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Hebert Gatto
Tres tiros y unas bombas terminaron con Guillermo León Sáenz, alias Alfonso Cano, hasta ahora líder de las Fuerzas Armas Revolucionarias de Colombia. El impacto de su muerte no fue, claro está, el que produjo en el 2008 el fallecimiento del mítico "Tirfofijo", fundador y conductor de la guerrilla por más de 40 años, pero aún así, supuso un golpe para ella, hoy día muy desacreditada.
Recuerdo en el año 1964, en medio de la euforia que atravesaba el continente, cuando a muchos les parecía que el "hombre nuevo" golpeaba las puertas de la historia, la impresión que causó en la generación estudiantil uruguaya su defensa del "territorio libre de Marquetalia", para varios de nosotros símbolo de un experimento revolucionario independiente y solidario, inspirado en el camino abierto por Cuba. No era un período fácil para Colombia, todavía azotada por los resabios del régimen del dictador Rojas Pinilla, mientras liberales y conservadores se alternaban en el gobierno de un país con altísima injusticia social, que más se asemejaba a una república prebendaria que a una verdadera democracia.
Muy pronto supimos, algunos con consternación y otros con alegría, que el movimiento de Tirofijo se declaraba marxista leninista y filial del Partido Comunista de Colombia y que prometía un régimen continuador del comunismo soviético. Por más que esto pareciera menos gravoso en el período posterior al XX Congreso, con la desestalinización, las reformas seudoliberales en la URSS y el recién inaugurado camino chino hacia el socialismo. Novedades que pese a la represión del levantamiento húngaro en 1956, permitían esperar un comunismo con rostro humano.
Una esperanza que amplificada por La Habana, también movilizaba los movimientos guerrilleros que se expandían por toda América. Por más que cada día aparecieran como más faltos de justificación cuando insurgían contra democracias consolidadas, como era nuestro caso. Avanzada la década, en medio de un clima ambiguo, algunas certezas comenzaron a caer. 1968 con la invasión a Checoslovaquia fue el año de gracia para el marxismo y el movimiento comunista mundial, aún cuando las consignas parisinas recordando que las playas sobrevivían bajo los adoquines, se mezclaran con loas a Mao o a Ho Chih Min, tardíos sustitutos del ya impresentable Stalin.
Los resultados de ese clima no fueron los mejores: ni para la guerrilla colombiana ni para su réplica latinoamericana. Poco a poco, como en los carteles de Warhol, Tirofijo pasó de intelectual revolucionario en la senda del Che, a burócrata envejecido, que seguía agitando las banderas de Breshnev o Kosygin en un entorno que había cambiado y despreciaba a las momias y sus pergaminos. Sabemos cómo terminó la historia.
El otro día, sin mayor emoción, murió su sucesor, un hombre poco conocido cuyo movimiento sobrevive con el narcotráfico. Pasados unos meses, nadie recordará su prédica en un mundo donde la democracia ha ganado la partida, le guste o no a sus detractores. Otro tema es que ella encuentre el camino para la justicia social. De todos modos, algo es seguro: no será con las armas.





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