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REBAR
Ocurrió en Salto, departamento litoraleño de la República Oriental del Uruguay, el pasado lunes 29 de agosto. Había llegado en ferrocarril, desde Concordia, la señora Cristina Fernández de Kirchner -apartándose por un día de aviones y helicópteros- para enkarrilar, con un empujoncito más, la relación de los hermanos rioplatenses. CFK participaría de la Kermesse de la Kordialidad que ofrecía, como máxima atracción, el juego de los trencitos. De pronto, en el acto que reunió a público de los dos países, el presentador, en una mezcla de resignación y paciencia anunció: "A continuación, la señora presidenta de la nación argentina pronunciará el discurso de la Konfraternidad: y promete hacerlo sin revolear el índice preferido con que suele complementar sus palabras"... Algo difícil de lograr, ciertamente, pues en las oratorias presidenciales nunca habrá una sola promesa que no encuentre cabida: luego, se trata nada más, ni nada menos, que de cumplirlas... ¡Y ahí te quiero ver metralleta!
Se esperaba que en su disertación -durante la cual se silenciarían los bombos peronistas que la acompañaron- la distinguida huésped por breves horas iría a concentrarse, casi exclusivamente, en la convicción -por otra parte, demostrada en la jornada que se estaba viviendo- de que los lazos que, desde el fondo de la historia, hermanan a argentinos y uruguayos (pasando por encima de la reciente Copa América) están y estarán cada vez más sólidos... (sobre todo -agrego yo- si en sendos sillones presidenciales se mantienen -ella, naturalmente, por orden político-alfabético- y su querido compañero "Pepe"; y continúan en la misma tesitura quienes vayan a sucederlos).
Eso, repito, era lo que se aguardaba: sin embargo, a la oradora le pareció que no estaría mal aprovechar la oportunidad que le brindaba el micrófono -dicho esto, en el mejor estilo de los ciclistas de la Vuelta- para dar en Salto otro "saltito", que agregara un tramo de simpatía popular a su marcha hacia la reelección, transformando buena parte del espíritu de la ceremonia en un entusiasta halago hacia quienes agitan por ahí la bandera del Frente Amplio: pasó del fondo de la historia al Frente del presente, con facilidad acrobática que le baja el puntaje en historia, precisamente.
Hay algo que no se le puede negar a la mandataria de la Casa Rosada: "Mujer valiente, que siempre va al frente"... eslogan que, con desinterés de hermano, le cedo para la campaña de la reelección.
Solamente faltó alguien que cerrara el acto diciendo, exultante: "Esto que estamos haciendo, entre abrazos vivos y gualeguaychuses muertos, debe servirnos para recordar a Bernardino Rivadavia, en lo que realmente fue: el verdadero Héroe del Cruce de Los Andes".










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