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La contaminación es uno de los males inseparables de esta época, en que no todos los aportes de la modernidad son positivos, alentadores ni saludables. El aumento explosivo de la población urbana en la mayoría de los países, ha sido un acelerador de la polución, aunque no el único. Porque el Uruguay, que está a salvo de esos desbordes demográficos, sufre sin embargo el castigo de la contaminación por otros caminos. Contaminar supone degradar un medio, quitándole la pureza, el equilibrio y la calidad ambiental que tuvo, empobreciéndolo de manera múltiple y comprometiendo su condición de marco habitable, su aptitud para la preservación de la buena salud de los seres vivos.
No conviene simplificar el tema creyendo que la contaminación es únicamente un deterioro ambiental a través de la corrupción del agua o del aire que se comparte, se consume o se respira. Aunque en ese renglón, donde el gobierno uruguayo impuso severas medidas para prohibir el hábito de fumar en espacios cerrados, olvidó por ejemplo adoptar un rigor similar para controlar el escape de gases provocado por una flota automotriz donde abundan las unidades viejas con motores sin ajustar, que esparcen en el tejido urbano unas emanaciones mortíferas donde al residuo de combustible se suma el aceite quemado, sobre lo cual sería oportuna la opinión de unas autoridades sanitarias que sin embargo guardan silencio.
A esa fuente tóxica se añade por cierto la frecuente quema de basura en puntos periféricos de la ciudad, pero junto a la amenaza ambiental figura la contaminación sonora, otra agresión que afecta a la gente, en particular cuando vive frente a una feria vecinal cuyo estruendo comienza de madrugada o cuando tiene la mala suerte de residir cerca de algunos locales nocturnos cuyo escándalo musical está por encima de lo admisible. En esa materia tiene un papel destacado el estrepitoso escape libre de miles de motocicletas, sin que la autoridad municipal tome medida alguna para supervisar las condiciones sonoras con que se venden esos birrodados. Y a esas alteraciones corresponde agregar la contaminación visual, otra variante del deterioro del entorno, que tiene una importancia y un peso a menudo desestimados, pero que contribuye (de manera más callada, es cierto) al proceso de descalabro del paisaje que rodea a los ciudadanos.
Porque en ese capítulo visual debe mencionarse la selva de marquesinas que abruma las fachadas de zonas céntricas, desfigurando el carácter y la ocasional belleza de los edificios en provecho de un abuso comercial sin control oficial alguno. A eso se añaden los puestos de venta callejera, que han arruinado las avenidas convirtiendo sus veredas en tolderías y estropeando una perspectiva que alguna vez tuvo su armonía y su amplitud para la circulación peatonal. Y a ello se suma todavía la indulgencia de los poderes públicos para tolerar la pintura multicolor de viejas fachadas, borrando la unidad tonal que lucían de acuerdo a su estilo, traicionando la discreción cromática que caracterizó durante dos siglos a esta ciudad y adulterando su identidad.
Claro que esa misma indulgencia ha permitido la híbrida modernización de cientos de casas que tenían una nobleza de línea y la han perdido, por culpa del desconcierto estético de los responsables de esas transformaciones y de la indiferencia municipal ante el fenómeno. Pero la contaminación visual debe incluir como calamidad protagónica el desfile de miles de carros hurgadores, que es un legado de la hipocresía política a la perversión del cuadro capitalino, acompañado desde luego por la dispersión de basura que esos vehículos dejan a su paso y la revisación de contenedores que deriva en otros regueros de desperdicios, todo lo cual contradice los llamados que se formulan a la población para regularizar la disposición de los residuos domiciliarios. En sus múltiples variantes y en el amplio espectro de los perjuicios que provoca, la contaminación es un gran tema, aunque el verdadero debate sobre ese desafío contemporáneo ni siquiera ha comenzado.










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