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Salvo un fanático anti frenteamplista, cualquier uruguayo tendría que estar satisfecho de los dos gobiernos de izquierda, tan diferentes entre sí. El viento de cola empezó a soplarnos en 2003, antes de que accediera Vázquez al poder. Fue entonces cuando comenzó un vigoroso proceso de crecimiento económico que mejoró índices de empleo, el valor adquisitivo del salario hasta recuperar los niveles de 2002 y aún superarlos.
Podrá decirse también, que en estos últimos años el país mejoró como nunca la calidad de vida promedio, que el potencial de consumo se ha multiplicado y diversificado hacia artículos hasta hace muy poco considerados suntuarios y ya no, como algunos automóviles cero quilómetro y electrodomésticos de alta sofisticación. Por eso, no parece reprochable a quienes nos mantenemos en la oposición, puntualizar que sin perjuicio de esos resultados -que lo son- son también la consecuencia de cualquier causa, y probablemente la de menor gravitación sea una buena gestión de gobierno.
El crecimiento de la economía con todas sus secuelas positivas en la macroeconomía, es la consecuencia natural de una coyuntura excepcional para el precio de nuestros productos por la gracia que le concedieron las condicionantes del mercado, generando un fuerte impulso exportador, lo cual es fuente de generación de empleo, de incremento de recursos, del tipo de cambio importador conveniente que inunda la plaza del frenesí consumista.
No es malo que las cosas sean así. Lo malo es que la gente se crea que van a ser así eternamente, mientras en el gobierno sigan gobernando los buenos y no lleguen nunca a hacerlo los malos, o simplemente, que somos un país de suertudos, que nacimos de Maracaná y vivimos en el maracanazo constante, que siempre se tendrá dinero a mano, porque la gente no sabe lo que hacer con él y lo presta. Esa convicción, que se ha expandido, trajo como consecuencia un importante endeudamiento para gente de medianos recursos, y también en dólares, con algunos movimientos en Estados Unidos, Europa, Argentina y Brasil, que aquí preocuparon seriamente. Por su parte, la política presupuestal ha resultado dispendiosa, fuente de un gasto público excesivo, demagógico hasta para regalar dinero y prebendas a cambio de nada, incentivador del ocio y del trabajo en negro, que no da margen ni para disponer de sesenta millones de dólares para imprescindibles obras de estructura, echando mano a nuestros bolsillos para financiarlos con un impuesto.
Pero hay cosas peores en la gestión gubernamental que comentamos, que la gente no las percibe todavía con su piel, no se contagia con la vergüenza si no lo tocan -al menos en lo inmediato- el bolsillo. En ese aspecto, con Gargano como Canciller, perdimos la oportunidad de integrarnos a la falta de una política exterior de Estado, que le devuelva al país el rango de consideración internacional que siempre lo distinguió. Entre las barbaridades consumadas, el inconcebible rechazo al TLC que Estados Unidos ofreció -y que hubiera ahorrado tantas cuerdas vocales gritando por un imposible "Más y Mejor Mercosur"- ocupa el primer puesto del rating.
Porque sólo un ciego no hubiera comprendido que jugarse al mercado del sur como nos jugamos, cuando la economía del mundo nos ofrecía diversificación y buenos precios.
En esto tuvieron influencia francamente negativa los Presidentes y los Cancilleres. A Vázquez, se lo llevó por delante Gargano, lo cual teniendo en cuenta las tallas de uno y otro, es inconcebible. Y a la inversa, Mujica es el que maneja por lo menos algo del país. Justamente la política exterior. Almagro no sale del papel de un oscuro ejecutor de órdenes pregestadas, y muchas veces hasta desautorizado después, como ocurrió en el caso de la Ley de Caducidad. Todavía queda mucho por esperar de este Ministro de tanta trayectoria. Lo que le van a ordenar que haga o no haga con OCDE y con el tratado que dicen se trabaja con Argentina, puede ser el tiro de gracia.







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