con saludable incorrección política, Cotelo no solamente reivindica a los curas y su propia fe. "Con Pablo uno puede descubrir que el Cielo no está `más allá` ni empieza `más tarde`, sino que desde ahora uno ya puede empezar a vivir en el Cielo, si dejas que Dios entre en tu vida", sostiene.
En España, La última cima fue un inesperado éxito de público para un documental. Estuvo seis meses en cartelera y recaudó 800.000 euros (habiendo costado 200.000). Obtuvo el premio al Documental de Mayor Impacto Social del Festival de Cine Social de Castilla-La Mancha, el Bravo de la Conferencia Episcopal Española, y un premio del Círculo de Escritores Cinematográficos.
Carlos Huete Mejías es español, 35 años, seminarista de la Orden de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, y desde el 18 de octubre está trabajando, como parte de su formación sacerdote, en la Parroquia de Ntra. Sra. de los Dolores y San Isidro Labrador de Libertad. Permanecerá en Uruguay hasta el próximo mes de junio, cuando volverá a Roma para prepararse para los votos perpetuos de su vocación (diaconado y sacerdocio).
Durante su prenoviciado en Madrid, Huete estudió en la Universidad de San Dámaso (de la que Pablo Domínguez era decano) estudiando filosofía. Tuvo a Domínguez como profesor de Lógica y Teoría del Conocimiento.
Reconoce que la personalidad de Domínguez lo marcó. Ya es un mérito que a un profesor de Filosofía se le entienda algo, y da fe de que a Domínguez se le entendía mucho: era claro, ordenado, transparente en el lenguaje, con un enorme carisma y una gran capacidad para comunicar lo que sabía. Pero más allá del profesor, al que recuerda es al ser humano que no establecía una distancia entre el que enseña y su alumno sino que "te hacía sentir a una misma altura", no como una suerte de subordinado sino, realmente, como un hermano. Es un auténtico entusiasta de la película de Cotelo, y aparentemente lleva consigo una copia en DVD a todas partes.






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